miércoles, 19 de octubre de 2016

ELLAS HICIERON HISTORIA (3)


MUJERES ESPAÑOLAS EN LA COLONIZACIÓN DEL RÍO DE LA PLATA

Escribía Borges: “Frente a la exaltación de la obra de conquista, es ofensivo el silencio sobre la pobladora”. Lo ocurrido durante la expedición de Pedro de Mendoza nos da una prueba evidente de ello. Aquella expedición configurada, fundamentalmente, para colonizar los territorios del Río de la Plata figura como la mayor enviada, hasta aquellas fechas de 1535, estaba compuesta de trece navíos y unos 1 800 hombres, como jefe de infantería iba el maestre de campo Juan de Osorio auxiliado por los capitanes Martínez de Irala, Pedro de Luján, Galaz de Medrano y Ruiz Galán, y como alguacil mayor Juan de Ayolas. Partieron del puerto de Sanlúcar de Barrameda el día 24 de agosto poniendo rumbo a las islas Canarias donde se le unirían otras tres naves más. Las crónicas escritas sobre aquella expedición son contradictorias en cuanto al número de personas y de embarcaciones que la formaban, pero todas ellas coinciden en una cosa: omiten la presencia de mujeres en la misma, cuando documentos oficiales prueban la presencia femenina en ella. Por el registro de pasajeros que se realizaba en la Casa de Contratación de Sevilla, muy minuciosa en cuanto a los hombres pero poco cuidadosa respecto a las mujeres, figuran los nombres de seis mujeres: “Elvira Hernández figura sola en el asiento 1969; y en el asiento de su marido (el 1627) aparece Catalina de Vadillo. Están inscritas también dos Mari Sánchez. Una integra la familia Arrieta (asiento 1341), junto a su marido y la hija de este, Ana de Arrieta […] La otra Mari Sánchez viajó acompañada de su cónyuge, Juan Salmerón, aunque el comparta el asiento 1407 con su hermano, y ella se registre sola tres días después (asiento 1459) (“Mujeres en la expedición de Pedro de Mendoza…”, Mar Langa Pizarro, artículo publicado en el nº 15 de “América sin nombre”, 2010), en el que además hace referencia a  María Dávila, criada de Pedro Mendoza, y refleja otros nombres recogidos en la obra de María Graciela Monte García, “Las mujeres del siglo de Irala” (2006) como son los casos de María Díaz, Isabel de Arias, Juana Martín de Peralta, María Dolores Duarte, Martina Espinoza, Ana Fernández, Isabel Quiroz, Isabel Martínez y Ana de Rivera,  ¿cuántas mujeres iban en realidad en aquella expedición? No se ha logrado precisar su número, pero todo hace pensar que muchas más de las que se conocen por documentos oficiales. Su presencia es omitida por el soldado alemán Ulrico Schmidl, que viajaba en la misma, en 1567 en su obra “Viaje al Río de la Plata” donde figuran todos los acontecimientos de lo que resultaría una pesadilla para todos los expedicionarios. Del mismo modo que lo hace Ruy Díaz de Guzmán en “Historia argentina del descubrimiento, población y conquista del Río de la Plata” (1612). De 1540, aproximadamente, es “Romance elegíaco” en versos de pie quebrado organizados en cuartetas de rima consonante, compuesto por el clérigo-soldado Luis Miranda de Villafañe, sobre la conquista del Río de la Plata. “Historia argentina del descubrimiento, población y conquista del Río de la Plata” obra del cronista criollo Ruy Díaz de Guzmán escrita en 1612. Tampoco su presencia es recogida en la obra del cronista segoviano Antonio Herrera y Tordesillas (1549-1626). Ni en la carta del expedicionario Francisco de Villalta aparecen mencionadas, sólo habla de la presencia de hombres. Hemos de remitirnos a la carta que Isabel de Guevara, de la que más tarde hablaremos, escribió para conocer la presencia de mujeres en aquella expedición, y ni siquiera los datos aportados por ella pueden aclarar el número de las mismas.
Ya en el siglo actual diversas obras recogen la presencia de aquellas y otras mujeres españolas en la colonización de Río de la Plata, además de las obras mencionadas de Juan Francisco Maura y de Eloísa Gómez-Lucena, en 2013 Mar Langa Pizarro publicó “Mujeres de armas tomar. De la aparente sumisión a la conquista paraguaya y rioplatense” (Servilibro – Colección Kuña Reko), centrado en las figuras femeninas que participaron en la conquista y primer asentamiento de aquellos territorios.
Tras su partida desde Canarias, donde en la Palma ya comenzaron los conflictos entre las tripulaciones, la travesía resultó penosa y frente a las costas de Brasil una furiosa borrasca dispersó a las naves perdiéndose dos de ellas, les obligó a arribar a Río de Janeiro donde permanecieron, según Schmild, catorce días durante los cuales Pedro de Mendoza, obligado por la sífilis que venía padeciendo desde años atrás, delegó su mando en Juan de Osorio, a quien poco tiempo después, acusado por otros miembros de la expedición de tratar de sublevarse, ordenó su ejecución por “traidor y alevoso”. Más tarde se demostraría que aquella acusación había sido falsa y el Consejo de Indias revocó la sentencia de muerte de Osorio, le restituyó su honra, ordenó la devolución de sus bienes, y condeno a los descendientes de Pedro de Mendoza a una indemnización y el pago de las costas del proceso.
