lunes, 29 de septiembre de 2014

Cuando el pasado se hace presente (3)



El lugar de la antigua Ispal cautivo a Julio César cuando llegó a ella. Reforzó y amplió sus murallas y la convirtió en la capital de la Hispania Romana y la llamó "Colonia Julia Romula Hispalis" (la pequeña Roma). Hace unos días llegué a comprender esa atracción que Sevilla despierta en quienes no han nacido en ella. Mi hijo Nizar, de ocho años de edad, nacido en Gaza, defendía que él era sevillano y no gazatí, y lo hacía con estas palabras:
"Yo fui sembrado en un huerto sevillano, y ese huerto fue cuidado para que yo naciera. ¡Qué más da el lugar donde lo hiciera! Pues uno no es de donde nace, ni siquiera de donde pace, como algunos dicen. Uno es originario de aquel huerto donde fue plantado. En mi caso, es sevillano, por lo que yo soy sevillano por los cuatro costados."
Sevilla, una ciudad configurada por sus mitos y leyendas. Tanto unos como otras tienen mucha relación con la historia, aunque existan grandes diferencias entre sí. Los mitos y las leyendas llevan implícito aquello que no ha sido inventado, algo que se transmite desde el amanecer de la historia y que se deformó, y los hechos se convirtieron en prodigios, como ocurre con la fundación de Sevilla, como hemos visto y veremos con otros hechos de su historia. Pero todos ellos tienen una realidad que los conforma en su localización y sus personajes. El conocimiento de su conjunto nos puede ayudar a comprender la complejidad de su biografía, marcada por todos los hechos en ella acontecidos desde lo más remotos tiempos de su nacimiento.
Datos históricos son que en la batalla de Alalia (colonia griega al Este de Córcega) ocurrida sobre el año 538 a.C., los griegos sufrieron una gran derrota frente a los cartagineses, lo que vino a marcar su expansión por el Mediterráneo y sus relaciones con los pueblos del valle del Guadalquivir, dando paso al dominio cartaginés.
Reproducción pictórica de la ciudad de Cartago
Los cartagineses eran un pueblo de origen fenicio que en el año 814 a.C. (según la tradición) y procedentes de Tiro, ocuparon un territorio en las costas del norte de África (en la actual Túnez) donde fundaron Cartago, que a lo largo de los años se convirtió en la capital de un imperio colonial marítimo.
Representación gráfica de las rutas marítimas cartaginesas
El lugar en que se asentaron era el perfecto para el desarrollo del mismo, por una parte se aseguraban el abastecimiento de los productos agrícolas procedentes de sus territorios interiores, aquellos que más tarde se convirtieron en el “granero” del Imperio Romano. Y por otro lado estaba muy cerca de las dos rutas marítimas más importantes de aquella época. La ruta este-oeste, de las ciudades fenicias a Hispania, y la ruta norte-sur que la conectaba con las grandes urbes de Sicilia, Etruria, Grecia y Corinto. Aquel comercio le permitió la gran expansión que le llevó a convertirse en la primera potencia económica y militar en el Mediterráneo occidental.
Representación pictórica de Estrabón
Bien conocida era por ellos la riqueza que encerraban los territorios del valle del Guadalquivir, sobre todo la calidad de las exportaciones de los productos de estas tierras, aquellos de los que Estrabón, en su obra “Geografía”, describió: “De Turdetania se exporta trigo, mucho aceite y vino, este último no solo en cantidad, sino de calidad insuperable”. Mientras que, por otro lado, allí se encontraban los yacimientos de minerales tan necesarios para la fabricación de sus armas, así como el oro y la plata tan codiciados.
Restos arqueológicos de una vivienda turdetana expuestos en el Museo y Centro de Interpretación de la ciudad de Carmona, en su sala dedicada a los turdetanos
El ocaso del reino de Tartessos dio paso, en Sevilla, a la que se conoce como época turdetana. Pocos vestigios quedan de aquella época, debido fundamentalmente a la expansión que tuvo la ciudad en épocas sucesivas, y a la imposibilidad de llevar a cabo, hoy día, excavaciones arqueológicas en la zona que debió ocupar. Pero sobre la década de los sesenta del siglo pasado, a raíz de unas obras en la Cuesta del Rosario, se encontraron algunas monedas y pequeños restos de cerámica, así como los de una vivienda turdetana construida con muros de mampostería unidos con barro y argamasa.
La referencia histórica de los cartagineses en Sevilla la encontramos en un tratado firmado por Cartago y Roma en el año 384 a.C., en el que se acordaba que la Península Ibérica era zona de influencia cartaginesa. Pero no es hasta el año 237 a.C. cuando los cartagineses emprenden la conquista de la ciudad. Fue Amilcar Barca quien, junto a su yerno Asdrúbal el Bello y su hijo Anibal, tras la conquista de Gadir (Cádiz), remontaron el río hasta el valle del Guadalquivir, donde entablaron luchas contra los caudillos turdetanos Istolacio e Indortes.
Diodoro Sículo y una página de su obra “Bibliotheca Historica”
La batalla fue dura pues los turdetanos habían construido murallas de piedras y barro, trabado con palos, de gran resistencia. En esta batalla apareció por primera vez en España el terrible ariete, máquina militar que permitía derribar las murallas golpeándolas en sus esquinas. Los turdetanos fueron derrotados e Istolacio, tras ser torturado, fue crucificado. Diodoro Sículo, historiador griego del siglo I a.C., en su obra “Bibliotheca Historica”, narra así su muerte: “Luchando (Amílcar) contra los íberos y los tartesios, con Istolacio, general de los celtas, y su hermano, dio muerte a todos, entre ellos a los dos hermanos, con otros sobresalientes jefes, y alistó a sus propias órdenes tres mil, que había apresado con vida.”
