lunes, 21 de julio de 2014

Las fronteras que nunca lo fueron


Un pueblo despojado de sus tierras. Encerrado, como si fueran gallinas o pollos de granja, en una jaula, en donde viven amontonados. Esperando que por sus condiciones de refugiados los vayan engordando con las ayudas humanitarias. 
Cómo no recordar aquellos tiempos en que Gaza era un lugar de libre paso, donde la frontera con Egipto era simplemente unos postes. 
Y la frontera con Israel no existía, pues todo era PALESTINA.
  Sultan Selim I, de los otomanos
Una historia aún no escrita, si acaso pergeñada en pequeños retazos, pero siempre partidista. Mas la verdadera historia se encuentra en las vidas y las miradas de aquellos, ya pocos, ancianos que vivieron, en su adolescencia o juventud, aquellos momentos de la Nakba de 1948 en que miles de refugiados llegaron a Gaza, obligados a abandonar sus tierras en otros lugares de aquella Palestina que, desde el imperio mameluco, formaba parte de la Gran Siria, que en 1517 conquistó el sultán otomano Selim I. Ni Palestina había perdido su identidad, ni Gaza tampoco. Formaban parte de un territorio que conformaba el Imperio Otomano, como otras naciones formaban parte de otros imperios occidentales. 
 
Ellos recuerdan, y así se lo cuentan a sus nietos, las historias familiares de aquellos momentos. Entonces no existían fronteras, era muy fácil trasladarse de una ciudad a otra dentro de Palestina, y hasta otros estados vecinos, llevando los productos que las fértiles tierras de Gaza ofrecían como resultados de los esfuerzos de quienes las cultivaban. Narran esta parte de su historia mientras sus ojos reflejan la alegría de aquellos recuerdos. Eran un conjunto de pueblos que vivían de su propio esfuerzo: campesinos, pastores, pescadores, artesanos, obreros… todos compartían la libertad y la paz que su entorno les ofrecía. Antes de la Nakba de 1948, en Gaza y en toda Palestina, convivían musulmanes, cristianos y judíos, y lo hacían sin amenazas, sin violencia y sin rencor entre ellos. Mas llegó la fecha fatídica, aquellos momentos que, al recordarlos, convierten sus miradas en tristes y desoladas. Aquellos momentos en que Gaza se vio inundada por la llegada de cientos, de miles de palestinos que habían sido expulsados por la fuerza de las armas, o por el miedo a lo que estaba ocurriendo, de sus tierras, de sus hogares, dejando atrás cuanto tenían. Los residentes en Gaza y otros pueblos de lo que hoy han dado en llamar Franja de Gaza, abrieron sus brazos a aquellos hermanos palestinos, ofreciendo todo lo que tenían para ayudarles.
 
