miércoles, 15 de marzo de 2017

MIGUEL HERNÁNDEZ , UN POETA COMPROMETIDO



DEDICATORIA
Cristina Rudolph
A Cristina Rudolph, recitadora, cantante y escritora, que ha prestado en numerosas ocasiones su voz a textos de Miguel Hernández y que nos ha permitido contar con imágenes y datos no recogidos en la bibliografía del poeta que han podido completar este post.
MIGUEL HERNÁNDEZ
Sentado sobre los muertos
[…]
Que mi voz suba a los montes
y baje a la tierra y truene,
eso pide mi garganta
desde ahora y desde siempre.
Miguel Hernández
Es numerosa la bibliografía editada sobre Miguel Hernández y su obra, sobre todo a raíz de la celebración, en 1992, del cincuentenario de su muerte. Una figura que por su producción literaria, en apenas diez u once años de su corta vida, no se limitó sólo a la poesía sino que se extiende a través del teatro, prosa, artículos periodísticos… Una figura y una obra que ha llenado miles y miles de páginas que, en ocasiones, han sido completadas con la creación de leyendas y mitos innecesarios, pues ambos, el poeta y su obra, no precisan de ellos. Su persona está impregnada, desde su niñez, por la sencillez, el esfuerzo personal y el compromiso junto a los valores más elementales del ser humano: la solidaridad, la justicia social y la lucha por la libertad. Y son sus compromisos personales y sociales los que trataremos de dejar reflejada en esta entrada, pero no sin antes dejar destacadas algunas de las obras bibliográficas que, para nosotros, destacan entre todas.
-Miguel Hernández, del historiador Federico Bravo Morata, editada en 1979 por Editorial Fenicia – Madrid. Una biografía en la que recoge desde su nacimiento, en 1910, hasta su muerte en 1942, enmarcada en sucesos históricos y el ambiente social, en que se desarrolló su infancia y juventud, de su tierra natal que marcaría la vida y la obra del poeta. Una biografía que, tal vez hoy, quede desfasada por la cantidad de nuevos datos que han ido surgiendo en el tiempo por la investigación de la vida y obra de Miguel Hernández, pero que refleja la integridad y el espíritu de superación que siempre impregnaron su existencia.
-Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, de José Luis Ferri, doctor en Literatura Española y profesor de la Universidad de Alicante, obra publicada por primera vez en 2002 por Planeta en su colección “Temas de hoy”, y que ha sido revisada y ampliada en la última edición, en este caso publicada por la Fundación José Manuel Lara. Una obra que, tras largas y arduas investigaciones por parte del biógrafo, trata de poner la figura del poeta en el lugar que le corresponde libre de todas las leyendas y mitos con los que ha sido adornada por detalles inexactos, tanto por parte de uno u otro bando.
-Miguel Hernández. Obras completas. Editorial Losada, Buenos Aires (1960). Una recopilación de los libros publicados en la vida del autor y algunos poemas inéditos hasta aquel momento,  con prólogo de María de Gracia Ifach, seudónimo de Josefina Escolano Sopena (1905-1983), escritora que consagró largos años de su vida al estudio de la vida y obra de Miguel Hernández. Suya es también la biografía sobre el poeta editada bajo el título “Miguel Hernández, rayo que no cesa”. De la presentación de esa obra señalada de la Editorial Losada entresacamos el contenido de la misma: “Miguel Hernández había publicado antes de su muerte tres libros de versos -Perito en lunas (1933), El rayo que no cesa 81936) y Viento del pueblo (1937)- y otros tres de teatro –Quien te ha visto y quien te ve (1934), Teatro en la guerra (1937) y El labrador de más aire (1937). Muchos de sus poemas, y hasta libros completos, estaban inéditos o habían sido publicados en revistas literarias de corta difusión y breve vida. […] no sólo ha permitido reunir en este volumen los libros ya editados y los poemas inéditos o casi inéditos, sino que ha logrado reconstruir, con un índice hallado entre los papeles del poeta, el libro “El hombre acecha”, dedicado a Pablo Neruda y nos ha completado, con las variantes y poemas suprimidos posteriormente por el autor, el libro “imagen de tu huella”, primera versión de “El silbo vulnerado”. Quedaban por editar dos obras de teatro: “Los hijos de la piedra” y “El pastor de la muerte”. Completan ahora este volumen, junto con los dos únicos cuadros hallados de “El torero más valiente”. Dada la fecha de su publicación, 1960, esta primera edición de las Obras Completas de Miguel Hernández carece de todos aquellos escritos y poemas descubiertos con posterioridad
Imagen de Gabriel Miró sobre fondo de la ciudad de Orihuela
EL NACIMIENTO DE UN POETA
El día 30 de octubre de 1910, nacía en Orihuela (Alicante) un poeta: Miguel Hernández. Poeta desde el mismo momento de su venida a este mundo provisto de unas cualidades especiales que, su compromiso y su esfuerzo diario y constante, iban a desarrollar hasta convertirlo en uno de los autores de mayor relevancia de la literatura española del siglo XX dentro de lo que se ha denominado “Generación del 36”, aunque su proximidad y contactos con la “Generación del 27” ha llevado a algunos autores a considerarlo como seguidor de la misma.