Ariete
Abramos un pequeño paréntesis en esta historia de Sevilla para dejar constancia de algunos aspectos de los cartagineses y sus generales, que tanto influyeron en el desarrollo de la historia de aquella época por su enfrentamiento a Roma. El ariete es un arma de asedio de origen griego, y perfeccionada por los cartagineses, usada para derribar las defensas fortificadas de las ciudades. En su forma más simple era sólo un tronco de árbol grande y pesado, cargado por varias personas e impulsado con fuerza contra las murallas o puertas. Normalmente llevaba incorporado, en el extremo que golpeaba, la figura de una cabeza de carnero.
Representación pictórica de Hanón el grande
La derrota de Cartago por Roma en la I Guerra Púnica (264-241 a.C.) significó, junto con la pérdida de Sicilia y Cerdeña, el desmembramiento de todo el entramado comercial sobre el que había descansado el comercio de Cartago en Occidente. A los cartagineses únicamente le quedaban dos alternativas: o convertir a Cartago en una potencia africana basada en la explotación de los recursos locales, como proponía la facción de Hanón II el Grande, o sustituir los antiguos elementos de control indirecto por la conquista de los territorios cuyas materias primas se necesitaban, como proponía Amílcar Barca, cuya tesis triunfó. 
Composición gráfica del busto de Amílcar Barca sobre fondo del ejército cartaginés
Amílcar Barca (275-228 a.C.), general y caudillo cartaginés  que jugó un importante papel en la dirección de los asuntos políticos y militares de Cartago durante el siglo III a.C. Destacó, militarmente, durante la última etapa de la Primera Guerra Púnica contra los romanos, encabezando una exitosa guerra de guerrillas en Sicilia. Vencida Cartago en el año 241 a.C., y tras el tratado de paz firmado, Amílcar, se retiró a África. Estuvo al frente del ejército de Cartago en la guerra contra los mercenarios que habían luchado bajo el estandarte cartaginés durante la Primera Guerra Púnica. Las pérdidas económicas y navales obligaron a Cartago a la colonización de nuevos territorios, lo que dio origen a la conquista de la Península Ibérica. Una de cuyas acciones, como hemos visto, fue la toma de Sevilla. Durante varios años, consolida los cimientos de lo que sería la nueva potencia cartaginesa a partir de la riqueza de los nuevos territorios conquistados, y sus acciones pueden ser seguidas a través de los historiadores Polibio y Diodoro de Sicilia, entre otros. Aplicando una política de trato con los indígenas de dureza o diplomacia, según las circunstancias, estableció alianzas con los pueblos nativos y aprovechando los ricos yacimientos mineros y las materias primas de la zona. Además de reforzar su ejército con mercenarios indígenas. Continuó la penetración por el este de Andalucía llegando a un punto de la costa que se supone en torno de la ciudad de Alicante, donde fundó una base militar cuyo nombre, transcrito en griego por Diodoro, fue Akrá Leuké (el promontorio blanco). En un lugar incierto de esta zona, denominado en las fuentes Eliké (la localización de esta ciudad ha dado origen a diversas teorías) pero con frecuencia se ha identificado con Elche (la Ilici romana), tuvo lugar su última batalla. Amílcar, sitiaba la ciudad de este nombre cuando fue atacado por lo pobladores indígenas, que según la tradición, utilizaron el sistema de lanzar contra los cartagineses bueyes cargados con teas encendidas. En la retirada, Amilcar, perseguido, intentaba atravesar un río a caballo y murió ahogado. Fue un militar de grandes condiciones, si bien su principal fama póstuma deriva de haber sido padre de Aníbal. Amilcar sería sucedido en el mando por su yerno, Asdrúbal el Bello.
Busto de Asdrúbal el Bello, erigido en la ciudad de Cartagena (Murcia) España
A fin de consolidar su situación en el senado de Cartago, Amílcar había dado a una de sus hijas en matrimonio a Asdrúbal el Bello, denominado así por su buena presencia física, lo que significó la unión de dos de las familias de mayor influencia entre los cartagineses. A la muerte de Amílcar Barca, sus hijos eran de corta edad, y Cartago decidió entregar el mando del ejército de la Península Ibérica a su yerno Asdrúbal. En sus relaciones con los pueblos indígenas de la zona prefirió la vía de la diplomacia. Siguiendo las costumbres de la época para llevar a cabo este tipo de relaciones, exigió la entrega de rehenes por parte de los pueblos iberos bajo su control, como forma de asegurarse la sumisión de sus lugares de origen. En 227 a. C., cerca de la antigua población ibérica de Mastia, fundó la importante ciudad y base naval de Qart Hadasht, que los romanos llamarían posteriormente Carthago Nova, la actual Cartagena. En 226 a. C., ante la continua expansión del poderío cartaginés en la Península Ibérica, dos importantes ciudades bajo la influencia griegas, Ampurias y Sagunto, recurrieron a Roma, que trató de delimitar el área de influencia cartaginesa. El acuerdo, conocido como Tratado del Ebro, limitaba la esfera de influencia cartaginesa al Sur del río Iberus (el río Ebro en la actualidad). Asdrúbal hubo de aceptar el acuerdo, debido a que el dominio cartaginés no estaba aún lo suficientemente consolidado como para hacer peligrar su expansión en un prematuro conflicto. Asdrúbal estuvo al frente de los cartagineses apenas siete años, pues fue asesinado en 221 a. C., a manos de un esclavo del rey Tagus, que vengó con este acto la muerte previa de su señor. El sucesor de Asdrúbal el Bello sería su cuñado e hijo de Amílcar, Aníbal Barca.