Ilustración para el libro de Schmidl que representa
la construción del poblado de Nuestra Señora del Buen Ayre
El de febrero de 1536 arribaron al Río de la Plata, Schmild lo recoge así en el capítulo VI de su obra: “De allí navegamos al Río de la Plata y dimos con una corriente de agua dulce que se llama Paraná Guazú, y tiene de ancho en la boca, donde deja de ser mar, […] Enseguida arribamos a una bahía que se llama San Gabriel y allí en la susodicha corriente Paraná largamos las anclas de nuestros 14 navíos.” El Adelantado Pedro de Mendoza tomó posesión de aquellas tierras en nombre del rey Carlos I y de inmediato comenzaron la construcción de un pequeño poblado de cabañas protegido por un muro de adobe al que pusieron por nombre Nuestra Señora del Buen Ayre.
Ilustración en el libro de Schmild que representa el ataque
y cerco del poblado de Buenos Ayres por los querandíes
Aquellas tierras estaban habitadas por los querandíes (una de las etnias indígenas que habitaban la Pampa Argentina), quienes una vez transcurridos los primeros días de fascinación ante lo desconocido que era para ellos todo lo que veían sus ojos en aquellos seres llegados en sus casas flotantes y durante los que las relaciones fueron amistosas y los indígenas le suministraron toda clase de frutos y comida, estos cansados del trato que recibían por parte de los soldados cambiaron su actitud y pusieron cerco a aquel poblado. Lo que originó un desabastecimiento por no poder conseguir víveres que se tradujo en una terrible hambruna, Schmild lo recoge así en el capítulo IX de su obra: “[…] a esto la gente no tenía qué comer, se moría de hambre, y la miseria era grande; por fin llegó a tal grado que ya ni los caballos servían, ni alcanzaban a prestar servicio alguno. Así aconteció que llegaron a tal punto la necesidad y la miseria que por razón de hambruna ya no quedaban ni ratas ni ratones, ni culebras, ni sabandija alguna que nos remediase en nuestra necesidad e inaudita miseria; llegamos hasta comernos los zapatos y cueros todos. Y aconteció que tres españoles se robaron un rocín y se lo comieron sin ser sentidos; más cuando  se llegó a saber los mandaron prender e hicieron declarar con tormento; y luego que confesaron su delito los condenaron a muerte en horca, y los ajusticiaron a los tres. Esa misma noche otros españoles se arrimaron a los tres colgados en las horcas y les cortaron los muslos y otros pedazos de carne y cargaron con ellos a sus casas para satisfacer el hambre. También un español se comió al hermano que había muerto en la ciudad de Buenos Ayres”. Testimonios que son corroborados tanto por Luis de Miranda en su “Romance elegíaco”, como por Ruy Díaz de Guzmán en su “Historia argentina del descubrimiento…”.
Ilustración que representa la captura de
Catalina Vadillo por el cacique de los querandíes
Y es en esta situación donde surge la figura de una de aquellas mujeres de la expedición que nosotros destacamos: Catalina Vadillo, que aparece en el registro de pasajeros junto a su esposo, quien debió de fallecer durante la travesía, pues en aquel poblado de Buenos Ayres era conocida como “La Maldonada”, lo que denota una relación posterior con algún soldado de apellido Maldonado. Su historia es recogida por Ruy Díaz de Guzmán en la que confluyen ecos de leyendas antiguas, como es el famoso relato de Androcles y el león, historia, o cuento que muchos han transformado en fábula atribuyéndosela a Esopo, el fabulista griego, cuando en realidad Cayo Julio Fedro, fabulista romano, no la recoge en su traducción latina de las de aquel. La historia la recoge por primera vez en un texto escrito Aulo Gelio, un abogado y escritor romano del siglo II d.C., en sus “Noches Áticas”, vol. 14. No obstante el historiador argentino Enrique de Gandía (1906-2000) en su edición de “Historia argentina del descubrimiento…” no descarta la veracidad histórica de este acontecimiento. Refiriéndose a él dice: “Creemos que el relato de La Maldonada puede ser verídico, pues Francisco Ruiz Galán tenía la costumbre de castigar a los conquistadores atándolos a un árbol para que los comieran las fieras. Antonio dela Trinidad, por ejemplo, lo acusó de este delito”. (Díaz de Guzmán 128, 13).