Mas para entender la trayectoria y los compromisos de aquel poeta no bastan sólo los datos fríos de una biografía, sino el conocer también el ambiente en que se desarrolló prácticamente toda su vida. Orihuela, una ciudad de la Comunidad Valenciana situada en el sur de la provincia de Alicante, a sólo 22 kilómetros de Murcia que la acercan más al acervo de ésta que al de la región a la que pertenece. Bañada por el río Segura, su vega ofrece una feraz huerta plena de frutos, en contraste con la aridez de sus pedregosos montes. Una ciudad que tiene todo el encanto y la luz del Mediterráneo cercano, pero que se encontraba sumida, en aquel 1910, en la tristeza y melancolía de sus profundas creencias religiosas. Pero dejemos que sea Gabriel Miró (1879-1930), otro escritor alicantino, que fue alumno interno del colegio Santo Domingo de Orihuela, quien describa aquel ambiente en su obra “Libro de Sigüenza” cuando regresa a aquella “Oleza” (Orihuela):
“Pasaba ya el tren por la llanada de los huerta de Orihuela. Se iban deslizando, desplegándose hacia atrás, los cáñamos, altos apretados, obscuros; los naranjos tupidos; las sendas entre ribazos verdes; las barracas de escombro encalado y techos de “mantos” apoyándose en leños sin dólar, todavía con la hermosa rudeza de árboles vivos; los caminos angostos, y a lo lejos la carreta con su carga de verdura olorosa; a la sombra de un olmo, dos vacas cortezosas de estiércol, echadas en la tierra, roznando cañas tiernas de maíz; las sierras rapadas, que entran su costillaje de roca viva, yerma, hasta la húmeda blandura de los bancales, y luego se apartan con las faldas ensangrentadas por los sequeros de ñoras; un trozo de río con  un viejo molino rodeado de patos; una espesura de chopos, de moreras; una palma solitaria; una ermita con su cruz votiva, grande y negra, clavada en el hastial; humo zul de márgenes quemadas; una acequia ancha; dos hortelanos en zaragüelles, espadando el cáñamo con la agramadera; naranjales, panizos; otra vez el río, y en el fondo, sobre el lomo de un monte, El seminario, largo, tendido, blanco, coronado de espadañas; y bajo, en la ladera, comienza la ciudad de la que suben torres y cúpulas rojas, claras, azules, morenas, de las parroquias, de la catedral, de los monasterios; y, a la derecha, apartado y reposando en la sierra, obscuro, macizo, enorme, con su campanario cuadrado como un torreón, cuya cornisa descansa en las espaldas de unos hombrecitos monstruosos, sus gárgolas, sus buhardas y luceras, aparece el Colegio de Santo Domingo de los Padres Jesuitas. Sobre la huerta, sobre el río y el poblado se tendía una niebla delgada y azul. Y el paisaje daba un olor pesado y caliente de estiércol y de establos, un olor fresco de riego, un olor agudo, hediondo, de las pozas de cáñamo, un olor áspero de cáñamo seco en almiares cónicos.
 Sigüenza contempla la tarde, angustiado, enfermo de tristeza, una tristeza tan cercana, tan densa, que le parecía que no era sólo un sentimiento suyo, sino que tenía una realidad propia, separada, grande, más fuerte que nuestra alma; la tristeza se le incorporaba de todo lo que veía, porque la vega, sus humos, sus árboles, los montes y el cielo todo estaba hecho, cuajado de tristeza; la misma que le oprimía siendo chiquito, cuando, vestido de uniforme de colegial, salía con su brigada, la de los pequeños, por aquellas sendas, aguardando el paso del tren, un tren que le traía tantas memorias alegres, que aun le entristecía más que el paisaje y el regreso al Colegio de Santo Domingo”
 A la izquierda, imagen de Miguel Hernández Sánchez, padre el poeta.
En el centro, foto familiar en la que aparecen los hermanos mayores de Miguel: Vicente y Elvira.
A la derecha, de pie, a la izquierda, Miguel. Sentado, Vicente. De pie, a la derecha, Elvira.
Y junto a Vicente, Encarnación, la menor de todos los hermanos. Faltan en la imagen Concepción, Josefina, y Monserrate, los otros hijos del matrimonio Hernández-Gilabert.
Debajo, a la izquierda, tras el arco en primer plano, se ve la casa natal de Miguel en la calle San Juan.
A la derecha el patio interior de la casa de la calle Arriba
Es en aquel ambiente donde ve la luz de aquella tierra levantina el tercer hijo de los “Visenterres”, apodo con el que era conocida su familia, procedente de la rama paterna. Sus padres, Miguel Hernández Sánchez y Concepción Gilabert Giner, que habían contraído matrimonio a primeros de 1906, tenían ya dos hijos, Vicente y Elvira, residían en una humilde casita en la calle San Juan, número 82, adecuada para las labores a las que se dedicaba Miguel Hernández padre, un hombre severo y autoritario, serio y cumplidor de su palabra que para él, como ocurría con frecuencia entre los agricultores y ganaderos, tenía más fuerza que cualquier otro documento, y a sus hijos trataba de educarlos con esa rigidez e intransigencia, y en ellos veía sólo a los ayudantes para su trabajo y continuadores del negocio una vez llegado el momento.
Él había nacido en Redován, un pueblecito cercano a Orihuela, en el seno de una familia de labradores, pero pronto encaminó sus labores al comercio de ganado con la cría y engorde de cabras y ovejas y todo lo derivado del mismo, como la venta de lana y leche…, junto con su hermano Francisco que se encargaba de la reventa de los animales engordados en Zaragoza y Barcelona. Fue así como conoció a su futuro suegro, el padre de Conchita, un tratante de caballos cuyos conocimientos del mercado de animales le servirían de apoyo para el desarrollo de su propio negocio de ganadería lanar y caprina.
Conchita Gilabert Giner, era la típica mujer educada en un régimen patriarcal muy autoritario donde la palabra del cabeza de familia era sagrada y se respetaba por encima de todo, acatando, sin rechistar, cualquier orden y dedicada exclusivamente a las tareas de su hogar y a prestar ayuda, cuando así lo requería, el trabajo de la familia.
No es correcto, pues, indicar que Miguel Hernández pasó una infancia de pobreza y hambre. De hecho el negocio de su padre era lo suficiente rentable para mantener a la familia y comprar una nueva casa, en la calle Arriba número 73,  más grande y acorde con las necesidades tanto del negocio como del aumento de los hijos. “ […] lo más destacable de la nueva vivienda era el patio espacioso que se abría al raso, a la luz y a la lluvia; el pozo a un lado y, más allá, tras unos escalones de piedra, el establo que albergaba el rebaño de cabras. Allí, en aquel corral soleado y alegre, se encontraba la morera, los nopales o piteras, las tres higueras con su fruto puntual, dulcísimo, y el limonero que tantas veces anotó el poeta en su cuaderno de versos.” Nos dice José Luis Ferri en su libro citado.
