martes, 24 de mayo de 2016

Cuando el pasado se hace presente (11) Los Almohades


El año 1147 marca el comienzo de un periodo en la historia de Sevilla que, de nuevo, la llevaría a ser la capital de al-Ándalus. Pese a sufrir los rigores de la interpretación de la doctrina islámica de los almohades, durante este periodo Sevilla se transformó en una de las mayores ciudades de Occidente. Las huellas de aquella época aún perduran en algunos de los monumentos más representativos como la Giralda, la Torre del Oro, parte de sus murallas… además de otros rasgos característicos de la atmósfera sevillana, como la placidez de sus jardines o el sosegado rumor de las fuentes. Iniciamos aquí nuestra cabalgada por aquella esplendorosa ciudad que nos llevará a conocerla tal y como fue en aquella época.
Cuando los almorávides, un movimiento político de carácter religioso con ideas reformistas del islam basadas en planteamientos ortodoxos, llegaron a al-Ándalus llamados por los reyes de taifas en sus luchas frente a los reinos cristianos, los ulemas y alfaquíes proclamaron dictámenes jurídicos a favor del emir almorávide: “Para llenar el vacío de poder y la nulidad legal del presunto derecho de unos príncipes que habían violado los principios fundamentales del islam”. El califa Yusuf ibn Tasufín para justificar la invasión y destronar a los reyes de Taifas reprochaba a estos amar demasiado el placer: "su poco interés en  hacer la guerra, sus disensiones internas.... Cada uno de ellos no tenía otra preocupación  que vaciar  copas, escuchar a las cantantes, pasar la vida en diversiones..." De tal manera que las buenas relaciones entre los almorávides y los andalusíes comenzaron a deteriorarse, mientras la población los veía como unos odiosos dominadores, condenaban al pueblo a la ruina con nuevos impuestos cada vez más altos, mientras ellos relajaban el cumplimiento de su propia doctrina. Es difícil resistirse a la buena vida en el edén andalusí. Bellísimas mujeres de tez blanca como la luna, enmarcada en una melena negra como la noche, con hermosos ojos negros como una gacela; voluptuosos jardines; música seductora; embriagador vino que adormece los sentidos; poesía que enamora… El geógrafo al-Zuhrî refiriéndose a Sevilla en el siglo XII dice: “sus habitantes son amables, elegantes, descarados, insolentes y distinguidos”. Poesía y música van íntimamente ligadas para los andalusíes, hasta el punto de que muchos poetas son a la vez músicos. Multitud de poetas pueblan las cortes reales y las casas pudientes. Son poetas de toda condición social, desde campesinos y artesanos hasta reyes y príncipes que tratan sobre todo de temas amorosos. Cualquier reunión social servía de excusa para una fiesta y las fiestas no se podían entender sin música, bebida y comida. Al-Mutamid de Sevilla, al que los almorávides habían destronado, decía: “¿Te dejarías llevar por la tristeza hasta la muerte cuando el laúd y el vino fresco están aquí y te esperan?". De tal manera que los emires y los altos dignatarios almorávides claudican, se dejan arrastrar por esas delicias. Su caída se verá precipitada por los levantamientos andalusíes y el movimiento almohade que había surgido en el Magreb como una reforma religiosa integrista encabezada por el Mahdi (guía inspirado por Dios) Muhammad ibn Tumart.
Los almohades tienen su origen en el movimiento religioso iniciado por el bereber Muhammad ibn Turmart, originario de la tribu Masmuda de las montañas del anti-Atlas en el noroeste de África. Había nacido sobre el año 1080 en Igiliz des-Hargha. Entre los dieciocho y los treinta años inició un periplo que le llevó a Córdoba, La Meca, Damasco, Bagdad… ciudades en las que fue adquiriendo un profundo conocimiento de la doctrina del Islam. A su regreso se mostró abiertamente opuesto a los almorávides que, por entonces, gobernaban el Magreb y a los que consideraba relajados en el cumplimiento de los preceptos islámicos. En sus ciudades el vino se consumía habitualmente; los ciudadanos estaban sometidos a fuertes impuestos que solo buscaban el enriquecimiento personal de los califas y su corte; los hombres se tapaban la cara mientras las mujeres iban con ella descubierta… Todo ello le llevó a ser perseguido por las autoridades almorávides y buscó refugio en su tierra natal, estableciéndose en un lugar llamado Tinmel donde pronto conseguiría un buen número de seguidores, dando comienzo así al movimiento Al-Muwahhidun (los que reconocen la unidad de Dios), por su traslación al castellano: almohades. En 1121, ibn Tumart se proclamó a sí mismo como al-Mahdi al Masum (el infalible Mahdi), considerando a sus seguidores como “gentes del paraíso”, entre ellos se llamaban “al-muminun” (los fieles) y a sus enemigos los consideraba como “gentes del infierno”, de ahí que siempre actuaron con extrema violencia y crueldad para combatirlos. En solo cinco años logró la adhesión de numerosos seguidores, procedentes de otras tribus bereberes, descontentos con el gobierno de los califas almorávides. Murió sobre el año 1128, pocos meses después del intento de conquista de Marrakech que terminó en una gran derrota frente a los almorávides.
Algunas fuentes árabes señalan que antes de su muerte, Ibn Tumart, había designado como su sucesor a Abd al-Mumin ibn Ali, un bereber originario de una de las tribus Zenata que se había unido al movimiento almohade en los primeros momentos de la aparición del mismo. Mientras que otras sostienen que hubo una intensa lucha por la sucesión, al considerar a los Zenata como extranjeros entre los Masmuda. De una u otra forma Abd al-Mumin logró consolidarse al frente de los almohades, en principio como emir, y alcanzar el reconocimiento y juramento de fidelidad por parte de todas las tribus en 1132. Los almohades, bajo su gobierno, lograron imponer, tras numerosos enfrentamientos,  los principios religiosos-políticos de su fundador, Ibn Tumart, sobre los almorávides sentando las bases para un nuevo imperio que se extendió desde la Tripolitania hasta al-Andalus.
A mediados del siglo XII la situación en al-Ándalus era propicia para la rebelión de la población frente a la gestión política y económica de los emires almorávides. El traslado de fuertes contingentes de su ejército al Magreb para hacer frente a la insurrección de los almohades, propició la aparición de nuevas taifas en todo el territorio andalusí, dando lugar así a lo que se conoce como segundos reinos de taifa. De entre ellas destacamos la actuación de Ibn Qasi quien, en 1142, se proclamó señor de Mértola, siendo el primero en alzarse contra el poder almorávide. Y el Sharq al-Ándalus al frente del cual estaba Ibn Mardanis, un muladí descendiente de una aristocrática familia del levante andalusí, que en 1145 se proclama rey de Murcia, siendo la última taifa en rendirse a los almohades en la península en 1172. Quedaría la taifa de Mallorca que bajo los Banu Ganiya no sería conquistada hasta 1203.
Es así como la llegada de los almohades a al-Ándalus se produce, como había ocurrido desde los primeros momentos de la invasión musulmana de la península, fundamentalmente por la necesidad de expansión de los movimientos religiosos-políticos que iban dominando el norte de África; por las luchas intestinas entre las etnias y las diferentes corrientes interpretativas de los conceptos religiosos de la doctrina islámica; sin olvidar el rechazo que producía, entre la población de otras creencias, la imposición de esas ideas religiosas o el incremento desmedido de los impuestos debido a la mala gestión política y económica en que devenían y que generaba descontentos que acababan en levantamientos de rebeldía. Según fuentes árabes, Ibn Qasi, señor de Mértola, se dirigió al Magreb a fin de solicitar de Abd al-Mumin colaboración para acabar con el dominio de los almorávides. En 1146 un ejército almohade, al mando de Barraz Ibn Muhammad al-Masufi, cruzó el estrecho y ocupó Tarifa y Algeciras. Tras ocupar toda la región del Algarve portugués se dirigieron a Sevilla que ocuparon en 1147. Desde aquí continuó la evolución de sus conquistas, aunque en esta primera fase se limitaron a fijar guarniciones en aquellos lugares en que contaban con apoyos, como fueron los casos de Córdoba en 1149; Málaga en 1152, donde dieron muestras de la crueldad y sadismo de sus acciones contra sus opositores desenterrando el cadáver de Ibn Hamdin quien se había opuesto al dominio almohade; Granada en 1156, donde años más tarde, cuando fue reconquistada a las tropas de Mardánish, volvieron a demostrar esa crueldad y sadismo cuando decenas de judíos, almorávides y musulmanes andalusíes, acusados de traición, fueron crucificados a ambos lados del camino que llevaba a Málaga partiendo desde la puerta Bab al-Ramla granadina, haciendo transitar a sus esposas e hijos, por en medio de ellas, cuando eran trasladadas a Málaga donde serían vendidas como esclavas; y Almería, Baeza, Jaén, Úbeda y otras localidades cercanas en 1157.