Ruy Díaz al final del capítulo XII del libro I de su obra escribe: “Finalmente murió casi toda la gente, donde sucedió que una mujer española no pudiendo sobrellevar tan grande necesidad, fue constreñida a salirse del real e irse a los indios para poder sustentar su vida; y tomando la costa arriba llegó cerca de la Punta Gorda en el Monte Grande, y por ser ya tarde buscó donde albergarse; y topando con una cueva que hacía la barranca de la misma costa, entró en ella, y repentinamente topó con una fiera leona que estaba en doloroso parto; la cual vista por la afligida mujer quedó desmayada, y volviendo en sí tendía a sus pies con humildad: la leona que vio la presa, acometió a hacerla pedazos, y usando de su real naturaleza se apiadó de ella, y desechando la ferocidad y furia con que la había acometido, con muestras halagüeñas llegó hacia a la que hacía poco caso de su vida, con lo que cobrando algún aliento la ayudó en el parto en que actualmente estaba, y parió dos leoncillos en cuya compañía estuvo algunos días, sustentada de la leona con la carne que de los animales traía: con que quedó bien agradecida del hospedaje por el oficio de comadre que usó; y acaeció que un día, corriendo los indios aquella costa, toparon con ella una mañana, al tiempo que salía a la playa a satisfacer la sed con el agua del río, donde la cogieron y llevaron a su pueblo, y tomola uno de ellos por mujer, de cuyo suceso y de los demás que pasó, adelante haré relación.” Al final del capítulo XIII de este libro I, Ruy Díaz concluye la narración: “En este tiempo sucedió una cosa admirable que por serlo la diré; y fue que habiendo salido a correr la tierra un caudillo en aquellos pueblos comarcanos, halló en uno de ellos, y trajo, en su poder, aquella mujer de que hice mención arriba, que por la hambre se fue a poder de los indios: la cual como Francisco Ruiz la vio, condenó a que fuese echada a las fieras para que la despedazasen y comiesen; y puesto en ejecución su mandato, cogieron a la pobre mujer, y atada muy bien a un árbol, la dejaron una legua fuera del pueblo, donde acudiendo aquella noche a la presa número de fieras, entre ellas vino la leona a quien esta mujer había ayudado en su parto: la cual conocida por ella, la defendió de las demás fieras que allí estaban y la querían despedazar; y quedándose en su compañía la guardó aquella noche, y otro día y noche siguiente, hasta que al tercero fueron allá unos soldados por orden de su capitán a ver el efecto que había surtido de dejar allí aquella mujer; y hallándola viva, y la leona a sus pies con sus dos leoncillos, la cual sin acometerles se apartó algún tanto dando lugar a que llegasen, lo cual hicieron quedando admirados del instinto y humanidad de aquella fiera, y desatada por los soldados, la llevaron consigo, quedando la leona dando muy fieros bramidos, y mostrando sentimiento y soledad de su bienhechora, y por otra parte, su real instinto y gratitud, y más humanidad que los hombres; y de esta manera quedó libre la que ofrecieron a la muerte, echándola a las fieras: la cual mujer yo la conocí, y la llamaban la Maldonada, que más bien se le podía llamar la Biendonada, pues por este suceso se ha de ver no haber merecido el castigo a que la ofrecieron, pues la necesidad había sido causa y constreñídola a que desamparase la compañía, y se metiese entre aquellos bárbaros. Algunos atribuyeron esta sentencia tan rigurosa al capitán Alvarado y no a Francisco Ruiz; mas cualquiera que haya sido, el caso sucedió como queda referido.” Así regresó de nuevo Catalina Vadillo “La Maldonada” a reunirse con los supervivientes del poblado de Buenos Ayres.
Aquella hambruna estaba diezmando la expedición y los continuos ataques de los querandíes hacían prácticamente inviable la permanencia en aquel lugar por lo que Pedro de Mendoza ordenó embarcar a los supervivientes, según Schimdl unos 560,  dejando una pequeña guarnición en aquel poblado de Buenos Ayres. Fue así como, a bordo de dos bergantines, cuatrocientos de aquellos supervivientes llegaron aguas arriba del río Paraná a territorio de los timbúes que Schimdl describe así en el capítulo XIII: “[…] esta gente llámase tiembus, se ponen en cada lado de la nariz una estrellita de piedrecillas blancas y celestes los hombres son altos y bien formados, pero las mujeres, por el contrario, viejas y mozas, son horribles, porque se arañan la parte inferior de la cara que siempre está ensangrentada. Esta nación no come otra cosa, ni en su vida ha tenido otra comida, ni otro alimento que carne y pescado. Se calcula que esta nación es fuerte de 15.000 o más hombres. Y cuando llegamos a 4 millas de esta nación, nos vieron y salieron a recibirnos en paz en 400 kanneonn (canoas) o barquillas con 16 hombres cada una […] Después de esto el dicho Zchera Wassú nos condujo a su pueblo y nos dio de comer carne y pescado hasta hartarnos. Pero si el susodicho viaje durara unos 10 días más a buen seguro que todos de hambre pereciéramos; y con todo, en este viaje de los 400 hombres, 50 sucumbieron en esta vez nos socorrió Dios el Todopoderoso, y a Él se tributen loas y gracias. Allí levantaron un fuerte al que llamaron de la Buena Esperanza (actual Santa Fe). Desde aquel lugar el adelantado Pedro de Mendoza decidió regresar a España delegando el gobierno en Francisco Ruiz Galán, viaje que no llegaría a completar pues murió durante la travesía en aguas cercanas a la isla Terceira de las Azores, el día 23 de junio de 1537 siendo su cuerpo sepultado en el mar. Mientras tanto desde el fuerte de Buena Esperanza, donde quedaron todas las mujeres y un grupo de soldados, una expedición partió río arriba hasta la confluencia con el río Paraguay el cual remontaron hasta una ciudad llamada Lambaré donde residían indígenas carios, quienes en principio se negaron a aceptar la presencia de los españoles en su territorio, pero viendo estos que era tierra fértil y pródiga en vegetales, frutas y animales, decidieron fundar en aquel lugar una ciudad. Después de los primeros enfrentamientos con los carios, a quienes los españoles llamaron guaraníes por escuchar con cierta frecuencia el vocablo guará-ny cuyo significado es “guerrear”, algo que en principio aquellos indígenas estaban dispuestos a hacer frente a sus invasores.