Miguel Hernández de niño
Fue en aquella casa donde nuestro poeta despertaría toda la sensibilidad que llevaba dentro. El contacto con la naturaleza y sus grandes dotes de observación le llevaban a experiencias directas ante el paso de las estaciones, a extasiarse ante el rumor del agua o ante el apareamiento del ganado y el nacimiento de las nuevas crías. Todo ello le lleva a la necesidad de conocer, de comprender lo que captan sus sentidos y despiertan en él la curiosidad. Y es en este momento cuando surge su primer compromiso personal: ha de aplicarse, tiene que aprender a leer y escribir, prepararse para poder expresar todo lo que su sensibilidad capta de su alrededor y quiere exteriorizar. Del mismo modo que es en la puerta de esta casa, en la que solía jugar Miguel, donde se siembra, en su interior, el germen que le llevaría, años más tarde, a su compromiso social en la lucha por la justicia. Según apunta José Luis Ferris en su obra: “Después que nos fuimos a vivir a la calle de Arriba –comenta su hermana Elvira-, en aquellos primeros años, nos llamaba la atención la cola de mendigos que llegaba hasta nuestra misma puerta para recoger las sobras de comida de los alumnos internos del colegio de los Jesuitas, porque, como es sabido, la puerta trasera daba a nuestra calle, cerca de nuestra casa. Miguel se quedaba largo rato mirando aquella fila de seres harapientos, demacrados, de mirada triste y cuerpos envejecidos prematuramente, que esperaban aquellas cucharadas de alimento […]. Miguel, lo recuerdo ahora, se quedaba largo tiempo mirando, sin hablar…; alguna vez, cuando nos íbamos a sentar a la mesa, hube de salir a llamarlo”.
Su padre, pese a su rigidez en el trato familiar, quiso que pronto, antes de cumplir los cinco años, nuestro poeta comenzara a ir al colegio. Lo apuntó a un pequeño colegio privado de preescolar cercano a su casa, pues se encontraba al comienzo de la calle Arriba. Allí tuvo como maestro a don José Pellús Rodríguez durante su estancia que se prolongó durante unos diez meses, hasta febrero de 1916. Hasta el año 1918, en que ingresa en las escuelas del Ave María, se desconoce si asistió a otro colegio. Todo hace pensar que se dedicó a colaborar, en las tareas del ganado, con su hermano Vicente, en la medida en que sus limitadas fuerzas podían hacerlo, es decir: la limpieza del establo, el ordeño de las cabras y la venta de la leche entre el vecindario.
Padre Manjón
Aquellas escuelas del Ave María eran un anexo, para niños de clases humildes, al Colegio de Santo Domingo de los Jesuitas. Las mismas fueron creadas, en 1889, por el padre Manjón en Granada, para atender a la educación y formación de los niños de familias de clase obrera y menos favorecidas, pronto se extendieron por toda España. Utilizaban una pedagogía totalmente innovadora, sus clases no se daban en el aula sino al aire libre y en contacto con la naturaleza y la instrucción de los alumnos se basaba en el juego y actividades manuales, experimentando de una forma activa los conocimientos de los niños, consiguiendo su formación integral. Un modelo pedagógico que ya había sido puesto en práctica por la Institución Libre de Enseñanza creada por Laureano Figuerola, en 1876, y continuada por Francisco Giner de los Ríos, que tuvo una gran acogida entre los profesionales de la enseñanza y llevado a la práctica por numerosos maestros de educación primaria.
Arriba en las escuelas del Ave María.
Debajo, en el primer curso de bachillerato en el
colegio Santo Domingo
Su entrada en aquellas escuelas del Ave María significó para Miguel la posibilidad de cumplir el compromiso que había adquirido consigo mismo: estudiar y formarse para poder expresar todo lo que su sensibilidad captaba del exterior. De esa manera, ayudado por su gran inteligencia que le hace aprenderse de memoria muchos de los textos de las lecturas religiosas que le propone su maestro y por la avidez demostrada en los estudios, pronto llamaría la atención de quien era su profesor, don Ignacio Gutiérrez Tienda, quien a su vez mantenía informados a los padres jesuitas de las condiciones innatas para el estudio de aquel alumno de mirada despierta y atenta que expresaba con sus ojos verdes.
Calificaciones de Miguel Hernández en el primer trimestre
del curso 1923-1924. La “A”, según el uso interno de los jesuitas, 
significaba “muy bien o sobresaliente”
No obstante, las labores de atención al ganado le llevaban a faltar muchos días a clase, mas ello no era impedimento para que sus notas fueran de las mejores entre todos los alumnos. Hasta tal punto que terminada su etapa escolar básica, que había durado de 1918 a 1923, los jesuitas le ofrecieron a su padre que continuara sus estudios de bachillerato. Así comenzó, en el curso 1923-24, sus estudios en el colegio de Santo Domingo. Aquel cambio tan radical, pues no era sólo el método de estudios lo que cambiaba, sino el hecho de encontrarse entre aquellos niños que nada tenían que ver con sus humildes orígenes, todos ellos eran hijos de acomodadas familias, significaría, para Miguel, un mayor estímulo, sus notas seguían destacando. Él quería demostrar a todos, y por encima de ellos a los jesuitas que habían confiado en él, que estaba a la altura de cualquiera, que su origen no menoscababa su inteligencia.
A la izquierda,  imagen de Luis Almarcha.