El objetivo de Abd al-Mumin seguía centrado en consolidar el dominio almohade en el Magreb, de tal manera que en al-Ándalus las ciudades conquistadas quedaban bajo el control de representantes del califa almohade, título que él mismo se había otorgado, poco después de ser aceptado como emir. No es hasta 1160, una vez consolidado el dominio del Magreb, cuando Abd al-Mumin se decidió a cruzar el estrecho y desembarcar en al-Andalus, mas su objetivo no era formar ninguna expedición militar, sino crear una base de operaciones en Jabal Tariq (Gibraltar), punto que consideraba más importante que Algeciras para el control efectivo de la península. Para ello había remitido una carta en 1159 a sus dos hijos y a los altos dignatarios de al-Andalus. Abu Yaqub inmediatamente ordenó a sus mejores arquitectos, carpinteros y yeseros que se desplazaran a Jabal Tariq, donde se pondrían a las órdenes de Sheik Abu Ishaq ben Muhammad Baraz y al-Hajj Ya’ish, arquitectos e ingenieros que Abd al-Mumin había enviado con instrucciones precisas sobre lo que él quería que se debía hacer. Allí se erigiría la Medinat al Fath y su castillo en la colina. Se desconoce en qué estado estaban las obras cuando Abd al-Mumin murió en 1163 y su hijo decidió abandonar el proyecto para marchar de inmediato a Sevilla.
Abd al-Mumin, a fin de consolidar su obra política, modificó las estructuras originales del poder almohade, establecidas desde la fundación del movimiento político-religioso por Ibn Tumart como una oligarquía tribal, transformándolas en monarquía dinástica. A tal fin, en 1155, había nombrado a su hijo primogénito Muhammad como su sucesor, mas las escasas cualidades del mismo para el gobierno y su disoluta vida respecto a las normas de la doctrina que propugnaban, bebía vino sin mesura algo totalmente reprobable para los rígidos almohades, le hizo modificar y, tras destituirlo, nombró como su sucesor a su hijo Abu Yacub Yusuf, por entonces gobernador de Sevilla. Cuando en 1147 el ejército almohade ocupa Sevilla bajo el mando del general Barraz, los almohades, de inmediato configuraron en la ciudad un área propia para su residencia, no dudando en confiscar tierras y bienes a los sevillanos para crearla. Según Ibn Idari Al-Marrakusi, cadí que había sido de Fez y “recopilador de historia” como él mismo se definía, en su obra Al-Bayan al-Mughrib (La increíble historia), cuando los almohades conquistaron Sevilla en 1147, reforzó la ciudad con un contingente militar bajo el mando de dos hermanos del Mahdi Ibn Tumart quienes fueron alojados junto al “barrio del cementerio” (Hawmat al-Yabbana) próximos al alcázar, donde residían los jeques almohades y el responsable del gobierno de modo que todos los magrebíes estuvieran cerca. Pronto provocaron inicialmente el recelo de sus habitantes y posteriormente el rechazo más hostil ante los abusos y devastación a la que fueron sometidas las casas prestadas o compartidas a tal fin: “No cuidaron sus alojamientos, comenzaron a quemar sus techos, a convertir sus casas en cuadras … pues eran mala gente, por lo que al poco los edificios estaban estropeados, alargándose las manos de sus secuaces contra los andalusíes próximos a ellos, que de ellos huían…sin que Abd al Mumin supiera nada hasta que se le comunicó”. Lo que contribuyó a fomentar la insurrección de los sevillanos andalusíes, y los hermanos del Mahdi tuvieron que regresar a Marrakech donde se encontraron con los cambios políticos que Abd al-Mumin había realizado y que a ellos los apartaba por completo del poder. Movimiento de protesta que se mantendría a lo largo de tres años. En 1150 tropas almohades lograron controlar la situación y acabaron con las insurrecciones en Sevilla y las zonas próximas. Desde esa reconquista, Sevilla es gobernada por Abu Muhammad Abd Allah ibn Abi Hafs, hasta 1156 en que, Abd al-Mumin, nombró a su hijo Abu Yaqub Yusuf, con apenas 16 años, gobernador de Sevilla. Bajo su mandato, en 1558, Mardanísh, el rey del Sarq al-Andalus llegó a atacar la ciudad pero sin intentar conquistarla. En 1163, a la muerte de su padre, le sucedió al frente del califato haciendo de Sevilla la capital de al-Andalus, dotándola de todo tipo de obras urbanísticas para alcanzar el nivel de representatividad por él deseado. Siguiendo las líneas maestras marcadas desde la creación de este movimiento político-religioso por Ibn Tumart respecto al desarrollo de las ciencias, Abu Yacub era un hombre instruido y amante de la cultura algo que, en ocasiones, le valió las críticas de sus hermanos y de notables almohades. Los cronistas árabes lo señalan como erudito en literatura, ciencias religiosas, filosofía, medicina y dominador de la lengua árabe culta por su gran amor a la lectura. Se rodeó de una corte ilustrada en la que contó con la presencia de personajes de la talla de Ibn Tusafyn y Averroes, a quienes más adelante dedicaremos unas líneas.
Imagen superior izquierda, grabado de la Torre del Oro, puente de barcas y castillo de Triana.
Las otras imágenes corresponden a láminas dibujadas por Pacho Garmendía
sobre el trazado hipotético de Sevilla en época almohade.
Durante el califato de Abd al-Mumin, las crónicas de la época ya señalan el gran interés que se dedica a las obras públicas en los territorios conquistados, un ejemplo de ello lo tenemos en lo anteriormente narrado sobre la construcción de la ciudad y fortaleza en Gibraltar, se renovaban las murallas de las ciudades, se levantaban nuevas mezquitas y barrios que ampliaban la capacidad de las mismas, y se erigían nuevas fortificaciones. En Sevilla, Abu Yaqub, inició una profunda transformación de la ciudad con numerosas obras en las que destacan: la reforma y ampliación de la muralla con la erección de nuevas torres defensivas como fueron las conocidas como torre de Oro y torre de Plata; la construcción de nuevos recintos en la Dar al-Imara de tiempos de los omeyas y los abbadíes; la construcción de la nueva mezquita aljama y de su alminar;  la rehabilitación de edificios importantes en la ciudad, caso de la antigua mezquita de Ibn Adabbas… Se procedió a la construcción de un puente sobre el Guadalquivir que unía la ciudad con el barrio de Triana, el puente de barcas; otros puentes se construyeron sobre el río Tagarete; se crearon las calzadas a ambos lados del río Guadalquivir; se reconstruyó y reformó el antiguo acueducto romano conocido como Caños de Carmona…
Imágenes Dr. Arquitecto Miguel Ángel Tabales
Cuando en 1150 la ciudad fue reconquistada la primera obra emprendida por los almohades, a fin de acabar con las protestas surgidas anteriormente, el nuevo gobernador decidió levantar una alcazaba. Como recoge Ibn Idari en la obra citada: “…una alcazaba en Sevilla para que a ella se trasladaran los almohades residentes en al-Yabbana, por las quejas de la gente contra el daño que les causaban; decidido lo cual, determinaron un lugar para esa alcazaba - el mismo en que hoy se halla -, sacando a sus habitantes de sus casas y compensándoles en la medina con otras casas del Gobierno, aunque no quedaron satisfechos, siendo esto para aquella gente más penoso que la propia muerte, aumentando sus preocupaciones y miseria. Los almohades demolieron la muralla de Ibn Abbad y con sus piedras construyeron esta alcazaba”. Esta alcazaba se construyó en el entorno del núcleo que conformaban el Dar al-Imara de Abd al-Rahman III y el Qasr al-Mubarak de los Banu Abbad, recintos que posteriormente se unieron cuando se acometió la ampliación del conjunto palaciego que se convirtió en sede del gobierno y la corte califal. Todo ello conformaba lo que hoy conocemos como Reales Alcázares que a lo largo de la historia ha sufrido numerosas transformaciones que fueron haciendo desaparecer aquel complejo, sólo las excavaciones iniciadas a partir de mediados del siglo pasado permiten conocer lo que fue aquel complejo palaciego. Muy interesante es la publicación del Dr. Arqueólogo Miguel Ángel Tabales Rodríguez sobre las mismas que podemos leer en el documento adjunto, comprensible para cualquier persona lega en la materia (http://www.alcazarsevilla.org/wp-content/pdfs/APUNTES/apuntes6/restauracion1_04/contenidos_res1.html).