Mas tras los primeros enfrentamientos llegaron a un acuerdo de colaboración, así el día 15 de agosto de 1537, tras la paz alcanzada, arribaron a aquel lugar todos los supervivientes de la expedición, entre ellos Isabel de Guevara, y comenzaron la construcción del asentamiento, en esta ocasión lo hicieron con elementos sólidos en previsión de que los indígenas se volvieran en su contra de nuevo, como había ocurrido en Buenos Ayres. Surge así la fundación de la ciudad que bautizaron con el nombre de Nuestra Señora de la Asunción. Es desde esa ciudad desde donde Isabel de Guevara, diecinueve años después,  escribe una carta a la princesa gobernadora doña Juana exponiendo los trabajos hechos en el descubrimiento y conquista del Río de la Plata por las mujeres para ayudar a los hombres, y pidiendo repartimiento para su marido. Carta publicada por el historiador y geógrafo Marcos Jiménez de la Espada (1831-1898) en “Cartas de Indias” (1877), y que se conserva en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia, Colección de Muñoz, tomo 80, folios 331-341. Carta que desde el primer momento quedó entre otras muchas recibidas y, en este caso, mal clasificada pues quien la leyó sólo centró su atención en la petición final de la misma, es decir, en la petición del repartimiento para su marido, obviando todo el demás contenido. Misiva que además ha sido cuestionada por algunos historiadores, sobre todo en la obra de Paul Groussac (1848-1929), “Mendoza y Garay: las dos fundaciones de Buenos Aires, 1536-1580”, y cuyas objeciones refuta Mar Langa en el artículo antes mencionado del que entresacamos: “Interés documental, belleza literaria, finura de argumentos y manejo del arte de la persuasión son elementos que Groussac no debió de percibir: por eso se burló de que quien escribió la carta anduviera “tan atrasado en noticias, que dirigía la epístola a la ‘muy alta y muy poderosa princesa doña Juana’ en julio de 1556: es decir, más de un año después de celebrarse sus exequias”. La respuesta cae por su peso: Isabel escribe “A la muy alta y muy poderosa señora la Princesa doña Joana, Gouernadora de los reynos d’España, etc. En su Consejo de Yndias”, como consta en el sobre de la misiva. Si esa “doña Juana” fuera Juana La Loca, llevaría en efecto, un año muerta. Sin embargo, nadie que solicita un favor rebaja a una reina llamándola “princesa”. Esto debería de haber hecho sospechar al historiador que no se refería a Juana I de Castilla, sino a Juana de Habsburgo, archiduquesa de Austria e infanta de España, que sí recibió el tratamiento de Princesa, y que actuó como Regente en ausencia de su hermanos, entre 1554 y 1559. Es decir, que Isabel de Guevara, al contrario que el insigne historiador, sí sabía muy bien a quién se dirigía: a una princesa regente con fama de sagaz, enérgica y justa”. Al igual que rechaza el argumento de que la carta es “un revoltillo de lugares comunes y exageraciones, redactada, al parecer por algún tinterillo de la Asunción”, duda Groussac de que aquel escrito hubiera sido redactado por una fémina pues según él, la escritura era un “hecho desusado en las mujeres de ese tiempo”. O cuando insinúa que todas las mujeres que llegaban en las expediciones desde España se dedicaban a la prostitución. En este enlace se puede leer completo el artículo de Mar Langa Pizarro: https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/16010/3/ASN_15_03.pdf.
El nombre de Isabel de Guevara no aparece en la lista de expedicionarios, mas en ella figuran los nombre de Domingo de Guevara y Víctor de Guevara, hijos de Carlos de Guevara e Isabel de la Serna, naturales de Toledo. Lo que hace suponer, pues no se puede afirmar con seguridad, que Isabel era hija de ellos, como Carlos de Guevara que fue capitán de la nave Santa Catalina y del que queda constancia en diversos documentos oficiales. Por lo tanto nos encontramos ante una mujer perteneciente a la nobleza castellana y con una formación académica lo suficiente completa como para escribir aquella carta con un estilo literario muy definido dentro del arte epistolar de aquella época. Fuera quien fuese Isabel de Guevara su epístola nos lleva a conocer una perspectiva diferente sobre la expedición de Pedro de Mendoza, y a través de ella las mujeres dejan de ser meras sombras para convertirse en protagonistas de la historia y colonización del Río de la Plata.