A la derecha, borrador de una carta de Miguel Hernández
dirigida a Luis Almarcha en octubre de 1932,
que se conserva en el legado de Miguel Hernández
depositado en la Diputación de Jaén
Fue en este periodo cuando trabó conocimiento con Luis Almarcha, un sacerdote nacido en Orihuela en 1887 que, tras sus estudios en Roma había vuelto a Orihuela, en 1914, nombrado como canónigo de la catedral. Este personaje tuvo una doble influencia en la vida de Miguel Hernández pues si bien le apoyó y estimuló durante aquellos primeros años de su andadura como poeta y escritor permitiéndole el acceso a su amplia biblioteca y llegando a prestarle ayuda financiera para la publicación de sus primeros trabajos, en los momentos en que necesitó su ayuda y respaldo estando en la cárcel de Alicante, enfermo, no hizo nada, o al menos no lo suficiente, para lograr su traslado a un sanatorio o su puesta en libertad. Bien es cierto que, en aquellos primeros tiempos, la obra de Miguel Hernández estaba cargada de un profundo sentido religioso. Algo que posteriormente cambiaría radicalmente para hacer una poesía cargada de justicia social, de gritos a la libertad y en contra de cualquier tipo de opresión.
En la imagen de  los hermanos Fenoll, sentado Carlos
y a la izquierda, en pie, Efrén junto a las tres hermanas:
Carmen, Josefina y Eloisa
Mas aquel periodo de estudios en el colegio Santo Domingo acabaría bruscamente en enero de 1925. La muerte del hermano de su padre, ocurrida en Barcelona, podía suponer un duro revés para el negocio de ganadería. En principio, don Miguel, despide a los pastores que venían trabajando en el cuidado del ganado y nuestro poeta ha de incorporarse de lleno a las tareas propias del negocio. De nada sirvieron las visitas de los jesuitas a su casa ni los ruegos en el sentido de que lo dejara continuar con sus estudios, a pesar de prometerle que ellos costearían todos sus estudios para que cursara una carrera religiosa. La determinación del padre en el sentido de que los dos hermanos habían de tener el mismo trabajo, y que los dos se dedicarían al cuidado y pastoreo del ganado, estaba por encima de cualquier consideración. Ellos siempre habían vivido de aquello y no veía que fuera necesario nada más. De tal modo que, Miguel Hernández, ya no se presentaría a los exámenes de aquel segundo trimestre.
Pero de aquella época le quedaban unos compañeros con los que había hecho gran amistad, sobre todo porque un par de ellos, los hermanos Fenoll, vivían en la misma calle Arriba, donde sus padres tenían una tahona. Lugar que, años más tarde, albergaría la reunión de aquel grupo de amigos a los que unía la misma pasión: la poesía.
Formaban aquel grupo, Carlos y Efrén Fenoll Felices y los hermanos José Ramón  y Justino Marín Gutiérrez, que serían conocidos más por sus seudónimos. Ramón Sijé y Gabriel Sijé, al que se uniría, en 1928, Jesús Poveda Mellado, nacido en Murcia en 1912 pero que su familia se trasladó a Orihuela en 1914, fijando su residencia cerca de la calle de Arriba; de él sí puede decir que fue un autodidacta en su formación puesto que aprendió las primeras letras a través de su hermana Carmen; llegó a estudiar solfeo y violín con el que adquiere cierto virtuosismo; fue trabajando en el bufete de un abogado en Orihuela donde se aficionó a la lectura y a escribir.
El obligado abandono del colegio supuso para Miguel un duro revés en sus ilusiones, mas no significó el abandono de su compromiso personal. Cumplió el deseo de su padre de trabajar con el ganado, pero continuó cultivando su inteligencia leyendo cuantos libros se ponían a su alcance. En su zurrón, cuando salía con las cabras al monte, junto al bocadillo, que en ocasiones olvidaba comer, llevaba siempre algún libro para seguir leyendo con avidez, conociendo e instruyéndose de autores clásicos como Góngora, Garcilaso, San Juan de la Cruz, Cervantes… y conociendo la obra de autores como Gabriel y Galán, Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez… y sobre todo de Gabriel Miró, que tanto influyó en Miguel Hernández, quien a lo largo de su vida declaró, en reiteradas ocasiones, su deuda personal con Gabriel de quien en su literatura bebió la descripción del paisaje y el paisanaje de su tierra natal, aquella tierra que tanto amor despertó en nuestro poeta.
Así transcurrió la vida de Miguel Hernández entre los quince y los veintiún años, aprovechando cada momento, hasta en las noches en su cuarto continuaba leyendo, hasta altas horas de la madrugada, devorando textos y empapándose de la técnica que necesitaba aprender  para la expresión poética de todo lo que le rodeaba, por sencillo que fuera, y que pugnaba por salir de su interior, convertido en poesía. Aquellos poemas que iba anotando con pequeña pero cuidada caligrafía en sus cuadernos.
Miguel Hernández a los 21 años
1931 fue un año de múltiples sensaciones para Miguel que le iban acercando, aunque imperceptiblemente, a su camino como poeta. Fue a primeros de abril cuando consiguió el único galardón literario de su vida. Su poema “Canto a Valencia”, que había presentado al concurso convocado por la Sociedad Artística del Orfeón Ilicitano, bajo el lema “Luz... pájaros… sol…”. Un poema que no reproducimos pero que se puede leer aquí (http://aprendolenguablog.blogspot.com.es/2010/11/canto-valencia-1931.html), en el que describe el paisaje y las gentes de la zona de Levante donde destaca el mar Mediterráneo, el río Segura y las ciudades de Murcia, Alicante Valencia y sobre todo Elche.
Al conocer la noticia fue tanta su impaciencia por recibir el premio que, compartiendo su alegría con sus compañeros de la tertulia de la tahona de Fenoll, sobre todo con Ramón Sijé, les llevó a alquilar un coche para desplazarse a la ciudad de Elche y recoger el premio concedido, para lo que utilizó parte del dinero que había obtenido por la venta de la leche. Si su alegría fue grande al conocer la concesión del premio la misma se vio nublada cuando supo que el premio no consistía en una cantidad de dinero sino en una escribanía de plata, según consta en el acta del jurado del certamen.