Una muestra de aquellos palacios ha llegado a nuestros días en el conocido como “Patio del Yeso” descubierto a finales del siglo XIX y restaurado con posterioridad en varias ocasiones. Es el espacio más característico del alcázar almohade. Para su descripción completa me remito al artículo del Dr. Arquitecto Rafael Manzano Martos publicado en “Sevilla Almohade”, editada en 1999, página 72 y siguientes. El Patio de Yeso fue descubierto y publicado por Tubino en los últimos años del pasado siglo, consolidado y restaurado por el marqués de la Vega-Inclán en los años 1918 al 20, ha sido restaurado y reexplorado por mí en los años 1969 y 1971. En ellas se pudo estudiar y recuperar su crujía meridional y la puerta de su testero norte. Sorprende la denominación del Yeso que tiene este patio desde la época medieval cristiana, como si se tratase de un caso excepcional en Sevilla y en el Alcázar. Ciertamente apenas subsisten vestigios de esta decoración tan frágil y dúctil, los escasos vestigios que se conservan se reducen a simples estucados con decoración polícroma en el mejor de los casos”.
Las crónicas árabes nos hablan de las grandes actuaciones urbanísticas que llevaron a cabo los almohades desde el momento en que Abu Yaqub sucedió a su padre como califa. Sevilla siempre fue codiciada por todos los pueblos que hollaron sus tierras con ánimo de conquista por su situación estratégica y la facilidad de acceso desde el mar a través del río Guadalquivir que permitía el transporte de tropas, mercancías, suministros… es por ello que desde los primeros asentamientos se levantara una cerca o muralla para su defensa. Julio César ordenó la construcción de la primera muralla de piedra en sustitución de la existente de madera y barro, con puertas de acceso y torreones de vigilancia. Es claro que el aumento de la población llevaba consigo el crecimiento de la ciudad y que la muralla fuera reformada y ampliada en el transcurso de la historia. Durante el emirato de Abd al-Rahman II, tras el ataque de los vikingos, la muralla fue reconstruida. En el año 913 el califa Abd al-Rahman III ordenó destruirla tratando de evitar los conatos de secesión contra Córdoba, por entonces capital de al-Ándalus. Con la proclamación de los Banu Abbad como reyes de la taifa de Sevilla, la muralla fue reconstruida. Y en 1090 al-Mutamid mandó reforzar las murallas de la ciudad y construyó un puente tratando de contrarrestar infructuosamente el peligro almorávide (Ibn Simak, Hulal). Era, pues, Sevilla una ciudad bien amurallada cuando fue atacada por los almorávides y lo confirma el hecho de que para ser conquistada, tras meses de asedio, necesitaran de la traición de algunos de los residentes en la ciudad que les facilitaron el acceso desde el interior, así lo relata el historiador al-Marrakusi en su Muyib: “Un grupo se puso de acuerdo para sublevarse en la capital de Sevilla. Se informó de ello a al-Mutamid de lo que la citada facción tramó, descubriéndole lo que pretendía y constatando sus malas intenciones”.
1-2: Muralla de Marrakech. 3: Lienzo de la muralla de la Macarena, Sevilla. 
4: Lienzo de la muralla en Jardines del Valle. 5: Lienzo de la muralla en calle Agua.
6: Detalle de la muralla de la Macarena. 7: Murallas de Sevilla en un grabado del siglo XIX.
8: Muralla y Torre Blanca en 1898.
9: Maqueta de las murallas de Sevilla en el Museo Histórico Militar de Sevilla.
Sin entrar a debatir sobre el trazado y construcción de la muralla de Sevilla, tema que ha dado lugar a diversas hipótesis al no ponerse de acuerdo los eruditos en esta materia. Un buen artículo para profundizar sobre esta materia es el publicado en la revista Romula, nº 11 de 2012 por Daniel Jiménez Maqueda y Pedro Pérez Quesada (https://rio.upo.es/xmlui/bitstream/handle/10433/340/romula11-muralla.pdf?sequence=1&isAllowed=y). Lo cierto es que los almorávides no se caracterizaron por su dedicación a la arquitectura, sólo hacia el año 1126 ante el avance de los almohades en el Magreb y el continuo hostigamiento de los ejércitos cristianos sobre Granada, capital de al-Ándalus para los almorávides, decidieron emprender el levantamiento de la muralla de Marrakech y las reformas de las principales cercas de al-Ándalus. Todo hace pensar que lo que emprendieron en Sevilla fue una gran reforma sobre la cerca de al-Mutamid, en dos fases, una primera 1125 emprendida por los habitantes de los barrios contiguos y la siguiente en 1135 mucho más profunda y con ampliación de la misma siguiendo, al parecer, el modelo de Sidjilmasa, una ciudad bereber situada al norte de la actual ciudad marroquí de Rissani, conquistada por los almorávides en 1057 siendo ya una ciudad cercada por una muralla de ladrillos de abobe levantada sobre un basamento de piedra, muralla que había sido construida en torno al 814-815. Teoría mantenida por María Marcos Covaleda, Dra.  en Historia del Arte por la Universidad de Granada en: (https://revistaquiroga.andaluciayamerica.com/index.php/quiroga/article/viewFile/132/102). Es difícil creer que en solo 21 años fueran capaces de erigir, en su totalidad, aquella muralla tanto por el costo económico de la misma como por la envergadura de la obra de entre 6 000 y 7 000 metros de perímetro con más de 160 torreones que hacían de Sevilla una de las ciudades mejor amurallada.
Según narra Ibn Idari en al-Bayan al-Mugrib, tras las reformas de Ali Ibn Yusuf, doce puertas se abrían en la muralla de Sevilla. Un estudio pormenorizado de las mismas lo encontramos en el artículo de Daniel Jiménez Maqueda que se puede leer en el documento adjunto de la Biblioteca del Patronato de la Alhambra y Generalife, para quien quiera profundizar en el conocimiento de las mismas. (http://www.alhambra-patronato.es/ria/bitstream/handle/10514/14167/9%20C.A%2035%20%281999%29%20encriptado.pdf?sequence=1).
Ahora recuerdo aquellos momentos en que, siendo niña, buscaba refugio junto a las arcadas del puente de Isabel II, o puente de Triana como se le conoce popularmente, y allí contemplaba el discurrir de las aguas del Guadalquivir, como discurre la historia de mi amada Sevilla. Hoy cuando vuelvo a ella y recorro aquellos y otros lugares pienso que son como palimpsestos, como aquellos viejos manuscritos que se borraban una y otra vez para ser reutilizados pero que conservaban huellas de lo escrito con anterioridad. Estudiando su historia, leyendo documentos de investigadores y arqueólogos, recorriendo mi vista por grabados y antiguas imágenes, esbozo en mi mente representaciones de aquellos tiempos, para muchos olvidados, y para mí acicate por conocer los anales de la ciudad donde nací, y es este deseo personal el que ahora quiero compartir, como si en una sosegada cabalgada como decía el gran viajero inglés Richard Ford diéramos un paseo a caballo alrededor de las “murallas moras de tapia”, que tras la ampliación almohade eran doce las puertas que se abrían en la cerca Sevilla, pero que a mediados del siglo XIX tenía trece puertas y cuatro postigos, utilizando nuestra imaginación pues de ella sólo quedan restos y de sus puertas sólo cuatro de todas las que existieron: la Puerta de la Macarena, el Postigo del Aceite y la única puerta original construida por los almorávides, la de Córdoba, y la Puerta de la Victoria o Arquillo de la Plata que se construyó con posterioridad en el lugar en que debió estar el portillo del Carbón.
1. Plano de situación. 2. Puerta de Triana resaltada en un detalle del grabado “Vista de la ciudad” de Antonio Brambilla, 1585. 3. Dibujo de la Puerta de Triana de Richard Ford, 1832.
4. Juan de Herrera a quien se le atribuye el diseño de la puerta en 1588.
5. Entrada de Felipe V en Sevilla por la Puerta de Triana, obra de Pedro Tortolero, 1748.
6. Fotografía de la puerta en 1865. 7. Pintura de la Puerta de Triana conservada
en las dependencias militares de la Plaza de España.
8. Restos de las columnas de la puerta en el zoológico de Jerez.
9. Adoquinado que, en la actualidad, señala la ubicación de la puerta.
En la época musulmana existió una primitiva puerta de Triana ubicada, aproximadamente, en lo que hoy es la confluencia de las calles Gravina, San Pablo, Reyes Católicos y Zaragoza. Debió de ser de construcción sencilla y sin ornatos, características de la arquitectura almohade pero era la única con tres arcos, por lo que se llamó Puerta Trina, que derivaría en Triana por tratarse de la comunicación natural con dicho barrio a través del puente de barcas. En 1588 fue derribada y erigida una nueva de estilo renacentista, el proyecto se le atribuye al insigne Juan de Herrera. Se componía de un solo cuerpo y presentaba dos altas y elegantes fachadas de esmerado gusto, no en vano siempre fue considerada como al acceso más artístico de la ciudad. En el centro, mostraba un gran arco de medio punto y, a los lados de éste, sendas parejas de columnas con fustes estriados, que sostenían una espaciosa cornisa sobre la que se destacaba un balcón corrido. El remate del monumento lo componía un ático triangular adornado con estatuas y seis pirámides. En la parte inferior de la cornisa perteneciente al balcón aparecía una lápida con la siguiente inscripción:
"Siendo poderosísimo rey de las Españas y de nuestras provincias por la parte del orbe Felipe II, el amplísimo regimiento de Sevilla juzgó deber, ser adornada esta puerta nueva de Triana, puesta en nuevo sitio, favoreciendo la obra y asistiendo a su perfección Don Juan Hurtado de Mendoza y Guzmán, Conde de Orgaz, superior vigilantísimo de la misma floreciente ciudad en el año de la salud cristiana de 1588".