A la izquierda imagen de Juana de Habsburgo,
archiduquesa de Austria e infanta de España.
A la derecha, facsimil de la carta de Isabel de Guevara
Reproducimos la carta de Isabel de Guevara manteniendo su grafía original:
Muy alta y poderosa señora:
A esta probinçia del Rio de la Plata, con el primer gobernador Della, don Pedro de Mendoça, avemos venido çiertas mugeres, entre las quales a querido mi ventura que fuese yo la una; y como la arma llegase al puerto de Buenos Ayres, con mill é quinientos hombres, y les faltase el bastimento, fue tamaña el hambre, que, á cabo de tres meses, murieron los mill; esta hambre fue tamaña, que ni la de Xerusalen se le puede ygualar, ni con otra nenguna se puede comparar. Vinieron los hombres en tanta flaqueza, que todos los travajos cargaban de las pobres mugeres, ansi en lavarles las ropas, como en curarles, hazerles de comer lo poco que tenian, alimpiarlos, hazer sentinela, rondar los fuegos, armar las ballestas, quando algunas vezes los yndios les venian á dar guerra, hasta cometer á poner fuego en los versos, y á levantar los soldados, los questavan para hello, dar arma por el canpo á bozes, sargenteando y poniendo en orden los soldados; porque en este tienpo, como las mugeres nos sustentamos con poca comida, no aviamos caydo en tanta flaqueza como los hombres. Bien creer· V.A. que fue tanta la solicitud que tuvieron, que, si no fuera por ellas, todos fueran acabados; y si no fuera por la honrra de los hombres, muchas más cosas escriviera con verdad y los diera á ellos por testigos. Esta relaçión bien creo que la escrivirán á V. A. más largamente, y por eso sesaré. Pasada esta tan peligrosa turbunada, determinaron subir el rio arriba, asi, flacos como estavan y en entrada de ynvierno, en dos vergantines, los pocos que quedaron viuos, y las fatigadas mugeres los curavan y los miravan y les guisauan la comida, trayendo la leña á cuestas de fuera del navio, y animandolos con palabras varoniles, que no se dexasen morir, que prestodarian en tierra de comida, metiendolos á cuestas en los vergantines, con tanto amor como si fueran sus propios hijos. Y como llegamos á una generación de yndios que se llaman tinbues, señores de mucho pescado, de nuevo los serviamos en buscarles diversos modos de guisados, porque no les diese en rostro el pescado, á cabsa que lo comian sin pan y estavan muy flacos. Despues, determinaron subir el Parana arriba, en demanda de bastimento, en el qual viaje, pasaron tanto trabajo las desdichadas mugeres, que milagrosamente quiso Dios que biviesen por ver que hen ellas estava la vida dellos; porque todos los serviçios del navio los tomavan hellas tan á pechos, que se tenia por afrentada la que menos hazia que otra, serviendo de marear la vela y gouernar el navio y sondar de proa y tomar el remo al soldado que no podia bogar y esgotar el navio, y poniendo por delante á los soldados que no desanimasen, que para los hombres heran los trabajos: verdad es, que á estas cosas hellas no heran apremiadas, ni las hazian de obligación ni las obligaua, si solamente la caridad. Ansi llegaron a esta çiudad de la Asunción, que avnque agora esta muy fértil de bastimentos, entonçes estaua dellos muy neçesitada, que fué necesario que las mugeres bolviesen de nuevo á sus trabajos, haziendo rosas con sus propias manos, rosando y carpiendo y senbrando y recogendo el bastimento, sin ayuda de nadie, hasta tanto que los soldados guareçieron de sus flaquezas y començaron á señorear la tierra y alquerir yndios y yndias de su serviçio, hasta ponerse en el estado en que agora está la tierra. E querido escrevir esto y traer á la memoria de V.A., para hazerle saber la yngratitud que comigo se a usado en esta tierra, porque al presente se repartio por la mayor parte de los ay en ella, ansi de los antiguos como de los modernos, sin que de mi y de mis trabajos se tuviesen nenguna memoria, y me dexaron de fuera, sin me dar yndio ni nengun genero de serviçio. Mucho me quisiera hallar libre, para me yr á presentar delante de V.A., con los serviçios que á S.M. e hecho y los agravios que agora se me hazen; mas no está en mi mano, porque questoy casada con un caballero de Sevilla, que se llama Pedro d`Esquiuel, que, por servir á S. M., a sido cabsa que mis trabajos quedasen tan olvidados y se me renovasen de nuevo, porque tres vezes le saqué el cuchillo de la garganta, como allá V.A. sabrá. A que suplico mande me sea dado mi repartimiento perpétuo, y en gratificaçión de mis serviçios mande que sea proveido mi marido de algun cargo, conforme á la calidad de su persona; pues él, de su parte, por sus servicios lo merece. Nuestro Señor acreçiente su Real vida y estado por mui largos años. Desta çibdad de la Asunción y de jullio 2, 1556 años.