Fue en este mismo año cuando el reemplazo de Miguel es llamado para hacer la “mili” mas en el sorteo él quedo exento por fuera de cupo. Aquello que para otros jóvenes de su edad significaba una suerte para él no lo fue, el cumplimiento de sus obligaciones con el ejército, además de ser para él algo que significa un compromiso con la sociedad, llevaba consigo el poder salir de aquel ambiente, cambiar de vida… De esa manera trató de solucionar su admisión en la Caja de Reclutas de Alicante pero sin alcanzar sus objetivos.
Y a final de año tomó la determinación de trasladarse a Madrid para probar fortuna en el mundo de las letras. Viaja sin apenas dinero y venciendo la cortedad natural de su condición de campesino y hombre de pueblo.
De izquierda a derecha: Concha Albornoz; 
Álvaro de Albornoz y Ernesto Giménez Caballero 
Para hacerlo posible consigue dinero de sus amigos, entre ellos Ramón Sijé. En el bolsillo llevaba una recomendación del abogado José Martínez Arenas (1888-1970), de origen murciano aunque su familia se trasladó a Orihuela siendo él aún pequeño, para Concha de Albornoz (1900-1972), hija de Álvaro de Albornoz 1879-1924) que, por entonces, debía de ser ya ministro de Justicia. Concha le presenta a Ernesto Giménez Caballero (1899-1988), director de “La Gaceta Literaria”, quien, además de ser un defensor de las ideas fascistas italianas, era un periodista cuya ética quedaba alejada de las más esenciales ideas profesionales. En la edición de 14 de enero de 1932 publicó una entrevista bajo el título “Un nuevo poeta pastor” que más que una presentación del poeta en ciernes significó una pequeña humillación pues en ella señala la recomendación de que había sido objeto. Humillación que se agrava cuando en respuesta a una carta que le envía en solicitud de trabajo, la misma es publicada  con el título “Queridos camaradas literarios, ¿no tendréis unas ovejas que guardar? Algo que Miguel no olvidó y en su primera obra editada, “Perito en lunas”, le dedica su octava XII:
A Ernesto. G. Caballero
Aunque amargas y sólo por momentos,
tendremos palmas en las manos todos;
palmas, que las mayores en los vientos;
no han de alcanzar, ni ardiendo, los codos.
Entonces, posteriores sufrimientos
nos harán leves, libres de los lodos:
las últimas mejillas, viento en popa
irán sobre la de un punto china Europa.

En Madrid llegó a conocer a Francisco Martínez-Corbalán Pérez (1889-1933), poeta y periodista yeclano, que trabaja en la redacción de la revista “Estampa”. El día 20 de febrero de 1932, en el número 215, apareció publicado un artículo bajo el título “Dos jóvenes escritores levantinos: el cabrero poeta y el muchacho dramaturgo”, en el que se recoge una entrevista a Miguel Hernández del que aparecen dos fotografías, una con abrigo, chaqueta, corbata mal ajustada y zapatos, en la que sostiene en la mano izquierda la carpeta con sus poemas, parte de su producción literaria a lo largo de los años 1930 y 1931, composiciones en las que imita a Zorrilla, Balart, Gabriel y Galán, Vicente Medina y Rubén Darío. En esa entrevista Miguel declaraba la gran influencia que sobre él tenía el escritor Gabriel Miró a quien consideraba uno de sus maestros: “Miró es el escritor que más me gusta y el que acaso haya influido más en mí”. Aquel a quien en el título se refiere como “muchacho dramaturgo” se trata de Virgilio Soler Pérez, un escritor de teatro del que pocas referencias hemos encontrado salvo la aparición, de pasada, en algunas biografías de Miguel Hernández.
La penuria económica de Miguel se va agravando, no encuentra ningún trabajo. Sus amigos han agotado todos sus recursos para poder mandarle algún dinero. Desesperado escribe a su padre, mas este le contesta que no puede enviarle nada. Es así como en aquel viaje a Madrid pasó grandes penalidades: hambre y en ocasiones sin un techo bajo el que dormir, por lo que lo hacía en las estaciones del metro y bajo los puentes. Fue así como contrajo una afección pulmonar que luego le acompañaría toda la vida. En mayo de 1932 decide retornar a Orihuela, sus sentimientos estaban heridos pero no se daría por vencido. Su compromiso personal por ser poeta estaba por encima de todos los problemas e inconvenientes. Regresa a su casa en la calle Arriba, pero su padre ya no le dirige la palabra y Miguel no retomará su trabajo como pastor. Sí lo hace como botones en el banco Español de Crédito, más tarde como chico de los recados en la notaría de José María Quilez, y después como mecanógrafo en la de Luis Maseres Muñoz.
A la izquierda imagen de Gabriel Miró paseando por su tierra alicantina.
A la derecha estado actual en que se encuentra el monumento
Seguía participando en la tertulia de la calle Tahona, no olvidaba sus lecturas y la necesidad de seguir dominando el lenguaje literario. Ramón Sijé era un gran apoyo para él en aquellos momentos. Su relación con el mundo de la literatura sigue ampliándose y es así como participa en el homenaje que, el día 2 de octubre de 1932, se le hace a Gabriel Miró en Orihuela, que había fallecido el 27 de mayo de 1930. Homenaje en que se inauguró un busto obra del escultor murciano José Seiquer Zanón, quien posteriormente realizaría la mascarilla mortuoria de Ramón Sijé.
A la izquierda el matrimonio Antonio Oliver y Carmen Conde,
A la derecha María Cegarra
En dicho homenaje  conoce a Carmen Conde y su marido Antonio Oliver Belmás junto a María Cegarra, la primera perita química en España y poeta. Los tres representarán un papel importante en la formación literaria de Miguel Hernández. Al final del acto Miguel le entregaría a Carmen Cegarra un manuscrito en el que se recogen muchas de las obras que luego aparecerían en su primer libro.