Fue una de las de mayor consideración, dado su ornato y su tamaño, que incluso llegó a acoger una cárcel denominada “El Castillo”, donde cumplían condena los presos de alta alcurnia. En 1868 fue decretada la demolición de esta emblemática puerta, pese a la fuerte oposición de intelectuales y asociaciones locales así como los dictámenes negativos de la Real Academia de San Fernando, por la Junta sevillana creada ese mismo año. Sus restos fueron utilizados en diversas obras y algunos de ellos acabaron en el zoológico de Jerez donde reposan sin mayor recuerdo que la placa que figura sobre uno de ellos. En nuestra ciudad lo único que queda, y has de fijarte bien mientras tomas una hamburguesa o compras unos cigarrillos, es el cambio del adoquinado en la acera y la calle.
En nuestro recorrido imaginario desde la puerta de Triana la muralla continuaría por las calles Julio César y Gravina hasta llegar a la Puerta de Goles, luego conocida como puerta Real. Estaba situada en la antigua calle de Armas, hoy Alfonso XII, en las proximidades del convento de San Laureano. El topónimo de la puerta en las fuentes musulmanas se ha identificado con bab al-Muaddin. En los registros escritos sobre anales sevillanos es unánime el considerar el topónimo de goles como una deformación del nombre de Hércules al que estaba dedicada esta puerta.  A partir de la entrada en la ciudad de Felipe II, hecho acaecido el 10 de mayo de 1570, comenzó a llamarse “Real”. La primitiva puerta de Goles, en referencias documentales, está vinculada a una torre puerta como elemento sustancial, lo que lleva a pensar que se trataba de una torre puerta con acceso en recodo, muy común en la arquitectura almohade. Como ocurría con todas las puertas cercanas a la ribera del Guadalquivir debido a las riadas esta tuvo que ser reparada en varias ocasiones hasta que, en junio de 1560, se encargó al arquitecto Hernán Ruiz el Joven el proyecto y construcción de la nueva puerta. En una pequeña placita junto a la ubicación de aquella puerta se encuentra unos pequeños restos de la muralla original almohade y sobre él existe una lápida de mármol que recuerda la visita De Felipe II:
Ferrea Fernandus prepegit claustra Sevilla
Fernandi nomem splendit ut astra polli
"Fernando quebrantó las férreas puertas  de Sevilla,
y el nombre de Fernando brilla como los astros del cielo"
La Puerta Real original constaba de dos cuerpos: un gran arco romano adornado con pilastras, sobre cuyas cornisas se alzaba el segundo, terminando en un frontispicio rematado por varias pirámides. En 1.565 se reconstruyó totalmente, perdiendo los rastrillos y otros elementos de defensa que ya eran inútiles. Se colocó mármol en la escalera, se quitó la escultura de Hércules que estaba en la parte alta. A cada lado de ella se hicieron unas hornacinas; en la derecha se puso en lo alto un lienzo con Nuestra Señora de la Merced en su pequeño retablo, y en lo bajo un Calvario pequeño; a la izquierda se colocó un cuadro de San Antonio y en la parte baja se hizo un cuarto para el guarda del lugar. Su demolición tuvo lugar en 1862, destinándose sus restos al cementerio, donde permanecieron muchos años a la espera de ser reconstruida para servir de entrada al camposanto, proyecto que jamás se haría. En el año 1.859, antes de la Revolución del año 68, fue derribada la Puerta Real y entonces ganó algún terreno la hornacina de la derecha dedicada a Nuestra Señora de la Merced, destinándose el bajo para iglesia y el alto para sala de la Hermandad. En 1.930 se hundió la Capilla, siendo restaurada diez años después y manteniéndose en la actualidad, aunque en 2015 estaba cerrada y presentaba un lamentable estado.
Plano actual donde estaría ubicada la puerta.
Localización de la puerta en el plano de Olavide de 1771.
Grabado que puede representar la puerta de San Juan.
Detalle de la pintura de Eliseo Maifrén Roig que representa la puerta de San Juan en 1880.
Dejando atrás aquella puerta la muralla continuaba siguiendo el trazado de la calle Torneo, discurriendo por la parte de atrás del convento de San Antonio, donde, en el siglo XVII,  se abrió un portillo para facilitar la entrada a la ciudad de los frailes, hasta la Puerta de San Juan, en la calle Guadalquivir, entre la calle San Vicente y Torneo, tramo que en la actualidad se le conoce como Puerta de San Juan. Antes del siglo XV era conocida como puerta del Ingenio por encontrarse muy cerca de ella el muelle para la carga y descarga de mercancías que entraban en la ciudad por vía fluvial, muelle que se mantuvo activo hasta el año 1574, en que comenzó a utilizarse el que se construyó junto a la Torre del Oro. El nombre de San Juan lo adquirió por alusión al inmediato barrio e iglesia de San Juan de Acre. Su arquitectura estaba formada de un solo arco estrecho y elevado colocado entre dos torreones cuadrangulares y almenados. El lienzo de muralla que unía esta puerta y la siguiente (Puerta de la Barqueta) estaba jalonado por doce torreones circulares, forma nada habitual en las murallas de la ciudad. Fue reedificada en 1.757, como atestiguaba la lápida de mármol que existía con el siguiente texto:
"Se hizo esta obra de reedificación de murallas por dirección del Señor Marqués de Monte Real, del Consejo de Su Majestad en el Real de Castilla. Asistente Superintendente General de todas las Rentas Reales. Año de MDCCLVII”. 
Como ocurre con el resto de las puertas de esta tampoco quedaron vestigios ninguno tras ser derribada en 1864.
La Puerta de la Barqueta, también llamada Puerta de Vib-Arragel o de la Almenilla, estaba situada en la calle Calatrava, en la plazoleta del Blanquillo. El nombre que ha perdurado, Puerta de la Barqueta, se debe al servicio de barcazas que hacían el cruce a un lado y otro del río y no, como a veces se cree equivocadamente, a que allí se encontrara el puente de barcas que, como hemos visto anteriormente, estaba en el sitio que hoy ocupa el Puente de Triana. La arquitectura de esta Puerta era bastante sencilla: un arco de medio punto cuyos estribos descansaban en dos torreones o castillos. Pero, en cambio, se hallaba rodeada de una serie de murallas y torreones dignos de figurar en cualquiera plaza fuerte de importancia. Próximo a ella se encontraba "El Blanquillo", antes llamado "Patín de las Damas", conformado por una gran plaza de armas, de forma trapezoidal, de sesenta metros de longitud, defendida por ocho grandes torreones, cinco cuadrangulares y tres redondos, de los cuales cuatro daban vista al río y los otros cuatro al interior del Blanquillo. Esta puerta constituía la primera línea de defensa contra las crecidas del río. Sin embargo, los terrenos circundantes se elevaban cada vez más, fruto de obras que definían la zona como paseo y mirador, lo que provocó que la clave del arco estuviese casi en el plano del pavimento. Debido a esto, y para evitar los constantes peligros que se presentaban en épocas de riadas, en el año 1387, se hicieron grandes obras para elevarla.
Con los años se repitió el fenómeno, por lo que fue necesaria una segunda reforma en el año de 1.627, siendo Asistente de la Ciudad don Lorenzo de Cárdenas y Valda, según atestiguaba una gran lápida escrita en latín colocada en el lado interior de la torre, lindando con el costado izquierdo de la Puerta. Además, para acentuar la defensa, se construyeron al poco tiempo unos muros llamados malecones. Aún fue necesaria, por las mismas causas, una tercera intervención, que finalizó en el año de 1.779. La Puerta de la Barqueta fue demolida en el año 1.864, descubriéndose que de un lateral de ella partía un subterráneo que, tras varios quiebros y al cabo de unos cientos de metros, daba entrada a un espacio cuadrado y abovedado que contenía una gran piedra en su centro, que parecía haber servido de mesa. En este espacio aparecían también dos puertas tapiadas, una que apuntaba en dirección este y otra hacia el sur. Por el tipo de obra, se le supuso un origen romano, pero no se pudo detallar más, ya que fue ordenado su relleno con escombros, olvidándose a partir de entonces. Afortunadamente, Alfonso Álvarez-Benavides recogió el hecho en uno de sus artículos publicados en “El Noticiero Sevillano”, que en 2.008 reeditó en formato facsímil la Universidad de Sevilla.