Llegaban por oleadas y las Naciones Unidas no eran capaces de cubrir sus necesidades. Esa misma organización que había posibilitado, con la resolución 181 de 1947, la ocupación del territorio palestino por aquellos que habían sufrido los desmanes, crueldades y la persecución antisemita. No eran un pueblo, pero sí los unía unas creencias y una religión, y en sus carnes habían sufrido las consecuencias de aquel odio que, latente durante muchos siglos, se despertó en Europa antes y durante la Segunda Guerra Mundial, y que acabó en un crimen que los palestinos no habían cometido: el holocausto. Ellos no eran culpables de aquello, pero fueron los directamente perjudicados, pues su territorio fue utilizado como moneda de cambio en un trueque sin sentido y basado no en derecho sino en “promesas divinas”.
Esa misma organización que después estableció diferencias entre los residentes de Gaza y aquellos “refugiados” que habían sido acogidos en sus tierras. Unos tenían derecho a la “limosnita” de la UNRWA (Agencia de la ONU para los refugiados palestinos) y otros organismos de ayuda humanitaria, mientras que los residentes veían como sus tierras de cultivo o pastoreo eran ocupas por tiendas de campaña que luego se convertían en viviendas de ladrillo y cemento, no tenían, ni tienen, derecho a nada. Hoy más de las dos terceras partes de la población de Gaza son refugiados.
Y aquellos ancianos, residentes en Gaza desde generaciones anteriores, siguen relatando su historia a sus nietos. Esa historia que nadie les contó, porque ellos mismos fueron protagonistas de ella. Y aún recuerdan aquellos grandes campos de cultivo, inmensas áreas plantadas de naranjos y olivos. Esos olivos que son el más fiel reflejo de su amor a la tierra. Tierra en la que hunden sus raíces, arraigadas fuertemente a ella, como ellos mismos tratan de agarrarse a esta vida y a esta tierra. Ellos recuerdan aquellos tiempos en que su hogar, su tierra eran suyos. Recuerdan a sus hijos reunidos en torno a la familia y sus vidas estaban enmarcadas en una esperanza de futuro. Hoy ellos saben que nada es igual, que lo que hoy es suyo, mañana puede no serlo; que sus cultivos, en un momento florecientes, pueden ser desolados y destruidos sin una razón aparente.
El tiempo pasa, y ellos están cansados de tanta palabrería, vanas promesas siempre incumplidas. Sus líderes proclaman su deseo de permanecer en permanente lucha ¿Lucha para qué?, se preguntan ellos. Han perdido por completo la fe y su mirada no la dirigen hacia el futuro porque no tienen ninguna confianza de que exista. Cuando se quedan solos, en la penumbra de su habitación, cuando nadie puede ver o sentir su derrota, siguen pensando y preguntándose ¿a quién les importa lo que le suceda a Gaza? Ellos han visto como quienes se erigieron en líderes de lo que llaman su revolución, se enriquecían en la misma medida en que el pueblo se convertía en una sociedad consumista y dependiente de la economía israelí. Familias enteras convertidas en simples pedigüeños de la ayuda humanitaria; jóvenes dependientes de la misma y esclavos de la marginalidad y el desempleo. Mientras la tierra languidece, las áreas cultivables van decreciendo, en detrimento de la construcción de nuevas viviendas, no solo por el abandono o la falta de deseo de cultivarlas, sino porque los acuíferos de Gaza, hoy, prácticamente no existen, vienen siendo sobre-explotados en la zona israelí; o bien porque sus huertos de árboles frutales u olivos no pueden ser cuidados y cultivados, al ser considerados, por los sionistas, lugares donde se ocultan los “terroristas”.
Ellos no esperan nada ¿De quién lo van a esperar? ¿A quién le importa lo que suceda en Gaza? ¿A Abu Mazen, al rey Abdalá II, a los mediadores internacionales, a los representantes o dignatarios de otras naciones árabes? De ellos solo vienen escuchando palabras, palabras, y más palabras, pero no ven acciones concretas que puedan acabar con esta larga y lenta agonía de las tierras de Gaza. La solidaridad es una falsa etiqueta que algunos tratan de colgar de sus acciones. Una solidaridad engañosa, pues no es tal solidaridad sino simplemente una caridad mal entendida. Y no es caridad lo que necesita la tierra y las gentes de Gaza, sino una solidaridad verdadera, la de unos hermanos o amigos que lleve de nuevo a aquellas tierras la paz y la libertad de la que gozaba y que estos ancianos conservan viva en su memoria. Solo en esos momentos de soledad ellos se dejan llevar por el abatimiento, no quieren que sus descendientes, hasta una tercera generación, vean su desolación. No quieren que vean como por sus mejillas corren unas lágrimas, lágrimas que inundan sus alamas mientras en su interior una voz clama: “¡malditos bastardos! que negociáis con las vidas humanas sin importaros su final o su destino”.
Hastiados de la corrupción que impera entre quienes dicen ser los que luchan por la liberación del pueblo palestino, que no han dudado en utilizar las ayudas recibidas en su propio beneficio, haciendo negocios con las penurias del pueblo gazatí. Como ejemplo basta una “manzana podrida” de las muchas que aún existen en el “cesto” de una sociedad, la gazatí, que, según datos del Banco Mundial, ocupa el tercer lugar en la región en términos de pobreza, solo por encima de Sudán y Yemen, y con una tasa de desempleo que supera el 40 %. Ayman Taha, co-fundador de Hamas, detenido e investigado en febrero de 2014 por “especulación ilegal”. Todo apunta a que utilizaba dinero de las ayudas para proyectos de recuperación e inversión en Gaza para derivarlo hacia el contrabando a través de los túneles, beneficiándose de las necesidades y carestía de los gazatiés y del bloqueo al que se ven sometidos por parte de Israel. Mientras la mayoría de estos y de los refugiados palestinos han de conformarse con las migajas de esas ayudas internacionales, él se permitía comprar, en 2011, un edificio de lujo de tres pisos en Gaza por un valor que superaba los 600.000 dólares. Uno más de los tantos millonarios que hoy se mueven en Gaza donde llegaron sin nada como refugiados palestinos en 1948. Mientras los niños de Gaza carecen de escuelas apropiadas en que recibir enseñanza y la misma la reciben en los barracones de la UNRWA, en Gaza se siguen levantado grandes centros comerciales surtidos con artículos producidos en Israel.
Y de nuevo ven aquella tierra sin fronteras, en la que se movían con total libertad sin necesidad de solicitar permisos para hacerlo, ni pasar por incontables puesto de control que no le llevan a ninguna parte.
 
Por eso nunca abrirán la posibilidad de que puedan salir hacia otros lugares, de dejarlos retornar a sus tierras, a sus hogares, aquellos que les fueron arrebatados. Tampoco les permitirán rehacer sus vidas en otras naciones.
 
En el otro lado, en aquellas tierras que fueron tomadas a través del horror y el terror, también se derraman lágrimas. Lágrimas que no serían derramadas si no hubieran iniciado la invasión de Gaza.
http://paginasarabes.com/2014/07/20/sionismoesa-terrible-herejia-por-roger-garaudy/
https://www.lemondediplomatique.cl/Ser-judio-del-orgullo-a-la.html
 
Gaza, una ciudad llena de historia, la vieja ciudad de los filisteos, aquella cuyas raíces aún son más profundas pues su semilla fue plantada por tribus semitas de los cananeos. Una ciudad siempre deseada. Siempre difícil de conquistar y permanentemente surgiendo de sus propias cenizas…
AIRAM



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