En 1933 fue el año que significó el despegue como autor de Miguel Hernández, el día 20 de enero tenía en sus manos “Perito en lunas”, publicado por la editorial Sudeste, en cuya dirección participaba Raimundo de los Reyes (1896-1964), escritor y periodista murciano. La publicación de “Perito en lunas” queda enmarcada entre las de dos grandes amigos de Hernández, “Tiempo cenital” de Antonio Oliver Belmás y “Júbilos” de Carmen Conde. Antes de la aparición en público de “Perito en lunas”, Miguel Hernández conoció en persona a Federico García Lorca. Fue en a raíz del periplo que el grupo de teatro “La Barraca” realizó, los últimos días de 1932 y los primeros de 1933, por las ciudades de Alicante, Elche y Murcia. Fue en el teatro Romea de esta última ciudad donde el grupo representó “La vida es sueño” y “Los dos habladores”, y fue en casa de Raimundo de los Reyes donde le presentaron a García Lorca a Miguel Hernández, quien aprovechó para recitar algunos de los poemas de “Perito en lunas” y darle a leer las pruebas de imprenta que ya obraban en su poder. García Lorca elogió la obra de Miguel Hernández y llegó a prometerle la publicación de un comentario que recogiera esos elogios a fin de promocionar su obra. Pero aquellos elogios escritos nunca llegaron. El 10 de abril, Miguel escribe una carta a García Lorca, desilusionado porque no ha visto ningún elogio de este sobre su libro y en términos que demuestran su gran enfado con quien estaba en la cima de la gloria como poeta. 
Sr. D. Federico G. Lorca. 
Admirado poeta amigo:
Le escribí hace mucho pidiéndole elogios, aunque ya se los había oído para mi “Perito en lunas”. Y aquí me tiene usted esperándolos entre otras cosas.
He pensado, ante su silencio, que usted me tomó el pelo a lo andaluz en Murcia -¿recuerdaaa?-, que para usted fuimos, o fui, lo que recuerdo que nos dijo cuando le preguntamos quién era uno que le saludó. “Ese –dijo- uno de los de: ¡adiós!, cuando les vemos” Y luego “me escriben muchas cartas que yo no contesto”. ¿Puedo estar ofendido contigo?
Perdone. Pero se ha quedado todo: prensa, poetas, amigos, tan silencioso ante mi libro, tan alabado –no mentirosamente, como dijo- por usted la tarde aquella murciana, que he maldecido las putas horas y malas en que di a leer un verso a nadie.
[…]
Carta que puede leerse completa en el libro “La imagen de Miguel Hernández: iluminando nuevas facetas” (pp. 78-79), de Juan Cano Ballesta, editorial de la Torre (2002).
En este caso la respuesta de García Lorca no se hizo esperar mucho y en la misma le decía: “«Me acuerdo mucho de ti porque sé que sufres con esas gentes puercas que te rodean y me apeno de ver tu fuerza vital y luminosa encerrada en el corral dándose topetazos por las paredes. Pero así aprendes. Así aprenderás a superarte en ese terrible aprendizaje que te está dando la vida. Tu libro está en el silencio, como todos los primeros libros, como mi primer libro, que tanto encanto y tanta fuerza tenía. Escribe, lee, estudia. ¡LUCHA! No seas vanidoso de tu obra. Tu libro es fuerte, tiene muchas cosas de interés y revela a los buenos ojos pasión de hombre, pero no tiene más cojones, como tú dices, que los de casi todos los poetas consagrados. Cálmate. Hoy se hace en España la más hermosa poesía de Europa. Pero por otra parte la gente es injusta. No se merece Perito en lunas ese silencio estúpido, no. Merece la atención y el estímulo y el amor de los buenos. Ese lo tienes y lo tendrás porque tienes la sangre de poeta, y hasta cuando en tu carta protestas tienes en medio de cosas brutales ( que me gustan) la ternura de tu luminoso y atormentado corazón.” 
De nuevo muchos consejos pero poco apoyo para el lanzamiento de su libro en Madrid y más tarde Miguel le contestaría: “¿Que no sea vanidoso de mi obra? No es vanidad, amigo Federico Lorca: es orgullo malherido. Gracias por tu deseo de que mi obsesión de poeta incomprendido sea separada de mí. Aún no venía tu carta por el camino cuando ya me había divorciado de ella. Soy sin ser nada comunista y fascista.». A partir de aquel momento la relación entre los dos poetas se distanciaría.
Josefina Manresa
Pero aquel verano de 1933 guardaba, para Miguel, momentos de dicha. Durante el conoció a Josefina Manresa, nacida en Quesada (Jaén), hija de un guardia civil que había sido trasladado a Orihuela siendo ella muy niña. Trabajaba como costurera en un taller por cuya puerta solía pasar con frecuencia Miguel y comienza a cotejarla con poemas y cartas de amor. Ella tiene apenas 17 años pero despierta en Miguel un encendido amor que ella corresponde en todo momento. Josefina fue siempre el gran amor del poeta, a pesar de algunos escarceos que tuvo durante su estancia en Madrid, a partir de 1935, cuando conoció a Maruja Mallo, una pintora gallega que llegó a inspirarle muchos de sus versos contenidos, como asegura José Luis Ferris, en “El rayo que cesa”.


En la parte superior de izquierda a derecha: José María de Cossio,
Pablo Neruda, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre.
Debajo; Alberto Sánchez, Maruja Mallo y Benjamín Palencia
Durante 1934 realiza diversos viajes a Madrid. Con él lleva su primer libro editado y su obra de teatro, “Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras”. Un auto sacramental del que José Bergantín le publica la primera parte en la revista “Cruz y Raya” en el mes de julio. En el primero de esos viajes conoce a don José María de Cossio que dirigía la enciclopedia: “Los toros. Tratado técnico e histórico” para la editorial Espasa-Calpe, y con el que llegaría a colaborar con algunos artículos para la misma. Ese mismo año conoce a Pablo Neruda y Rafael Alberti, autores que le llevan a iniciarse en la poesía social. Son de esta época también sus relaciones con María Zambrano, y de finales de ese año entra en contacto con los pintores de la Escuela de Vallecas entre los que se encuentran Alberto Sánchez, Benjamín Palencia y Maruja Mallo.