Composición realizada con la representación de Aníbal, obra de Francois Girardon realizada en 1704, que se encuentra en el Patio Puget del Louvre. Anibal aparece contando los anillos romanos tomados en la batalla de Cannas (216 a.C.) representación que se utiliza para el fondo de este montaje.
Aníbal Barca (247-183 a.C.), hijo mayor de Amílcar Barca. Su nombre (en fenicio “Hanni-ba’al”, significa “quien goza del favor de Baal”) en tanto que Barca, que no es apellido sino un apelativo utilizado para distinguirlo, entre los cartagineses, de otros con el mismo nombre (en fenicio “Barqa”, significa “rayo”). Asumió el mando del ejército cartaginés a raíz del asesinato de su cuñado Asdrúbal, en el 221 a.C., cuando apenas contaba 25 años de edad. Elegido por el ejército, este mando fue posteriormente confirmado por el senado de Cartago, pese a la oposición del gran opositor de su padre Hanón el Grande. Al frente del ejército cartaginés, lo primero que hizo fue consolidar el poder de Cartago sobre tierras hispánicas, donde, a lo largo de dos años, confirmó sus hábiles dotes en el campo de batalla, algo que ya había mostrado al frente de la caballería cuando su cuñado Asdrúbal, comandaba el ejército cartaginés. 
Aníbal, considerado como uno de los mejores generales de la historia antigua, puso en jaque a la República de Roma, en donde fue considerado como el enemigo más grande y peligroso al que se había enfrentado. Su vida se cruzó con la de otro destacado general, Publio Cornelio Escipión (el Africano), el único que fue capaz de derrotarlo en la batalla de Zama (19 octubre 202 a.C.). Las fuentes que escribirían sobre su biografía, todas ellas de historiadores romanos, (Tito Livio, Polibio, Cornelio Nepote, Valerio Máximo, etc) fueron extremadamente crueles con el héroe de Cartago. Pero como suele decirse en estos casos: la historia está es el testimonio de los vencedores, lo que desvirtúa su imagen. Como la falsedad del juramento que, siendo Aníbal un niño, su padre Amílcar le ordenó realizar ante el dios Baal, de mantener odio eterno a los romanos. O las calumnias de Valerio Máximo cuando narra que un día, Amílcar observando a sus hijos jugar a las peleas, había exclamado: “¡He aquí a los leones que he creado para la ruina de Roma!”. De hecho los acontecimientos demuestran que el propio Aníbal, y sus hermanos menores, combatieron, única y exclusivamente, por la supervivencia de Cartago.
 Representación gráfica de Aníbal a las puertas de Roma
Para poder entender por completo la figura de Aníbal, de quienes estamos acostumbrados a contemplar sólo sus hazañas militares, hay que aproximarse a su formación humanística. Aún procediendo de una ciudad semita, su educación fue netamente helenística. Iba casi siempre acompañado por sus mentores e historiadores helenos: Sosilo, un griego nativo de la colonia sícula de Kale Akté, y Sileno, de la vieja Esparta. La trayectoria de Alejandro Magno, personaje al que admiraba, influye en gran manera en sus actitudes políticas. Aníbal busca un equilibrio de fuerzas, sus acciones van encaminadas (tras la conquista y sometimiento de las tierras y los pueblos del sur y la costa oriental de Hispania) a la protección de los intereses comerciales de Cartago. Es posible así entender que, estando a las puertas de Roma (tras haber cruzado los Pirineos y los Andes, estos en pleno invierno, y después de sus triunfos sobre las legiones romanas en las batallas de Tesino, Trebia y Trasimeno a lo largo del 218 a.C.), tras la batalla de Cannas en agosto del 216 a.C., Aníbal decidió no proceder a la ocupación o destrucción de Roma, defendida en aquellos momentos por las milicias urbanas formadas por aquellos ciudadanos que no estaban en condiciones para combatir en el frente, y decidió dar descanso a sus soldados. ¿Qué hubiera significado aquella destrucción para la historia de la civilización occidental? Mas, Aníbal, educado en las ideas helenísticas, admiraba la cultura y el arte, y Roma estaba llena de ambos.
Representación gráfica del asedio a la ciudad de Cartago
Tito Livio en su obra (narración novelada especialmente en lo que respecta a los diálogos) se refiere en aquellos momentos a la figura del comandante de caballería cartaginés quien se dirige a Aníbal en los siguientes términos: “Al contrario –no des descanso todavía a los soldados-, para que sepas lo que se ha jugado en esta batalla, dentro de cinco días celebrarás un banquete en el Capitolio. Sígueme, yo iré delante con la caballería para que antes se enteren de que vamos a llegar”. Ante el no rotundo de Aníbal, el oficial, extraordinariamente decepcionado, le amonestó con esta aseveración: “La verdad es que los dioses no se lo conceden todo a una misma persona. Sabes vencer, Aníbal, pero no sabes aprovechar la victoria”. Ya hemos comentado que la figura de Aníbal y su trayectoria está descrita por historiadores romanos, lo que hace presumirla ciertamente tendenciosa y condicionada. Lo cierto es que el tiempo demostraría que Aníbal no fue un exterminador, ni mucho menos, y que si no redujo a polvo y cenizas a la “Ciudad Eterna”, es porque era un hombre culto y sabio. No puede ponerse en duda que aquello formase parte de un plan predeterminado para someter a sus enemigos al rango de provincia, pero parece claro que ni aún en el peor de los casos el más célebre de los generales cartagineses habría actuado como posteriormente, durante la III Guerra Púnica (149- 146 a. C.), lo harían los romanos espoleados por el famoso discurso del político Catón el Viejo. Sus palabras:
Marco Poncio Catón (El Viejo)
 “Ceterum, ceseo Carthaginem esse dependam” (“Por lo demás, pienso que Cartago debe ser destruida”), acabarían desembocando en una confrontación desigual entre los dos eternos enemigos que provocaría la ruina de la ciudad de Cartago. Los romanos masacraron a la población, saquearon sus hogares, destruyeron sus edificios y templos, y sembraron de sal sus tierras para que nada volviera a crecer allí. Años después aquel territorio declarado maldito, ahora con el apelativo de Colonia Iulia, se convertía en la colonia más productiva de todas las de su Imperio Occidental.