Serbidora de V.A. que sus reales manos besa
Doña Ysabel de Guevara
Hugo Rodríguez Alcalá 
“¡Muy justo fue encarecer / las hazañas silenciadas / de valerosas mujeres / que tanto a su sexo honraban! / ¡Muy justo el hacer constar / el que estas hijas de España / tuvieran en la Conquista / la grandeza de gigantas! Son los versos finales del romance que Hugo Rodríguez Alcalá (1907-2007), poeta argentino, dedica a Isabel de Guevara en su obra “Romances de la Conquista” (2000).
 En la parte superior, alegoría referente a Mencía de los Nidos
realizada en azulelos sita en la plaza de san Francisco de Badajoz.
Debajo, a la izquierda, María Álvarez de Toledo, en el centro, Beatriz de la Cueva
y a la derecha la estatua de Beatriz Hernández en Guadalajara (Jalisco)
A MODO DE EPÍLOGO
Fueron muchas las mujeres españolas que llegaron a aquellas tierras recién “descubiertas” por los conquistadores a pesar de lo que han mantenido muchos historiadores, como decía Francisco López de Gómara 1511-1566): “Acontece a menudo que, una vez creída, la mentira viene a ocupar el lugar de la verdad” Según los registros de la Casa de Contratación de las Indias, de los 54.882 viajeros que llegaron a América en el siglo XVI, más del 18% (10.118) fueron mujeres. (Teresa Piossek, “Las Conquistadoras). Teniendo en cuenta que los datos están incompletos es fácil suponer que tanto la cifra total de viajeros como la de mujeres está por debajo de lo que realmente fue. Mujeres la mayoría de ellas casadas, pero también las hubo viudas y solteras. Y de toda condición social, no fueron solo las pertenecientes a la nobleza pues muchas viajaron como simples pobladoras, y de todos los oficios desde asistentas, monjas, comerciantes, costureras y, hay que reconocerlo, prostitutas. Sus orígenes hay que buscarlos en todos los lugares de la Península Ibérica, aunque abundaron las procedentes de Extremadura por ser tierra de exploradores, pero fue Andalucía la región que más féminas aportó a la colonización, destacando Sevilla, lo que aparece reflejado, actualmente, no sólo en la legua hablada, algo probado por Peter Boyd Bowman en su “Índice geobiográfico de 56.000 pobladores españoles de la América hispánica” (1985), sino además en la arquitectura y en las costumbres religiosas como devociones, romerías… “En aquel entonces la conversación era sin duda aun más que hoy la diversión predilecta de las mujeres, y aquellas mujeres españolas, sevillanas más de la mitad, han debido contribuir poderosamente a la formación del primitivo dialecto-antillano, sirviendo de modelo tanto en su lenguaje como en su porte social, para las más numerosas mujeres indígenas de las colonias isleñas” (Boyd Bowman XX). Las mujeres compartieron con los hombres las penalidades de las travesías y los peligros de la severidad del clima de las más apartadas regiones, el horror de las guerras y de las enfermedades, pero aquello no fue freno para sus afanes de aventura. “A pesar de los sufrimientos, el éxodo no se detiene sino que aumenta con los años. Las tierras a poblar y las villas ya fundadas están muy lejos de tener los habitantes necesarios para el desarrollo urbano, y continúan las peticiones reclamando mujeres-pobladoras” (Ana Lola Borges, “La mujer pobladora en los orígenes americanos” (1972). Por eso es imprescindible observar la historia desde otro punto de vista diferente al que hasta ahora se ha hecho, mantener en el olvido y el silencio a aquellas mujeres a lo único que conduce es a obtener una visión distorsionada de la realidad. Se hace preciso, pues, que sus nombres figuren en los anales de la historia de la conquista y colonización de lo que dio en llamarse el “Nuevo Mundo”. A lo largo de esta extensa entrada, que hemos dividido en dos partes para hacer un poco más cómoda su lectura, hemos reflejado la biografía de varias de aquellas mujeres, otras muchas se han quedado en el tintero pero no en el olvido, de ahí que aún creemos oportuno dejar reflejados aquí algunos nombres más aunque solo sea como constancia de su existencia. Son los casos de las gobernadoras: Isabel de Bobadilla, gobernadora que fue de Cuba y protagonista de una leyenda por la espera de su esposo Hernando de Soto que había partido en su expedición a Florida en 1539; Beatriz de la Cueva esposa de Pedro de Alvarado que, tras la muerte de este, aunque por poco tiempo llegó a ser gobernadora de Guatemala; María Álvarez de Toledo, esposa de Diego Colón, hijo de Cristóbal Colón, Virreina de las Indias. O simples pobladoras como Leonor de Porras, esposa de Juan de Mata, alguacil del arzobispo, vecina de Sevilla,  o Isabel Contreras y Elvira Carvajal que llegaron en la expedición que comandó Mencía de Calderón. Las encomenderas: Elvira Hermosilla que llegó a México en la expedición de Narváez de 1520; María Hernández, nacida en Sevilla, que llegó a México en la expedición de Narváez a fin de unirse a su esposo Andrés Nuñez, carpintero de ribera; Mancheño Serrana, esposa que era de Pedro Valenciano. O aquellas españolas que destacaron por sus profesiones o las funciones que se vieron obligadas a realizar, como fueron los casos de Ana López, natural de Sevilla, que tenía un taller de costura en Puebla de los Ángeles (México);  Beatriz González, esposa de Benito de Cuenca, quien tuvo que ayudar, junto a otras españolas, a los cirujanos, barberos