Es posible que sea de esta época la relación de amistad que mantuvo Miguel Hernández con el pintor y poeta Alfonso Gómez Ureña, tío de mi estimada Cristina Rudolph, quien había recibido clases de dibujo de José Machado (hermano de los poetas Antonio y Manuel). Siempre, Alfonso, ha destacado su admiración por Miguel a quien él definía como el poeta “del Amor y la Muerte”. “mi admirado y llorado Miguel Hernández –decía en una entrevista- lo es para mí tanto por su persona como por su poesía. Sus rasgos de profunda humanidad me invitaron a hacerle un retrato del natural, cuando ambos compartimos rancho y paseo en la prisión de Torrijos”.
 
Miguel recitando su elegía a Ramón en Sijé
1935 significó el asentamiento definitivo de Miguel Hernández en Madrid. La relación con aquel círculo de poetas y pintores que le lleva a descubrir un nuevo concepto de la poesía y la noción de un compromiso más ligado con la defensa de lo social y la libertad, hace que se resienta su amistad con Ramón Sijé, aquel que había sido su gran amigo, por no decir el único y auténtico amigo de Miguel. Este no quería ocultarle nada y le comenta, a Ramón, que quiere olvidarse por completo de todo aquello que ha escrito hasta ese momento, de aquella poesía mística y clerical que no es lo que él quiere expresar a partir de ese momento. La intención de Miguel es simplemente contar a su gran amigo Ramón la transformación que está sufriendo, pero este no acepta esa nueva situación y a pesar del interés de Miguel en que la misma no se rompiera, Ramón se va distanciando cada vez más y no volverían a verse. Ramón Sijé falleció el día 24 de diciembre de aquel año. Aquella pérdida afectó profundamente a Miguel y en enero de 196 escribiría su reconocida “Elegía a Ramón Sijé”:
(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha
muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien
tanto quería.)
. Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
.Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.  
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de mis flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.  
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas...
de almendro de nata te requiero,:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
Misiones pedagógicas en Cabo de Palos (Murcia)
Miguel Hernández había sido invitado a participar en las Misiones Pedagógicas de la Republica. Ya lo había hecho en 1933 de la mano de Carmen Conde y su marido Antonio Oliver, por las tierras de Cabo de Palos, Fuente Álamo y Zarzilla de Ramos en la que Miguel actuó como recitador, músico y bibliotecario. En 1935, en esta ocasión invitado por el periodista Enrique Azoaga, y aceptó encantado, su propia situación personal necesitado de dinero y su compromiso con la cultura y las necesidades de las personas a las que no podía llegar le llevó a viajar por tierras de Salamanca, como llegó a escribir Miguel sobre este viaje: “[…] ha sido por tierras, mejor dicho, por piedras salmantinas. Inolvidables para mí los espectáculos de los cuatro pueblos en que estuve y sus gentes de labores”. Aquellos cuatro pueblos fueron: Ahigal de Villarino, Brincones, Puertas y, por último, Iruelos. En agosto de 1935 vuelve a repetir una misión con Carmen Conde y Antonio Oliver en los pueblos cercanos a Cartagena. Llegó a recitar una serie de poemas de escogidos de Lope de Vega, en el Ateneo de Cartagena, con motivo del trescientos aniversario de la muerte del “Fénix de los Ingenios”. Aquella participación con las Misiones Pedagógicas tendría su final en la que realizó por tierras de Castilla-La Mancha en marzo de 1936. Durante la que alternaba su recogida de datos para la enciclopedia de José María de Cossio con su participación en la Misión Pedagógica como recitador y bibliotecario, le venía muy bien sacarse un sobresueldo.

Miguel en la radio, arengando a unos soldados,
ficha de incorporación al ejército republicano,
y con unos compañeros en el frente
El 18 de julio de 1936 un grupo de militares se rebela contra el orden constitucional que había establecido. Miguel se encuentra en Madrid pero de inmediato emprende viaje a Orihuela. La violencia del conflicto pronto comienza a sentirla Miguel en su entorno. El padre de Josefina Manresa es abatido en su nuevo destino, Elda, a manos de un grupo incontrolado de milicianos republicanos. En septiembre decide volver a Madrid y se incorpora como voluntario en el Quinto Regimiento de Milicias Populares donde es destinado a construir trincheras en Cubas de la Sagra (Madrid). Se había afiliado al Partido Comunista, al parecer por recomendación de Rafael Alberti. En noviembre conoce al periodista cubano Pablo de la Torriente Brau, quien le nombrará jefe del departamento de cultura, dejando así, Miguel, su trabajo como zapador que estaba afectando a su salud. A partir de ese momento su misión consiste en arengar a los soldados del frente con sus poemas y su palabra. Desde los micrófonos de la emisora del 5º Regimiento seguía rengando a los soldados y milicianos del ejército republicano. Fue destinado al frente de Jaén, donde continuó con su labor. El día 9 de marzo de 1937 contrae matrimonio civil con Josefina Manresa, “su novia de siempre”, y realizan un rápido viaje a Jaén donde él seguía destinado. Miguel recorrió varios frentes en el conflicto armado y en todas ellos siempre era bienvenido y ensalzada su poesía que publica continuamente en los periódicos de guerra. Su poesía adopta, en estos momentos, un aíire más comprometida, más combativa, que pronto se convierte en arma de lucha. En este 1937 publica su poemario “Viento del pueblo” que dedica a Vicente Aleixandre al que le dice: “Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros”. Su actividad frenética tanto componiendo como con su presencia arengado a las tropas republicanas hacen resentirse su salud y le recomiendan reposo para su recuperación. Aprovecha esta circunstancia para trasladarse a Cox, donde residía su esposa Josefina Manresa con la que vive uno de los momentos más felices de su vida. Aún así, Miguel, no abandona su actividad literaria. Cuando consideraron que estaba lo suficiente recuperado le reclaman para que se incorpore de nuevo al frente, en esta ocasión es Aragón su destino.