 Puerta de Sevilla en Carmona, con las representaciones gráficas de lo que debió ser la fortaleza que los cartagineses erigieron.
Retomemos la historia de Sevilla en el momento en que la dejamos, cuando Amílcar Barca, al frente del ejército cartaginés, tras siete años de guerra consigue que los turdetanos cedan ante el poder cartaginés. Durante esta época, los cartagineses, levantaron la fortaleza de Carmona, que aún hoy se puede verse parte de ella, constituyendo así el testimonio más antiguo de construcción militar existente en la península, y que nos sirve como modelo de lo que debió ser la de Sevilla.
Talla realizada sobre madera representando a un elefante arrastrando troncos
Sevilla mantuvo su prosperidad durante este dominio, y sus habitantes mostraban ya su capacidad para adaptarse a las nuevas culturas que a ella llegaban, y beneficiarse de todo aquello que era útil y provechoso de ellas. La dominación cartaginesa trajo a Sevilla mejoras importantes, sobre todo en lo relacionado con la navegación por el Guadalquivir, así como la construcción de las primeras carreteras que sustituyeron a los antiguos caminos campestres. Introdujeron el elefante como animal de trabajo, y a Asdrúbal se debe la primera instalación de remonta en Sevilla. Pero diversas circunstancias hicieron que se malograra lo que hubiera sido un evidente progreso para el desarrollo de su economía.
Dibujos sobre la figura del recortador
La vida transcurría con cierta normalidad. Los jóvenes se divertían con una actividad que, posteriormente, sorprendió a los romanos: la esquiva del toro marismeño con ágiles quiebros de cintura. Esta tradición continuó a lo largo del tiempo, llegando a nuestros días, en los que se les conoce con el nombre de recortadores.
Castañuelas de madera
Las muchachas interpretaban sus danzas con los pies desnudos adornadas con aretes de plata, y al son de las castañuelas. Desde sus inicios, en los pueblos mediterráneos el sistema de percusión ha sido un elemento común y tradicional de la música popular. De esta manera, las castañuelas, probablemente de origen fenicio, son un ejemplo de ello. Baile e instrumentos que mantendrá su estilo bastante tiempo después de la dominación romana.
La guerra entre Cartago y Roma afectó directamente a la paz y prosperidad de estas tierras. Ante los problemas que se le presentaron al ejército cartaginés, que debía acudir a otros frentes, los turdetanos se sublevaron contra ellos. Motín que tuvo que ser sofocado por Asdrúbal, y durante estos enfrentamientos, Sevilla sufrió los efectos de la guerra, algunas de sus viviendas fueron incendiadas y parte de su población sacrificada.
 Columnas romanas de granito en la calle Mármoles
La llegada de los romanos a la Península Ibérica marca el comienzo de una nueva época para Sevilla de desarrollo y prosperidad, a lo largo de varias centurias, que definió claramente su talante vital y sus peculiaridades culturales. Por eso, en muchos casos, resulta incomprensible que se trate de destacar la importancia de los árabes, por encima de otras, en la conformación cultural de esta tierra. Si bien es cierto que ellos dejaron aquí grandes signos de su cultura, no se puede olvidar que de la romana, que ya existía aquí con rasgos propios, ellos tomaron bastantes cosas.
 Busto de Publio Cornelio Escipión (el Africano), sobre fondo del ejército romano

Todo hace pensar que los romanos llegan a estas tierras sólo con el fin de enfrentarse a los cartagineses, sus grandes enemigos, pero como había ocurrido en ocasiones anteriores con otros visitantes, y volvería a repetirse a lo largo de la historia, la veracidad y la riqueza que contiene les decidieron a asentarse en ella. La primera referencia que se tiene de su presencia es del año 206 a.C., cuando se produce la batalla de Ilipa en la que el ejército romano, bajo el mando de Publio Cornelio Escipión (el Africano), vence a los cartagineses que conformaban la defensa de estas tierras, y entra victorioso en Sevilla.
Más adelante tendremos la oportunidad de visitar y conocer a través de estas líneas los restos arqueológicos de aquella ciudad, ahora continuaremos con nuestra historia. Hispalis, en donde pocos romanos se quedaron a residir, volvía a ser una ciudad en continuo movimiento por las actividades mercantiles y portuarias. A lo largo de los años ganaría en importancia al formar parte del gran imperio romano en el que el comercio era de suma importancia. Si bien la romanización de la ciudad no planteo graves problemas, sí lo hizo las luchas internas por el poder que se originaron en Roma. Entre los años 91 y 89 a.C., los enfrentamientos entre Cayo Mario y Lucio Cornelio Sila, afectarían a Sevilla. Quinto Sertorio que había sido tribuno de los soldados en la Bética, y en el  83 a. C. era pretor de las fuerzas romanas de la Hispania Citerior, perdió su calidad de tal cuando Sila se apoderó de la ciudad de Roma y nombró a Cayo Valerio Flaco como gobernador de la Citerior, por lo que Sertorio se convirtió en un rebelde que dirigió la lucha contra el dictador y con la idea de alcanzar una posible independencia con respecto a Roma. Soliviantó a sus habitantes, al igual que hizo en otras zonas, contra la dictadura de Sila. Tras varios años de operaciones militares organizadas por el Senado romano, todo acabó en una batalla en la vega de Triana. Las tropas hispalenses fueron vencidas y severamente castigadas.