1. Plano de situación en el callejero de Sevilla. 2. Vista intramuros desde la calle San Luis
3. Vista desde el exterior de la muralla.
4. Vista del arco una vez comenzadas las obras de la Basílica.  
En nuestro recorrido pasaríamos por el Postigo de la Feria o de la Basura que se situaba al final de la calle Feria, esquina con la calle Bécquer y del que apenas se tienen referencias. La muralla continuaba recta por la calle Bécquer hasta enlazar con la Puerta de la Macarena, de la que se desconoce con exactitud su aspecto original, aunque algunos historiadores recurren a la descripción que de ella  hizo Luis de Peraza en su “Historia de Sevilla” escrita sobre 1535: “[…]viniendo por el camino esta un arco almenado blanco […] pasado este arco entramos en una plaza grande en la cual estan dos arcos, al un lado uno y al otro otro, que a los lados del un cabo y del otro del campo van a dar, y entre los dos arcos estan dos altas y fuertes torres, y entre ellas una alta y fuerte puerta, dentro de la qual esta otra pequeña plaza y otra puerta que entra dentro de la ciudad” (sic). Nos remitimos al artículo de Daniel Jiménez Maqueda titulado La puerta de la Macarena. Un ejemplo de dispositivo poliorcético almohade en la muralla almorávide de Sevilla. En cuanto a su topónimo, puerta de la Macarena, aparece en el Repartimiento de Sevilla y en otros documentos castellanos entre los siglos XIII al XV. En aquella época fue conocida también con el nombre de Puerta del Campo. Según algunas teorías, en este enclave estaría una de las puertas del cardo maximus de la Hispalis romana y por ella se accedía a la villa y terrenos de un propietario romano de nombre Macarius, de ahí el nombre dado a la puerta. Mas no es solo ésta la única hipótesis planteada, aunque ninguna de ellas definitivamente probadas. Según el profesor de Historia del Arte en la Universidad de Sevilla, Andrés Luque, otras hipótesis sobre el origen del término lo relacionan con el Cerro Macareno o la idea de que pueda estar relacionada con el nombre, Macaria, de una hija de Hércules, pasando por las de origen latino cristiano que lo relacionan con el culto a San Macario, obispo de Jerusalén, o con la imagen que existía en la iglesia de San Gil dedicada a Santa Macrina, hermana de San Basilio el Grande, mientras que las de origen andalusí lo relacionan con los términos territoriales de Macarea y Magrana de ahí la denominación de Bad al Maqarna o la posibilidad de una princesa de origen andalusí cuyo nombre era Macarea. De todas estas hipótesis las que son más creíbles y utilizadas por los historiadores son las relacionadas con el origen romano y las relacionadas con los vocablos árabes.   
«Extremo serás del mundo, Sevilla, pues en ti vemos juntarse los dos extremos», inscripción que figuraba, según Fermín Arana de Varflora (seudónimo que fue de Fernando Díaz de Valderrama, historiador y biógrafo dominico) en Compendio histórico descriptivo de Sevilla, en uno de los arcos almenado de la puerta. A lo largo de los tiempos esta puerta reformada y reedificada en varias ocasiones, la primera de la que existe constancia fue la realizada por Hernán Ruíz Jiménez (el Joven) en torno a 1561, quien eliminó la barbacana y el acceso en recodo e incluyó los escudos con las armas de la ciudad en la cara interna y el de las armas reales en la externa, así como varias inscripciones. En 1588 se procedió a su ensanche bajo la dirección de Lorenzo de Oviedo, Maestro Mayor de los Reales Alcázares de Sevilla. En 1723 se acometió una reforma siendo alcalde de la ciudad Alonso Pérez de Saavedra, conde de la Jarosa. En el año 1795 se acometió la gran reforma que le llevaría a presentar el aspecto actual. Esta reedificación se realizó bajo la dirección de José Chamorro, arquitecto municipal, se configuró como aparece en la actualidad, haciendo desaparecer todas las inscripciones y escudos que la ornaban. Otra reforma se llevó a cabo en 1836 a raíz de realizarse obras defensivas ante las insurrecciones carlistas en su intento de dominar Andalucía, obras consistentes en un foso con parapeto y puente levadizo. Obras que desaparecerían en las demoliciones que se efectuaron entre los años 1858 a 1871, de las que esta puerta logró salvarse de la piqueta.
A través de esta puerta accedieron a la ciudad, después de rendir su pleito homenaje en un altar que había ante sus muros, varios reyes y reinas. Como lo hicieron los Reyes Católicos, aunque por separada. Isabel I de Castilla, lo haría en 1477, y el rey Fernando II de Aragón, en 1508. El 10 de marzo de 1526 lo haría el rey Carlos I de España para celebrar su boda con la princesa Isabel de Portugal, quien le había precedido en la llegada una semana entrando por esta misma puerta a la ciudad. En 1624 lo haría el rey Felipe IV.
1. Lápida superior a la izquierda del Arco. 2. Acto inauguración del azulejo decorativo en 1923.
3. Arco de la Macarena con la Basílica al fondo. 4. Lápida del centro a la izquierda del Arco.
5. Lápida inferior. 6. Azulejo desmontado para su restauración.
7. Azulejo restaurado. 8. Lápida superior a la derecha del Arco
9. Lápida inferior. 10. Pilar con la firma del alarife
Dejemos por un momento la historia y contemplemos la Puerta de la Macarena en la actualidad, hoy más conocida como Arco de la Macarena. La última restauración efectuada en ella se realizó en 1998, lo que nos recuerda una de las cinco lápidas incrustadas que aparecen en las columnas que la enmarcan, concretamente el inferior de las tres de la columna de la izquierda. La que figura en la parte superior de ellas corresponde a 1650 en la que se hace mención a una provisión de 1630 en la que a los guardas se les prohíbe salir a los caminos y apartarse de las puertas que deben vigilar. Debajo de ella aparece la que conmemora el día en que se celebró la colocación del retablo cerámico que aparece en la parte superior del conjunto que representa a la Virgen Esperanza de la Macarena, acompañado a su izquierda por los escudos de España y Sevilla y a la derecha por el de la Hermandad de la Esperanza. El retablo surgió de los talleres del insigne ceramista trianero Manuel Rodríguez de Tudela quien lo elaboró a instancias del consejero espiritual de la hermandad José Sebastián y Bandarán en su deseo de ver coronada la antigua puerta, siguiendo la tradición sevillana de colocar retablos callejeros. En él figura la siguiente inscripción: “Esperanza nuestra. Ella es Tabernáculo de Dios y Puerta del Cielo”. Es, según el decir de algunos el último retablo que salió del taller de Manuel Rodríguez. Su inauguración se produjo el día 27 de mayo de 1923 por la Infanta María Esperanza de Borbón. En 1995, dado su mal estado de conservación, se procedió a su restauración.
En el otro lateral de la puerta aparecen dos lápidas incrustadas que hacen referencia a las obras realizadas en los años 1723, bajo el reinado de Felipe V y en 1795 durante el de Carlos IV.
1. Muralla de la Macarena, dibujo de Richard Ford 1831 2. Grabado del siglo XIX.
Del 3 al 7. Diferentes tramos de la muralla y torreones 8. Torre Blanca, imagen sobre 1920
9. Tramo de muralla y la Torre Blanca en la actualidad.
Retomamos nuestro recorrido siguiendo el tramo de muralla, de unos quinientos metros, que nos llevará hasta la siguiente puerta. Tramo que recorreremos extramuros de la ciudad. Es de los mejor conservados entre los pocos que se salvaron de la piqueta. En él se pueden contemplar los torreones de aquella muralla y una de las torres defensivas, así como la barbacana defensiva que la rodea, construida a unos tres metros de distancia respetando el trazado y los ángulos de los torreones, espacio denominado liza. Los torreones son de planta rectangular separados entre sí por una distancia de unos 40 metros, por lo que nos encontraremos siete de ellos en este recorrido. Sobresalen de la muralla hacia el exterior. Las excavaciones realizadas en 1985 determinaron el origen almorávide de la muralla, de unos dos metros de ancho, construida a base de cal, arena y guijarros, más tarde los almohades aumentaron su altura y construyeron la barbacana, así como introdujeron la utilización de ladrillos en su construcción, algo que se puede observar en las dos filas que aparecen, separadas entre sí, por debajo del adarve de las torres. Tras pasar el primer torreón nos encontramos con la Torre Blanca, de planta hexagonal y dos pisos de altura. La parte superior trasera de la misma, la que da al interior de la ciudad, está cerrada con ladrillo y en ella existen cuatro huecos rectangulares con arcos de medio punto, dos en cada planta. Huecos que también se observan en los laterales de la misma, siendo los inferiores el único acceso a la torre desde el adarve. Cuando su utilidad militar no tenía sentido y fue abandonada, los indigentes y personas de pocos recursos buscaron refugio en ella, lo que dio origen a algunas leyendas, de esas que no pueden faltar en Sevilla. Una de ellas recoge la de una anciana, que se alojó en ella a finales del siglo XIX, a la que todos conocían como la Tía Tomasa, de ahí que muchos llaman a esta torre la Torre de la Tía Tomasa, según esa leyenda se dedicaba a secuestrar a los niños que por allí pasaban y los encerraba dentro de la misma. Otras hacen referencia a dos duendes que tomaron posesión de la torre en diferentes épocas. El primero de ellos fue el conocido como Rascafría, quien traía de cabeza al vecindario cuando por las noches se convertía en mono y emitía tan fuertes chillidos que los atemorizaba. El segundo, de nombre Narilargo, también actuaba de noche, como ocurre con todos los duendes, y desde el adarve se dedicaba a apedrear a cualquiera que pasara por sus inmediaciones, en otros momentos desarmaba a los guardias y facilitaba la entrada de los contrabandistas, para luego entregarles a los primeros alguna pieza de oro por las molestias causadas.