Miguel Hernández saliendo de la sala del Congreso
El 2 de julio de 1937 participa en el II Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura que se celebró entre Valencia y Madrid. En aquellos momentos, Miguel, ya era un poeta de reconocido prestigio popular. Formó parte de la “Ponencia colectiva” e hizo un relato de sus experiencias en el Santuario Virgen de la Cabeza y hace referencia a la muerte de García Lorca a manos de los fascistas. Su intervención la acabó con estas palabras: “El poeta es el soldado más herido en esta guerra de España. Mi sangre no ha caído todavía en las trincheras, pero cae a diario hacia dentro, se está derramando desde hace más de un año hacia donde nadie le ve ni le escucha, si no gritara en medio de ella”.
Diversas imágenes de su viaje a Rusia
En septiembre de 1937 es invitado a viajar a la Unión Soviética dentro del V Festival de Teatro Soviético, en el que le acompañan: Casal Chapí como músico; Francisco Martínez Allende como periodista; Gloria Álvarez Santullano como actriz; y Miguel Prieto Anguita como pintor.
A su regreso de la Unión Soviética pasa unos días en Cox. Su esposa está embarazada y espera el nacimiento de su primer hijo.
En la parte superior, a la izquierda, Manuel Ramón.
A la derecha, Manuel Miguel.
Debajo un carro de hizo Miguel estando en la cárcel
para su hijo
Miguel es llamado para que se presente en el frente de Teruel, en pleno invierno, lo que de nuevo afectaría a su salud. Al tener noticias del nacimiento de su hijo, el 19 de diciembre de 1937, consiguen que le den permiso para ir a verlo. Le ponen como nombre Manuel Ramón, pero su vida fue muy corta, apenas diez meses, falleció el 10 de octubre de 1938 lo que significó un duro golpe para el poeta. Cuando el 4 de enero de 1939 nace su segundo hijo, Manuel Miguel, trata de estar en continuo contacto con Josefina Manresa, cartas en las que le daba consejos de cómo debía de cuidarle y educarle. Nunca pudo olvidar la muerte de su primogénito
 
Al acabar la guerra y con el triunfo de los rebeldes sobre la República, Miguel se encontraba en Madrid. Era consciente de que el nuevo régimen no iba a tener ningún respeto ni piedad con aquellos que se había enfrentado a él. Trató de buscar refugio en la embajada chilena, pero se lo denegaron o él desistió de hacerlo al no considerarse seguro en ella. Así partió hacia Sevilla en busca de ayuda de viejos compañeros de las Misiones Pedagógicas, pero tampoco encontró a ninguno. De esa manera va a Cádiz y luego a Huelva. Desde allí cruza la frontera pero será detenido cerca del pueblo de Moura y entregado a la policía española en Rosal de la Frontera (Huelva). Comenzaba así para Miguel un triste y duro transitar que le llevaría de prisión a prisión. El 17 de mayo ingresa en la prisión de Huelva, para después trasladarlo a Sevilla, aunque su estancia aquí fue de paso, pues fue conducido a la cárcel madrileña de Torrijos. Después de cuatro meses de cárcel y de un modo inesperado Miguel es puesto en libertad debido a la descoordinación judicial. Al salir, vuelve a interesarse por la posibilidad de buscar asilo en la embajada de Chile, pero se lo vuelven a impedir. Tras este acontecimiento solo quiere volver con su familia y pretende llegar hasta Cox. Sus amigos y hasta su esposa le intentar quitar la idea de la cabeza por ser demasiado arriesgada, pero Miguel una vez más está decidido.
Los que aconsejaron huir de Orihuela estaban en lo cierto, ya que un paisano le delata, vuelve a ser detenido y llevado a encarcelar en el seminario de Orihuela. De nuevo a Miguel le sacude la decepción con las gentes de su pueblo. En esta prisión pasa hambre, y no recibe ni siquiera una visita de su padre. En el nuevo expediente incoado su sentencia fue de muerte, más tarde conmutada por una pena de treinta años de prisión.
Después es trasladado a la prisión de Conde de Toreno, donde se encuentra con Buero Vallejo y éste le hace su famoso dibujo. De allí es trasladado a Palencia, para retornar de nuevo a Yeserías y Ocaña., desde donde es trasladado al Reformatorio de Adultos de Alicante. Fue allí donde recibió la visita de su primer protector, don Luis Almarcha, quien le pide que realice un gesto de reconocimiento sobre el nuevo Movimiento Nacional de tal manera que pueda ser trasladado al sanatorio de Porta Coeli (Valencia) para ser tratado de su enfermedad. Pero Miguel se negó a hacerlo, nunca renunciaría a sus compromisos. A las 5,30 horas del sábado 28 de marzo de 1942 falleció Miguel Hernández
 1
A MIGUEL HERNÁNDEZ
Sobre el duro petate
de una cárcel sombría
un hombre muy joven
pensaba…no dormía
La guerra terminó y aquí estoy yo
entre cuatro paredes confinado.
¿Qué nos trajo la guerra?
Solo miseria y asco.
Murieron compañeros,
camaradas, hermanos.
¡Qué final tan ingrato!
¡Qué amargura y qué pena!
¡Qué de días pasaron!
¡Qué de noches me quedan
de pasar encerrado!
¡Cuándo veré a los míos?
Mi hijo… mi mujer.
¿Qué silencio… qué frío!
¿Mis compañeros duermen?
2
Quizás no estén dormidos,
quizás lloren por dentro
conteniendo suspiros.
¡Miguel Hernández!
La muerte no quiso llevarte en sangre vestido.
No quiso que las balas,
se rieran de tu rostro de niño.
Prefirió llevarte sin un rasguño,
con el rostro pulido, los ojos abiertos,
quedando entre ellos…
la imagen de un niño meciendo sus sueños.
y el único amor, que al marcharte,
lloró por tus ojos despiertos.
Cristina Rudolph
MaríaVelasco Ramos

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