 Miguel de Cervantes y el diseño del túmulo a Felipe II
Julio César, muy vinculado posteriormente a Sevilla, la Hispalis que él conoció, llegó a ella en el año 69 a.C. en calidad de “cuestor” (Delegado de los cónsules para cuestiones civiles y militares, entre las que se encontraba el cobro de los tributos impuestos a los pueblos vencidos o aliados). Tal vez fue en esa ocasión cuando sintió los buenos influjos que de ella emanan y que configuran la idea de “ciudad deseada”, con su mágica luz, su aire perfumado con aromas de jazmín y de azahar. Aquella que a Miguel de Cervantes, en su soneto al túmulo del rey Felipe II en Sevilla, le hizo exclamar: “¡oh gran Sevilla, Roma triunfante en ánimo y grandeza”.
Figura de César sobre un fondo de la muralla de Sevilla
Centrándonos en la figura de Julio César, quien había nacido en Roma el 15 de julio del año 100 a.C., una vez cumplido su periodo como cuestor regresa a Roma. Su azarosa vida y su gran oratoria le crean, en aquella ciudad, adeptos y enemigos a la vez. En el año 61 a.C. es nombrado gobernador de la Hispania Ulterior, lo que le permite retornar a Hispalis, aquella ciudad que le había atraído en su época anterior. Durante este mandato desarrolló una política favorable para la ciudad y se ganó la amistad y la admiración de sus habitantes. 
Cneo Pompeyo Magno
Una nueva guerra civil en Roma marcaría el devenir de la historia de Sevilla. Entre los años 49 y 45 a.C., se declaró un conflicto que se conoce como la Segunda Guerra Civil de la República Romana. Julio César ya gozaba de gran popularidad entre la plebe y el ejército, derivada de sus victorias en las Galias. Sus enemigos trataron de que fuera destituido de su mando de las legiones, lo que le llevó a un enfrentamiento con la facción liderada por Pompeyo Magno (quien se había destacado por sus acciones en Oriente, entre las que se encontraba el dominio sobre los judíos y la captura de Jerusalén). Tras una serie de batallas desarrolladas en el suelo de Italia, César decidió atacar a los partidarios de Pompeyo en Hispania, donde este tenía bastantes partidarios de su época de la guerra con Sertorio. Sevilla se decantó a favor de César, ya que no olvidaba los beneficios y las exenciones fiscales que le había otorgado en su época de gobernador.
 Batalla entre romanos
En las fuerzas pompeyanas pronto se originó la deserción de una de sus legiones que buscaron refugio en Sevilla, donde fueron acogidos y se les proporcionó alimentos y alojamiento. El resto de las tropas de Pompeyo comenzaron a desmantelarse. La victoria de César fue completa. Sevilla se convirtió así en un paso importante en su camino hacia el poder, algo que nunca olvidaría. En el 49 a.C., solucionado el problema pompeyano volvió a Roma. Al frente de la administración de la provincia dejó a un tribuno cuya mala gestión y trato con la población, hizo posible que los habitantes de Hispalis y otras ciudades de la Bética se alinearan a favor de los hijos de Pompeyo cuando formaron un ejército para oponerse a Julio César, quien de nuevo se ve en la necesidad de acudir a la Bética para dirigir la que sería su última campaña militar: la batalla de Munda (17 de marzo del 45 a.C.), cerca de Osuna (Sevilla).
 Antigua imagen de la Puerta de Jerez y reproducción de la lápida que en ella estaba ubicada
A raíz de aquella batalla, en un cerco que tuvo que poner a la ciudad de Sevilla, demostró el cariño que tenía por ella al no atacarla directamente y esperar a que los lusitanos, que habían acudido a reforzar la guarnición de la ciudad, emprendieran la retirada para atacarlos. César fue asesinado el 15 de marzo del 44 a.C.,  pero antes de su muerte de nuevo demostró su gran afecto hacia Sevilla. En el mismo año 45 a.C. le confirió el estatuto mediante el cual sus habitantes se convirtieron en ciudadanos romanos de pleno derecho. Y pasó a denominarse “Colonia Iulia Romula Hispalis” (“Iulia” por su propio nombre Julio, y “Romula” (pequeña Roma) en honor a ella). Así como ordenó la ampliación de su perímetro y la construcción de una muralla, lo que convirtió a Sevilla en una ciudad fortificada. Como nos lo recuerda la lápida que se encontraba colocada junto a la Puerta de Jerez, derribada en 1864, con la traducción de unos versos latinos sobre la leyenda de Sevilla, con este texto: “Hércules me fundó / Julio César me cercó / de muros y torres altas / El rey Santo me ganó / con Garci Pérez de Vargas”.