Este tramo de la muralla aún permanece almenado, como lo hubiéramos observado en aquel recorrido imaginario, lo que no veríamos en él son los dos postigos, que a golpe de piqueta abrieron en la muralla en 1911. De nada sirvieron las protestas elevadas por la Real Academia de Historia de Sevilla ante el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas, por lo que consideraban una actuación irregular sobre un monumento nacional. Construcción que llevó consigo, en ambos casos la desaparición de la barbacana y en uno de ellos, además, las almenas de la muralla. Entre uno y otro portillo observamos dos torreones almenados y la muralla con sus almenas hasta el segundo de ellos, a partir de ahí la muralla aparece desalmenada lo mismo que algunos de los torreones, hasta llegar al último torreón antes de la puerta de Córdoba, tramo que de nuevo aparece almenado. 
Llegaríamos al final de este tramo de muralla, que hoy se conserva, a la Puerta de Córdoba, situada frente al convento de Capuchinos y adosada a la iglesia de San Hermenegildo. Su nombre no aparece en las fuentes islámicas aunque sí en el Libro del Repartimiento y en otros documentos del siglo XIII. En cuanto a su origen, según Pedraza recibió este nombre por ubicarse en sus cercanías los repobladores venidos de Córdoba, mientras otros historiadores mantienen la teoría de que su denominación se debe a que desde allí partía el camino que llevaba a Córdoba.
Su estructura como torre-puerta con acceso en recodo único y protegido por barbacana, posiblemente de origen almohade, fue modificada en las obras de reforma emprendidas de 1560 y quedó, según el grabado de Tovar que se conoce, con doble torre y puerta central siguiendo las directrices de Hernán Ruiz (el Joven) autor del informe sobre las reformas de las puertas emitido en 1560. Cuando en 1867 se inicia el derribo del tramo de muralla comprendido entre la Puerta de Córdoba y la Puerta de Sol, la intervención de la Comisión Provincial de Monumentos paralizó el mismo durante algo más de un año. En 1869 esta torre-puerta sería demolida parcialmente, según el cronista Félix González de León, el buen estado de conservación de parte de ella evitó su derribo total, más el hecho de existiera en ella una capilla en honor a aquel príncipe visigodo, Hermenegildo, quien al convertirse al catolicismo y autoproclamarse rey de Sevilla despertó las iras de su padre, Leovigildo, lo que significó el cerco de la ciudad y tras su rendición, según la tradición, fue en esta torre donde permaneció detenido, torturado y decapitado. Algo que históricamente no pudo ocurrir pues la construcción de esta torre es de algunos siglos después (ver nuestra entrada del 3 de noviembre de 2014: Cuando el pasado se hace presente (5)). Fue, por tanto, también la tradición lo que evitó la demolición total de la torre-puerta del siglo XVI y el haber sido asignada su propiedad a la Hermandad de San Hermenegildo, fundada en 1248 y quienes habían erigido en su interior una capilla en su honor y memoria. Dadas sus limitaciones, entre 1607 y 1616 se edificó la iglesia de San Hermenegildo a la que se encuentra adosada y que hoy se puede contemplar, siendo la puerta de esta torre el acceso al interior del templo. Propiedad que es atestiguada por el descubrimiento, hace dos años de un pequeño azulejo en el templo en que se puede leer: “Declaradas por el Gobierno Supremo – de la Nación – propiedad de la Hermandad de San – Hermenegildo, su templo y cárceles; - se reedificaron año de 1871, - siendo administrador de la casa – el Presbítero – D. Manuel de – Sousa y Castro”, según recoge el historiador d. José Gestoso y Pérez en su obra Sevilla monumental y artística (1899-1902). Se cree que fue en 1569 cuando se colocó una lápida con una inscripción en latín y español en la que se hace referencia al martirio de San Hermenegildo. Por documentos iconográficos se sabe que aquella lápida, a mitad del siglo XIX, estaba colocada sobre el arco de la puerta, hoy en día puede observarse en la fachada principal de la iglesia.
Merece descabalgar unos momentos para visitar el interior de esta puerta, algo que no es posible efectuar con regularidad. Desde el interior de la iglesia, tras la puerta de acceso, nos encontramos un patio a cielo descubierto en el que se observa la estructura de esta torre-puerta perfectamente conservada. Subiendo por su escalera nos encontraremos una pequeña joya sevillana: un oratorio cubierto con un bello artesonado mudéjar en el que se venera a San Hermenegildo, enmarcado en la supuesta cárcel donde estuvo confinado hasta su ejecución.
Prosiguiendo nuestro recorrido pasaríamos por el tramo de muralla que unía la Puerta de Córdoba con la Puerta del Sol, muralla hoy inexistente y cuya demolición, en 1867, originó una serie de incidentes. Para quien sienta curiosidad por conocerlos puede acceder a este enlace (http://institucional.us.es/revistas/arte/25/vol_II/art_9.pdf), un pormenorizado estudio del doctor en Historia del Arte Alfredo José Morales Martínez. Aquel lienzo de la cerca sevillana nos llevaría hasta la Puerta del Sol, ubicada en la intersección de las actuales calles Sol y Madre Isabel de la Trinidad. Como en otras puertas de la cerca sevillana su topónimo no aparece en las fuentes islámicas aunque sí en el Libro de Repartimientos. En cuanto a su origen popularmente sería conocida con ese nombre debido al Sol que aparecía, grabado en piedra, en el dintel de la misma, aunque existen diversas teorías sobre su origen, desde las que señalan que la recibía por ser el acceso situado más al este de la ciudad y sobre el que incidían los rayos de sol en primer lugar, hasta los que sostienen que esta puerta estaba consagrada al astro rey, de ahí la figura que aparecía en su decoración. A través de fuentes documentales y gráficas se conoce que se trataba de una torre-puerta con acceso en recodo y protegida por una barbacana, característica técnica de las puertas de las cercas en al-Ándalus que, según Leopoldo Torres Balbás, fue introducida a principios del siglo XI por la dinastía Ziri en la taifa de Granada. Cuando las grandes reformas propuestas por Hernán Ruiz en las puertas de la muralla sevillana en 1560, la Puerta del Sol estaba incluida en su relación mas no debió afrontarse la misma hasta años más tarde pues aparece mencionada en documentos posteriores. Fue en 1595, bajo el mandato del Asistente don Pedro Carrillo de Mendoza, conde de Pliego, cuando se abordó su reforma haciendo desaparecer todos los elementos islámicos de la misma y quedando conformada por un arco de medio punto sobre el que se colocó una lápida conmemorativa de aquellas obras. Junto a ella existía una alta torre defensiva que popularmente era conocida como la Torre del Sol. Puerta y torre fueron demolidas en 1871.
Continuando con nuestro recorrido nos encontramos con el muro de la cerca sevillana que se construyó durante las obras de ampliación de la muralla bajo la dominación almorávide entre los años 1133 y 1134, y que debió ser reformado durante la época almohade según refleja la doble fila de ladrillos que aparecen en sus torreones. Hoy se conserva un lienzo, de unos 250 metros, de aquel muro que, en forma de L, cerca dos de los laterales de los Jardines del Valle desde su entrada en la calle María Auxiliadora siguiendo paralelo a la calle Sol, unos 70/80 metros, y girar 90 grados al norte para desaparecer, tras otros 170 metros, entre los muros de las viviendas. De él ha desaparecido la barbacana quedando solo la muralla y una serie de torreones en diferentes estados de conservación.
En 1403 se erigió en este lugar una casa convento por una comunidad de religiosas dominicas a quienes, en su disolución en 1507, sucedieron las betas de Santa Catalina de la Penitencia. En 1529 fue adquirido por los Franciscanos. En 1810, con la llegada de los franceses, aquel convento se cierra y en 1835 se produce su cierre definitivo hasta que en 1866 fue adquirido por la marquesa de Villanueva. Aledaño al convento se construyó, en 1757, la Real Fábrica de Salitre que dependió de la Real Hacienda hasta 1818 en que fue vendida a la familia Cárdenas, quienes al no conseguir el rendimiento esperado de la misma la cerró definitivamente.