y boticarios para atender a los numerosos heridos que se producían en los enfrentamientos con los tlaxcaltecas; Beatriz Muñoz, que ejerció como comadrona. María de Pineda, natural de Sevilla y propietaria de un taller de paños. Heroínas como: Catalina de Medrano, quien oponiéndose al Consejo de Indias y a todos los que se oponían a ello, entre ellos su esposo, consiguió que se cambiase a quien había de ser teniente del capitán general Sebastián Caboto; Beatriz Bermúdez de Velasco, que viajó en la expedición de Narváez a México y de quien el cronista Francisco Cervantes de Salazar en su obra “Crónica de la Nueva España” recoge su arenga a los soldados españoles ante el ataque de los tlaxcaltecas y totonacas en estos términos: “[…] viendo así españoles como indios amigos todos revueltos, que venían huyendo, saliendo a ellos en medio de la calzada con una rodela e una espada española e con una celada en la cabeza, armado el cuerpo con un escaupil, les dixo: ¡Vergüenza, vergüenza españoles, empacho, empacho!¿Qué es esto que vengáis huyendo de una gente tan vil, a quien tantas veces habéis vencido! Volved, volved, a ayudar y socorrer a vuestros compañeros que quedan peleando, haciendo lo que deben; y si no, por Dios os prometo de no dexar pasar a hombre de vosotros que no lo mate; que los que de tan ruin gente vienen huyendo, merecen que mueran a manos de una flaca mujer como yo”; o Beatriz Hernández, andaluza, de quien el padre Mariano Cuevas, jesuita, dice en su “Historia de la nación mexicana”: “Señalose por lo varonil y esforzada Doña Beatriz Hernández. Sacó de la iglesia a todas las mujeres que ahí estaban llorando, se encara con ellas y les dice: Ahora no es tiempo de desmayos, y las llevó a la casa fuerte y las encerró. Traía Beatriz un gorguz o lanza en la mano y andaba vestida con unas coracinas, ayudando a recoger toda la gente y animándoles y diciéndoles que fuesen hombres, que entonces vería quién era cada uno y luego se encerró con todas las mujeres y las capitaneó y las tomó a su cargo la guardia de la huerta, puestas sus coracinas, su gorguz y un terciario colgado en la cinta”, en la actualidad un monumento erigido por el Ayuntamiento de Guadalajara (Jalisco) recuerda su figura;  Mencía de los Nidos que instó a los pobladores de la ciudad chilena de Penco en la provincia de Concepción, a quedarse cuando pretendían huir cuando los araucanos, tras derrotar a los soldados de Francisco de Villagra, cruzaron el río Biobio para atacar la ciudad, episodio recogido en el poema épico “La Araucana” de Alonso de Ercilla Zúñiga;  Ana de Ayala, natural de Sevilla, esposa de Francisco de Orellana a quien no dudó en acompañar en su expedición, en el año 1544, a tierras de Nueva Andalucía, expedición que se internó en el delta del Amazonas, tras diversos avatares Orellana murió en noviembre de 1546, y de la expedición únicamente sobrevivieron 44 de los 300 que habían partido, entre ellos Ana de Ayala, quien después contraería nuevo matrimonio con otro de los supervivientes Juan de Peñalosa, no sin antes tener arrestos suficientes para culpar al rey del fracaso de la expedición por no haberla dotado de los medios necesarios. No podemos olvidar tampoco los nombres que figuran en el “Índice de los conquistadores y pobladores de Nueva España que dieron noticias personales suyas a los primeros virreys, de 1540 a 1550, según se deduce del texto de sus escritos.” Son los casos de: María Corral, enviudada por dos veces, es el prototipo de mujer fuerte que supo sacar a sus hijos adelante. Ella puede ser el modelo de madre que supo trasmitir su legua y su cultura de tal forma que, siglos después, sus descendientes seguirán hablando con ese acento andaluz que ella tenía; Marina Gutiérrez, descendiente de una familia de la nobleza aragonesa y esposa de Alonso de Estrada, tesorero y gobernador de Nueva España, personifica a aquellas mujeres que teniendo todo en España no dudaron en ir a reunirse con sus esposos en la colonización; Francisca de Valenzuela, hija de Gregorio de Valenzuela, criado de los Marqueses de Mondéjar, y casada con Pedro de Salamanca, ella puede ser el prototipo de todas aquellas mujeres que en una sociedad altamente estratificada como la española nunca hubiesen podido pasar a ser señoras porque sus padres nunca lo fueron, decidiendo probar fortuna en tierras americanas donde no existía la misma rigidez social y sus hijos podrían llegar a ser algún día “alguien”; Catalina de Salazar, quien perdió a su marido en la travesía que los llevaba a las nuevas tierras y ella arribó con dos hijos y una hija, personificará a todas las españolas que aún habiendo perdido a sus esposos en el viaje o en las guerras, no se echaron atrás sino que permanecieron en aquellas tierras con la intención de sacar a sus hijos adelante y permanecer en ellas para siempre; Isabel de Ojeda, que fue esposa de Antonio de Villarroel, que quedó con deudas de veinte mil pesos a la muerte de su marido y con sobrinas y doncellas pobres para casar; Ana Rodríguez, viuda, mujer que fue de Hernando de Jerez; María de León, natural de Sevilla, hija de Pedro de León y Beatriz de Alcocer, con los que llegó a Nueva España, casada con Pedro Castelar que fue uno de los primeros conquistadores de Cuba; y un largo etcétera que haría demasiado extensa su relación aquí. 