"Casa de la columna" en la Encarnación
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Después de publicada esta entrada, hemos conocido un artículo publicado en “El Correo de Andalucía” que nos llamó la atención su título: “Desmontando la Sevilla romana”; así como parte de su contenido: “¿De verdad la Sevilla romana tenía tres foros? ¿Y un anfiteatro?”; y otras afirmaciones que se señalan, “históricamente dichas”. Como amante de la Historia, y en particular de la Historia de Sevilla, me han sorprendido esas “historias” que desconocíamos. Tal vez, el periodista, en su afán de destacar su artículo utiliza una terminología demasiado sensacionalista. Que hay leyendas en torno a Sevilla, es cierto, lo mismo que las hay sobre otras muchas ciudades que su origen se pierde en la antigüedad, pero no sólo en España, fuera de ella también existen. Fruto de las ideas de la conformación del concepto “nación” o “estado” y en las que se buscaba ofrecer unos orígenes conforme a las mismas. Pero que la Historia de Sevilla se ponga en entredicho por tal motivo, como parece dar a entender ese artículo, es tanto como si consideráramos una invención la Historia de Grecia, en la que algunos de aquellos que se consideraban simples “mitos” han sido desmontados por la realidad de la arqueología, baste como ejemplo el caso de la ciudad de Troya. ¿Cómo debió ser la Sevilla de aquella época? Independientemente de los numerosos restos descubiertos, que aparecen mencionados en el libro que menciona el periodista en su artículo, que él no recoge y que demuestran la importancia de Hispalis, creemos que la respuesta la podemos encontrar en los restos arqueológicos de Itálica, con la diferencia de que aquel asentamiento era una zona residencial para los patricios y clases acomodadas, mientras que Hispalis (Sevilla) era una ciudad eminentemente comercial y portuaria, y conocemos bien la importancia que los romanos daban a este tipo de ciudades, bases importantes de su economía y poder militar, e Hispalis lo fue, un ejemplo de ello está en la gran cantidad de restos de ánforas para el transporte de aceite encontrados en Roma.  Si en Itálica aquellos restos se han conservado ha sido, fundamentalmente, debido a dos circunstancias: 1) Santiponce, la localidad donde se encuentran ubicados, no ha crecido demográficamente como lo hizo Hispalis, por lo que no sufrió tantas transformaciones. 2) Itálica, al estar sobre una colina, tampoco ha sufrido todas las inclemencias meteorológicas, en forma de inundaciones, que significaron la destrucción de la ciudad.
 Restos de lápidas y pilastras romanas en los sillares de la Giralda
Sin olvidarnos de las destrucciones, por “manos humanas” , que ha sufrido con las invasiones y conquistas posteriores y cuyos “constructores” solían utilizar los elementos de construcción que tenían más a mano para levantar las nuevas que ellos realizaban. ¿Fue Hispalis una ciudad amurallada en tiempos de los romanos? Estamos convencidos de que sí, pero además, posiblemente, lo fuera en tiempo de los cartagineses, quienes solían amurallar sus ciudades, sobre todo aquellas que se consideraban estratégicas en sus territorios, y Sevilla, por su situación geográfica debió de serlo.
Una buena obra didáctica la señalada por ese artículo, “Sevilla arqueológica. La ciudad en época protohistórica, antigua y andalusí”, que nos permite conocer lo descubierto hasta aquel momento de su publicación, noviembre del 2014, en la arqueología de la ciudad. Mas ¿qué sería de la historia si no estuviera adornada con viejas leyendas y hermosas palabras? pero dejando claro que son sólo eso: leyendas.
Continuará........Cuando el pasado se hace presente (4)

jueves, 18 de septiembre de 2014

Cuando el pasado se hace presente (2)


Fernando Palatín
Una de las partituras que encumbraron en Francia al gran violinista, compositor y director Fernando Palacín, sevillano de nacimiento, pero que, como en otros muchos casos, no fue profeta en su tierra.
Mapa representativo de la extensión de Tartessos y su zona de influencia
Hay momentos de la Historia en que las teorías abundan, y es en esos momentos cuando prefiero cerrar los ojos y volver a ser aquella niña que soñaba con que mi abuelo Antonio me hubiera narrado la misma. Para disfrutar de ella como si fuera un juego, teniendo en cuenta que los hechos (que nadie conoce con exactitud) pueden llevarnos a crear otras historias que sean más sugerentes que la propia historia desconocida. Es en este mundo limpio de los niños, deseosos de vibrantes narraciones, como afrontamos la historia de Tartessos.
 Bronce tartésico
Grandes descubrimientos arqueológicos se han realizado a lo largo de los dos siglos anteriores, XIX y XX, algunos de ellos desmontando lo que se consideró un mito hasta aquel momento:
Homero y la ciudad de Troya con el caballo en su interior
La ciudad de Troya. Descrita en el poema épico, atribuido a Homero: “Iliada”. Aunque restos de aquella civilización tartésica han sido encontrados, la mítica ciudad de Tartessos sigue sin ser descubierta y su historia permanece en la nebulosa entre la leyenda y la realidad.
Estatua de Heródoto de Halicarnaso
Según las antiguas tradiciones, cuando los fenicios llegaron a las costas de la península ibérica, conseguían de Tartessos, entre otras mercancías, grandes cantidades de minerales y plata. De esta última en tal magnitud que deberían fundirla para poder transportarla. Grandes anclas argentíferas adornaban sus naves en la vuelta a sus ciudades de origen.  Las únicas pruebas de la existencia de Tartessos se encuentran en los textos de Herodoto de Halicarnaso, historiador griego, que habla claramente de la llegada de los primeros griegos a este lugar de feraz riqueza.
 Pintura en cerámica de una nave griega navegando
En su obra Ἱστορίαι (Historiae 'Historia') relata, como hacia el siglo VI a.C., una nave procedente de Jonia (Grecia) y comandada por el mercader y navegante jonio, Colaio de Samos, surcaba el Mediterráneo en su camino a Egipto. Así lo relata Heródoto: “Los samnios partieron de la isla y se hicieron a la mar, ansiosos por llegar a Egipto, pero se vieron desviados de su ruta por causas del viento de levante. Y como el aire no amainó, atravesaron las Columnas de Hércules y bajo el amparo divino llegaron a Tartessos”.