Colegio del Valle
Durante un tiempo en estos terrenos vino celebrándose una feria de ganado hasta la compra, como hemos señalado, de los mismos por la marquesa de Villanueva quien estableció allí un colegio de las Religiosas del Sagrado Corazón, conocido como Colegio del Valle y que desapareció en 1975.
1. Antigua puerta del Colegio del Valle, en la calle los obreros colocan adoquines,
imagen de la década de 1910 2. Entrada actual a los Jardines del Valle que conserva
aquella puerta del colegio de donde han desaparecido las dos puertas laterales 
3. Vista interior de la puerta de acceso a los jardines 4, 5 y 6 Muralla de los Jardines del Valle
7. Arbusto en flor 8. Uno de los paseos 9 Brachichito rojo en los Jardines del Valle.
Momento en que fue adquirido por una inmobiliaria, lo que hacía presagiar la desaparición total no solo del edificio del colegio sino del jardín y la muralla, mas aquellos proyectos fueron frenados y todo el lugar quedó abandonado a merced de indigentes y otros personajes que hacían poco recomendable la visita al lugar, por lo que este lienzo de la muralla seguía siendo el más desconocido y los jardines, con su riqueza botánica, prácticamente intransitables. Hasta que en abril de 2010, tras las obras de reforma y acondicionamiento de la muralla y el derribo del muro que prácticamente aislaba el jardín sustituyéndolo por un cerramiento diáfano, fueron abiertos al público, permitiendo crear un pequeño remanso de paz en una zona donde el cemento, el asfalto y el intenso tráfico rodado dominan casi por completo, y que nos permite disfrutar de las especies vegetales del jardín con sus acacias blancas, limoneros, ciruelos, celestinas, damas de noche, adelfas, jacarandas, alguna robinia o falsa acacia, naranjos, alguna palmera y por su colorido nos llamará la atención el árbol de fuego o brachichito rojo y los conjuntos de flor de Pascua que en invierno adquieren un llamativo color rojo. O el conjunto de espinos de fuego que tras su floración, a final de primavera, se cubren de numerosos y vistosos frutos rojos. Y bordeando con la calle María Auxiliadora nos encontramos con un ejemplar de eucalipto rojo, originario de Australia, en donde llega a alcanzar los 60 metros de altura.
1. Plano de situación. 2. Dibujo de la Puerta Osario de Richard Ford, 1831.
3. Ilustración de Bartolomé Tovar, año 1878. 4. Detalle de “El Escriba”,
obra del pintor austriaco Ludwig Deutshc, virada a sepia
Nuestro recorrido nos llevará hasta la Puerta Osario, situada en la afluencia de las calles Puñonrostro y Osario. Su topónimo no está registrado en fuentes islámicas, aunque sí aparece en el Libro del Repartimiento y otros documentos del siglo XIII y posteriores, donde figura con el nombre árabe de Bib Alfat. En referencia al mismo, Jaime Passolas Jáuregui en su obra “Apuntes para conocer Sevilla” señala: "[…] quería decir Puerta de la Victoria, tal vez porque, según la tradición, por ella entraron los soldados vencedores de las escaramuzas y batallas que tenían con las tropas enemigas del Islam”. En referencia al nombre con que se la conoce, Osario, la mayoría de los historiadores lo asocian con la presencia, en las cercanías, de un cementerio musulmán. Rodrigo Caro, el historiador utrerano (1573-1647), mantenía que su nombre tenía un origen latino pues allí se ubicaba el “unzario (peso de la harina) que derivaría a “onzario” y de ahí a osario. Daniel Jiménez Maqueda en “Las puertas de Sevilla. Una aproximación arqueológica” hace referencia a la existencia de dicho peso en este lugar: "[…] En este sentido, hemos de decir que tenemos documentada la existencia de dicho peso al menos desde 1513”.
Mientras unos autores mantienen que se trataba de una torre-puerta con acceso en recodo y protegida con barbacana, otros mantienen que era de acceso directo y flanqueada por dos torres. La ausencia de representaciones iconográficas precisas contribuye a mantener estas dudas, mientras que el dibujo de Richard Ford de 1830 representa una puerta de notable austeridad sin torres en sus proximidades y con algunas casas adosadas, la descripción realizada por González de León realizada en 1839, apenas diez años antes de las reformas realizadas por Balbino Marrón, la presenta como una puerta defendida por dos torres bajas y con una lápida conmemorativa. Incluida en las reformas de 1560, las obras se iniciaron en 1573, se eliminaría la barbacana y el acceso en recodo, incorporándose el arco de medio punto, modelo de reforma que se utilizaría en la de la Puerta del Sol que antes hemos descrito. Es en estas obras donde se coloca la lápida a que hace referencia González de León en su descripción. Una nueva remodelación se efectuaría, que finalizó en 1849, en la que se incluyó, en su ornamentación, un escudo labrado en piedra en el que figuraban las armas de la ciudad de Sevilla y una inscripción en bronce. Reforma que duraría poco, pues, apenas veinte años más tarde, sería demolida antes de finalizar el año 1868.
Antes de abandonar este lugar permíteme, amable lector que me acompañas en este recorrido, recordar una leyenda que en torno a esta puerta es recogida por José María de Mena en su obra “Curiosidades históricas de Sevilla”, en la que nos habla de la presencia en este lugar, allá por el siglo XV, de un individuo que cobraba un maravedí por cada difunto que trasladaban al cementerio cercano. Impuesto que venía cobrándose desde mucho tiempo atrás, según las manifestaciones que aquel cobrador hizo cuando fue requerido para que explicara su cometido: “Señor, yo estoy en la Puerta Osorio con mi mesa, un papel y un tintero. Muerto que sale, maravedí que cobre. Así lo hizo mi padre y así lo hizo mi abuelo, y así lo hago yo”. Fue así como se descubrió que aquel impuesto no había sido implantado por las autoridades municipales y que todo era una argucia mediante la que aquel escribano vivía, como lo habían hecho sus antepasados. Fue detenido y condenado al destierro.
1. Plano de situación. 2. Detalle del dibujo de Richard Ford de 1831.
3. Litografía de Jenaro Pérez Villaamil, mediados siglo XIX.
4. Pintura de final del siglo XIX en donde aparece, a la izquierda la Alcantarilla de las Madejas sobre el Tagarete y a la derecha, junto a la Puerta de Carmona, el convento de san Agustín.
Dejando a un lado las leyendas y prosiguiendo nuestra cabalgada, la muralla nos llevaría hasta la Puerta de Carmona, ubicada al final de la calle San Esteban en la confluencia con la calle de los Tintes y la del Muro de los Navarros, en lo que actualmente es la calle Puerta de Carmona. Es una de las que posiblemente perteneciera a la antigua cerca romana, en ella acabaría el “decumano maximus” (calle que cruzaba la ciudad de este a oeste pasando por el foro) en la salida este de donde partían los distintos caminos que llevaban a Málaga, Granada o la comarca de Los Alcores (Carmona, El Viso del Alcor, Mairena del Alcor y Alcalá de Guadaira), Hasta ella llegaba el acueducto de época romana que abastecía de agua a la ciudad, los conocidos como Caños de Carmona, así como sería la puerta de entrada de los productos de Los Alcores para ser vendidos en los distintos mercados: pan, trigo, hortalizas, vino… Está documentada en diversas fuentes islámicas entre los siglos X y XII, con el nombre de Bab Qarmuna, en concreto Ibn Hayyan la describe como un acceso flanqueado por dos torres y precedido de una explanada, lo que puede darnos la idea de que era una de las principales puertas de acceso a la ciudad. Aparece igualmente reflejada en el Libro del Repartimiento y en variada documentación castellana de los siglos XIII al XV. El hecho de que no figure en la documentación elaborada por Hernán Ruiz en 1560 para la reforma de las puertas de la cerca sevillana a fin de suprimir los accesos en recodo y las barbacanas, viene a confirmar, de algún modo, su estructura de acceso directo. No obstante sí se realizaron obras de remodelación en ella como las realizadas a partir de 1576 bajo la dirección del “Maestro Mayor de la Catedral” Asensio de Maeda, y por mandato de Francisco Zapata de Cisneros, Conde de Barajas, asistente de Sevilla entre 1573 y 1579, en las que se unieron las dos torres mediante un entablamento coronado por un frontón curvo en el que aparecía un escudo con las armas de los Duques de Alcalá, mientras en el friso, en su parte exterior, aparecía una lápida conmemorando la reforma, y otra, en la parte interior, en agradecimiento al Conde de Barajas. Coronado todo el conjunto una figura de la Concepción, como se aprecia en la iconografía que se conserva de esta puerta.