Fueron mujeres que ayudaron a la colonización de aquellos territorios y que colaboraron en los aportes culturales positivos que significó su llegada. Una revolución que llegó de la mano de los nuevos alimentos introducidos en aquellas tierras. Si bien, como queda anteriormente reflejado, el trigo fue el primero en cultivarse, fue el arroz la primera gramínea que llegó con los expedicionarios, algo fácil de entender, primero es la que más se cultivaba en Sevilla, en las tierras anegables del Guadalquivir, y desde donde partían la mayoría de las expediciones, y por otro lado no fermentaba ni germinaba tan rápidamente como el trigo o la cebada, esta última introducida también en aquellas tierras. Con ellos llevaron, igualmente, los garbanzos, las lentejas, las habas… pero que no llegaron a tener tanta aceptación entre los pueblos de aquellas tierras puesto que, al igual que para los españoles el trigo, la vid y el olivo forman la triada básica de la agricultura, para los habitantes de aquellas tierras el maíz, el frijol, el chile, el tomate y la calabaza eran los cultivos que conformaban su base alimenticia. Entre otras plantas, además de la señalada se introdujeron los cultivos de alfalfa, cebollas, ajos, lechugas, hierbabuena, perejil, zanahorias, melones, sandías y un largo etcétera que de recoger aquí sería convertir esta entrada en una enciclopedia, por lo que nos hemos limitado a dejar constancia de los más importantes y básícos. Fue así como las mujeres españolas con sus aportaciones culinarias en su convivencia con las nativas, al igual que ocurrió con el habla, como antes hemos reflejado, se convirtieron en pieza fundamental en la colonización. Además se introdujeron los cultivos de cítricos, siendo estos los más importantes: la naranja, el limonero, incluida la lima; y en menor medida: la higuera; la vid y el olivo. Así como el laurel, la morera, el peral, el membrillero, los pinos y los castaños. Otras plantas que arraigaron con facilidad y cuyos cultivos trajeron consigo no sólo el cambio de las costumbres locales sino que al paso del tiempo se convirtieron en fuentes primordiales de su economía fueron la caña de azúcar, el cafetal y los plátanos. Dentro de los animales que las expediciones españolas introdujeron en América, es de destacar el cerdo por la importancia que tuvo para cubrir las necesidades de alimentación tanto de los españoles como de los nativos. De igual modo llevaron la crianza de vacas, que posteriormente tuvo tanta importancia en la economía argentina, toros y bueyes para las labores agrícolas, así como caballos, y ganado ovino y caprino. El desarrollo de todos esos nuevos cultivos llevó consigo la introducción de la forja de hierro para la fabricación de los aperos de labranza, así como la forja de espadas y armaduras, extendiéndose posteriormente a la forja de ventanas y balcones. A otros niveles se introdujo la construcción de barcos para la navegación de altura y el uso del astrolabio y de las cartas de marear utilizadas en las navegaciones. Así como la imprenta, la pólvora y la seda también fueron introducidos durante la época de colonización, pero sobre todo ellos primaría el uso de la rueda, un elemento desconocido por entonces entre los nativos de América. Del mismo modo  llevaron la música profana, la de los juglares con sus laúdes y la música religiosa, junto a toda una serie de instrumentos musicales totalmente desconocidos en el continente americano y que habían sido heredados de otros pueblos como el árabe que a la vez había sido conquistador de la península ibérica, que muy pronto hicieron conjunto con las flautas de caña, los tambores de tronco de árbol, y las calabazas vacías de los nativos que permitieron la creación de bellas melodías.
En fin, mujeres que terminaron enamorándose de aquella tierra, que persiguieron su sueño sin complejos, arriesgando su vida, afrontando toda clase de penurias, incomodidades y peligros, que conformaron una colonización, la española, que pese a quien pese y a todos sus fallos dejó como herencia, entre otras cosas, una lengua común, y las estructuras sociales y administrativas que dieron origen, posteriormente, a muchas naciones independientes, independencias capitaneadas, en la mayoría de los casos, por descendientes de aquel pueblo nuevo que fue surgiendo tras la colonización. De aquellas podemos aprender su espíritu inconformista, el que nos debe llevar a no dejarnos guiar por historiadores y cronistas que diseñan a la medida de sus intereses nuestro pasado.
María Velasco

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