 Mineral de plata
Aquella azarosa singladura se convirtió en una gran alegría para los marineros griegos, que se encontraron con una cultura que nadaba en una gran abundancia. Un mercado desconocido para Grecia. Establecieron, de inmediato, relaciones amistosas y de comercio con el rey de aquel pueblo: Argantonio. Del que obtendrían unas grandes ganancias, mayores que las de cualquier comerciante griego hasta entonces, calculadas en unos 150 kilos de plata.
Representación pictórica de Argantonio, rey de Tartessos
Argantonio (según los filólogos su significado puede ser “Hombre de plata”) es el único rey del que existen referencias históricas, y ocupó el trono de Tartessos desde el 630 a.C. hasta el 550 a.C., fecha de su muerte. 
Plinio el Viejo, escritor, científico, naturalista y militar romano
La fecha de su nacimiento se desconoce, aunque todas las fuentes le atribuyen una dilatada longevidad. Herodoto habla de 120 años, mientras que Plinio el Viejo la alarga hasta los 150 años. Otros autores llegan a otorgarle una edad de 300 años. Todo hace pensar que, más que un solo personaje, fuera una dinastía formada por varios que asumieron, de forma sucesiva, el nombre de Argantonio.
 Mapa localización geográfica de Focea, en la actual Turquia
Los griegos, que llegaron a aquellas tierras de forma accidental, se encontraron con un rey dispuesto a colaborar totalmente con ellos, bien por deshacerse del yugo comercial impuesto por los fenicios o porque el comercio con estos estaba en declive por los problemas existentes en Fenicia con los persas. Así, según Herodoto, prestó ayuda a los griegos jonios de la ciudad de Focea para que pudieran construir una muralla en torno ella ante la amenaza de los persas. Focea era la marcaba el inicio del territorio de Jonia en la actual Turquía. 
Trirreme cartaginesa
El final de Tartessos está marcado, como su propia historia, de numerosas hipótesis. Unos señalan a los cartagineses como autores de su desaparición, sobre el 500 a.C., para apoderarse de sus grandes recursos naturales. Tartessos empieza su declive hacia el siglo VI a.C. tras la batalla de Alaila (535 a.C.) donde los estruscos y cartagineses se aliaron contra los griegos. Las últimas citas sobre Tartessos se refieren a esta época. La desaparición de los griegos focenses, tras la derrota en dicha batalla, grandes aliados y colaboradores de los tartesio, provocó el desplome económico, y la cercanía de Gadir, base del nuevo imperio comercial cartaginés, acabó sumiendo a Tartessos en el olvido.
Composición con el mapa del territorio que ocupaba Turdetania y la imagen de Estrabón
Otras hipótesis señalan que los tartesios dieron origen a los turdetanos. Estrabón, historiador griego que vivió entre el 63 a.C. y el 19 o 24 d.C., en su obra “Geografía” escribió referente a los habitantes de Turdetania, región que ocupaba los territorios de la antigua civilización de Tartessos: “… son considerados los más cultos de los íberos, ya que conocen la escritura y, según sus tradiciones ancestrales, incluso tienen crónicas históricas, poemas y leyes en verso que ellos dicen de seis mil años de antigüedad”. Esta fue la civilización que se encontraron los romanos cuando llegaron a estas tierras sevillanas.
El tesoro expuesto en su urna el día de la inauguración de la nueva sala
Sevilla está ligada a la historia de Tartessos, además de por estar enclavada en el territorio que se supone ocupó la cultura tartésica, por el descubrimiento (30 septiembre 1958) fortuito de un gran tesoro. Quien visite el Museo Arqueológico de Sevilla podrá deleitarse en contemplar lo expuesto en la sala, inaugurada en 2012, dedicada al “Tesoro del Carambolo” y podrá observar, junto con hasta un total de 143 objetos de otras procedencias, el original de este tesoro. Anteriormente se exponía una espléndida reproducción del mismo realizada por el orfebre Fernando Marmolejo. 
Saliendo de Sevilla hacia Huelva se observa, a la derecha de la misma, una pequeña elevación del terreno, a unos tres kilómetros de Sevilla ya en el municipio de Camas, es el conocido como cerro de El Carambolo. Para ascender hasta su cima se hace a través de la denominada Cuesta del Caracol y allí, como desde un mirador, se contempla una buena vista, desde el oeste, de Sevilla.
El descubridor entrevistado por los medios de comunicación
Al decir de las crónicas, el 30 de septiembre de 1958, uno de los obreros, Alonso Hinajos del Pino, que se encontraba junto con otros realizando la excavación de una zanja para la ampliación de las instalaciones del Real Tiro de Pichón, que allí se ubicaban, descubrió un brazalete al que le faltaba un adorno. 
 Un momento de las excavaciones
Aquel descubrimiento les animó a seguir excavando en busca de más objetos como aquel. Su sorpresa fue mayúscula cuando encontraron un recipiente de barro cocido que contenía otras muchas piezas. Parecían joyas antiguas de latón o cobre, y uno de ellos, para tratar de demostrar que así lo eran, trató de doblar una hasta que se partió. Aquello hizo que no llevaran a efecto lo que tenían convenido de repartirse aquellas joyas, por temor a la responsabilidad que acarreaba consigo aquel acto. Entregaron las mismas que llegaron a manos del catedrático y arqueólogo don Juan de Mata Carrizo y Arroquía, un gran experto en la cultura tartésica.
Composición con la imagen del tesoro y el profesor don Juan de Mata Carrizo y Arroquía
El profesor realizó un minucioso examen del tesoro, y mientras lo hacía iba su emoción en aumento. Estaba convencido de haber descubierto los primeros vestigios tartésicos en Sevilla. En su informe de presentación del descubrimiento manifestó: “El tesoro está formado por 21 piezas de oro de 24 kilates, con un peso total de 2.950 gramos. Joyas profusamente decoradas, con un arte fastuoso, a la vez delicado y bárbaro, con muy notable variedad de estilo y un estado de conservación satisfactorio, salvo algunas violencias ocurridas en el momento del hallazgo”. Estableció que aquellas piezas pertenecían a un periodo comprendido entre los siglos VIII y III a.C. Recientes investigaciones lo consideran adornos propios de animales que eran sacrificados en un templo de origen fenicio dedicado al dios Baal y la diosa Astarté que se encontraba en aquel lugar.
 Figurilla de Astarté descubierta en el yacimiento tartésico de El Carambolo
En excavaciones posteriores se descubrió una figura de la diosa Astarté, desnuda y tocada con una peluca de estilo egipcio. Data de la segunda mitad del siglo VIII a. C., y posee una inscripción que aclara su advocación: “Ofrenda que ha hecho Baal Jaton, hijo de Dommelek y Abdibaal, hijo de Dommelek, nigromantes de Astarté, como agradecimiento a Astarté-Ur por haber escuchado sus plegarias”.
Cuando conocí la existencia de aquel tesoro que al profesor Carriazo le hizo exclamar: “Un tesoro digno de Argantonio”, quise conocer quién y por qué fue enterrado en aquel lugar. Nadie mejor para hacerlo que mi abuelo Antonio, aquel maestro a quien admiraba sin haberlo conocido. El tampoco conoció el descubrimiento del tesoro, ocurrido bastantes años después de su asesinato, pero sí sabía de la historia de los tartesios. En mis sueños de niña éste fue su relato.
“Hace muchos, muchos años reinaba en estas tierras un sabio y justo rey cuyo nombre era Argantonio, su ciudad era Tarsis, la capital de su reino, Tartessos. Su pueblo, los tartesios, comerciaban con los fenicios con los productos que en esta tierra abundaban, los minerales (como la plata, el oro,…) y las pieles de los animales. Un día los fenicios pretendieron obligarle a bajar los precios para ellos obtener mayores beneficios. Argantonio se negó a ello, pues por encima de todo defendía a su pueblo. Amenazó a los fenicios con romper los tratos y expulsarlos de su territorio. Las relaciones, que hasta entonces habían sido amistosas, derivaron en disputas y enfrentamientos armados, al hacer caso omiso a sus palabras los fenicios.
“Argantonio no era amante de la violencia, pero ante la actitud adoptada por los fenicios decidió atacar los dos principales asentamientos  de ellos. Al frente de la mitad de su ejército y Terión, al frente de la otra, comenzaron el asedio a las ciudades fenicias. Pero estos, que habían previsto las acciones de Argantonio, aprovecharon la escasa defensa de Tarsis para atacarla. La ciudad fue pronto destruida y presa de las llamas, y todos sus habitantes, incluidos ancianos, mujeres y niños fueron pasados a cuchillo”
 Imagen de todas las piezas del tesoro
“Al ver el resplandor del incendio que consumía su ciudad, Argantonio se dirigió rápidamente en su auxilio. Mas cuando llegaron a Tarsis no pudieron hacer nada por defenderla, y su ejército, extenuado, fue fácil presa de los fenicios, quienes los derrotaron pereciendo en la lucha Argantonio. Un soldado tartesio, el único superviviente tartésico, acobardado, se había camuflado entre los cuerpos inertes de sus compañeros, arrepentido de su cobardía, se acercó al cadáver de Argantonio y le retiró las insignias reales, que aún lucía, para entregarlas a quien debería ser el nuevo rey de Tartessos, Terión”
 Collar
Utilizando todas las artimañas salió del campo de batalla mientras los fenicios estaban distraídos despojando a los cadáveres de los tartesios de todo lo que de valor llevaban encima., y no paró de correr hasta llegar al lugar en que se encontraba Terión, a quien refirió lo ocurrido en Tarsis y de la muerte del rey Argantonio. El nuevo rey, aguantando su dolor frente a su ejército, se retiró a su tienda. Allí, compungido y con sus ojos nublados por lágrimas, prometió a sus dioses que no luciría aquellas enseñas hasta vengar la muerte de su padre y de los habitantes de la ciudad.
 Pectoral
Así decidió atacar a los fenicios, pero para asegurarse que, en caso de derrota, aquellas insignias reales no cayeran en poder de sus enemigos, decidió enterrarlas. Las introdujo en una vasija de barro de las que el ejército usaba, y las enterró allí mismo. Al frente del resto del ejército tartesio se dirigió a atacar a los fenicios y su flota anclada en el Guadalquivir. 
Pulsera
“El enfrentamiento fue feroz y las bajas, por ambos bandos, numerosas, pero al final los fenicios impusieron su fuerza y Terión falleció en la batalla. Así quedaron allí enterradas aquellas insignias reales del rey de Tartessos. En aquel lugar donde Terión elevó su última oración a sus dioses y donde cumplió su promesa: No llegó a vestir aquellas insignias”. 
El tiempo pasó y aquel tesoro quedó allí olvidado hasta que el azar hizo posible su descubrimiento, para que de nuevo brillara bajo el sol sevillano.
Continuará........ Cuando el pasado se hace presente (3)