1. Galería del manantial de Santa Lucía (Alcalá de Guadaira)
2. Litografía “Molinos árabes de La Mina”, Jenaro Pérez de Villaamil, 1842 
 3. Imagen de la Torre Blanca de mediados del siglo XX 4. Templete de la Cruz del Campo
5. Caños de Carmona dibujo de Joaquín Guichot y Parody, 1860, virado a sepia
Hemos hecho mención a que junto a ella se encontraban los Caños de Carmona, recordemos, pues, la historia de aquel acueducto que en 1911 estaba funcionando a pleno rendimiento, abasteciendo a la ciudad con las aguas de mayor calidad, debido a que las mismas eran recogidas del manantial de Santa Lucía, en el término de Alcalá de Guadaira, procedentes de filtraciones naturales, en un recorrido de 17,5 km aproximadamente. Un acueducto de la época imperial romana que, prácticamente, había desaparecido hasta que, en el siglo XII, Abu Yusuf Yaqud, emir almohade, ordenó la construcción del nuevo, obra realizada por el ingeniero al-Hayy Ya’is, según el relato del historiador Ibn Sahib al-Sala: “que encontró y reconstruyó la línea de los vestigios de la precedente aqua romana hasta inaugurarse, en 1172, el nuevo acueducto”, obras que incluían la construcción de un gran aljibe en el interior de la ciudad desde donde se repartía el agua para el abastecimiento del Alcázar, algunas fuentes públicas, palacios, baños y algunas casas de los dignatarios musulmanes, así como para el riego de las huertas del palacio de la Buhaira. El resto de los ciudadanos seguirían abasteciéndose de las aguas del Guadalquivir. Obra de envergadura y sin par en España pues para su construcción se utilizó como único material el ladrillo para, en sus últimos cuatro kilómetros, convertirse en acueducto a cielo abierto hasta Sevilla. En el siglo XIII se realizaron reparaciones para su mantenimiento, y en el XIV se acometió la gran reforma añadiéndole nuevos arcos. Aquel acueducto discurría en cuatro partes diferentes: su origen en el manantial de Santa Lucía transcurría bajo tierra hasta la Torre Blanca, que por entonces era solamente un torreón del sistema defensivo de la Sevilla musulmana y que, además, servía como protección al acueducto, en torno a esta torre surgió lo que hoy es la barriada de Torreblanca; desde allí en un canal artificial se prolongaba hasta la Cruz del Campo posibilitando el riego de huertas en sus márgenes, canal que fue sustituido por una canalización aérea de inspiración romana; desde la Cruz del Campo, ya convertido en acueducto llegaría hasta la Puerta de Carmona, donde se iniciarían las canalizaciones intramuros.
A finales del siglo XIX el abandono y descuido en su mantenimiento llevó a que sus arcos fueran refugio de pastores, familias pobres sin techo, y trashumantes a la vez que de delincuentes, hasta que el vecindario de la Puerta de Córdoba y del barrio de la Calzada comenzó a elevar sus protestas por el peligro que suponía su existencia. Ante la presión ciudadana el 29 de enero de 1912 se comenzó la demolición del acueducto, noticia que recogía la prensa diaria y que originó una protesta de la Academia de la Historia. Demolición que no llegaría a completarse hasta 1959 cuando se iniciaron las obras de ampliación de la ciudad.
1. Derribo del acueducto, presencia de las autoridades en el mismo.
2. Tramo del acueducto, a la izquierda los primeros edificios de La Candelaria
y al fondo la cárcel de la Ranilla.
3. Lienzo del acueducto en la actualidad en la calle Cigüeña (Los Pájaros).
4. Obras de demolición del acueducto en 1911.
5. Puente de las Madejas junto al tramo del acueducto que cruzaba
 el arroyo Tagarete, por el que pasaba el tranvía, 1909.
6. Lienzo del acueducto en la calle Luis Montoto esquina con Jiménez Aranda.
7. Noticia de prensa del derribo del acueducto. 8. Puente de la Calzada años antes de su derribo en 1991. 9. Lienzo del acueducto que se conserva en la calle Luis Montoto
junto a la intersección con Amador de los Ríos.
De aquel acueducto, en la actualidad, solo  quedan tres tramos de pequeña longitud. Uno de ellos a la altura de la calle Cigüeña de la barriada de Los Pájaros (Pajaritos en el conocer popular), restos de aquel tramo que aún podía verse completo desde las proximidades de la avenida de la Cruz del Campo hasta la carretera de Su Eminencia en la década de los cincuenta del siglo pasado y que fue derruido para la expansión de la ciudad. De aquella destrucción de 1911 se salvó otro tramo al formar parte del cerramiento una propiedad privada, la antigua Huerta de la Alcantarilla de las Madejas que tomaba su nombre por estar próxima a la Alcantarilla de las Madejas que, al parecer se conocía son ese nombre por los dibujos que aparecían en las enjutas de los arcos. Adosado al acueducto había un puente alcantarillado que permitía cruzar el arroyo del Tagarete y por el que circulaba el tranvía que unía el barrio de la Calzada con el centro de la ciudad. Una parte de este tramo se conserva en la calle Luis Montoto esquina de Jiménez de Aranda, aquella que no fue demolida para proceder a la construcción, en 1931, del que se conoció como Puente de la Calzada que uniría, salvando el trazado ferroviario que llegaba hasta la estación de San Bernardo, la avenida de Luis Montoto y la Puerta de Carmona. Fue en 1990, cuando se iniciaron las obras previas a la Expo 92, cuando se demolió este puente y en el talud de subida apareció un tramo del acueducto, es el tercer tramo que hoy puede contemplarse en el centro de la calzada de la calle Luis Montoto junto a la intersección de la calle Amador de los Ríos.
De esta manera Sevilla perdió la oportunidad de conservar entre sus tesoros arquitectónicos un acueducto que hubiera competido con el de Segovia, aquel conservado en su construcción original romana y este en la grandeza y espectacularidad de su construcción entera a base de ladrillos única en España.
Plano de localización y diversas representaciones iconográficas
de la Puerta de la Carne en el siglo XIX.
Retomando nuestro recorrido la muralla transcurría, desde la Puerta de Carmona, entre las actuales calles Menéndez Pelayo y Tintes, hasta el Postigo del Jabón del que solo conocemos el nombre y su proximidad al barrio de la judería. Uno más de los accesos a la ciudad que han desaparecido a lo largo del tiempo sin apenas dejar rastro, ni siquiera un recuerdo pictográfico queda de él. Al final de la calle Santa María la Blanca, en la unión con la calle Cano y Cueto, nos encontraríamos frente a la Puerta de la Carne, topónimo que no aparece en las fuentes islámicas ni en el Libro del Repartimiento de Sevilla, mientras que en las fuentes castellanas, entre los siglos XII y XIV se la denomina como Puerta de la Judería. En documentos de principios del siglo XV aparece con el nombre de Bib Johar o Minjoar relacionado con el nombre del alarife que la construyera y que algunos autores identifican como de origen musulmán, aunque algunos otros dicen ser de origen judío. Algunos estudiosos también la relacionan, en época musulmana, con el nombre de Puerta de las Perlas. Es a partir de 1426 cuando se comienza a conocer con el nombre de Puerta de la Carne, a raíz de establecer en las proximidades el matadero de la ciudad, ya que la carne procedente del mismo entraba por la misma en dirección a la plaza de la Alfalfa donde se ubicaban las carnicerías reales. Aparecía en el listado elaborado por Hernán Ruiz en 1560 sobre las reformas de las puertas de la cerca sevillana, lo que hace suponer que sería una puerta en recodo y con barbacana, aunque no se conoce si realmente se llevaron a cabo las obras en aquellos momentos. En 1576, siendo asistente de Sevilla el Conde de Barajas, y bajo la dirección de Asensio de Maeda, se procedió a la reforma total de la puerta en la que se incluyeron varias lápidas, en su fachada exterior una lápida con una inscripción dedicada a los tres personajes que marcaban la historia de Sevilla en la que, en latín, se leía: “Condidit Alcides, / renovavit Julius urbem / Restituit Christo / Ferdinandus tertius heros.”, que podría traducirse como: “Hércules la construyó / Julio (César) renovó la ciudad / Para Cristo la restituyó / el héroe Fernando tercero”, enmarcada entre dos óvalos que recordaban al rey Felipe II. En la parte superior aparecía, labrado en piedra, el escudo de las armas reales. En su cara intramuros aparecían otras dos lápidas de forma ovalada, una de ellas dedicada a San Isidoro y San Leandro y la otra al promotor de su restauración, el asistente Francisco Zapata de Cisneros.
A partir de aquel momento, en el transcurso del tiempo, se harían otras reformas debido a su deterioro o por las consecuencias derivadas de acciones bélicas sucedidas en su entorno, así algunos estudiosos señalan obras realizadas en 1696, en 1796 y otras en 1847. Al parecer por esta puerta fue por donde las tropas napoleónicas abandonaron definitivamente la ciudad el 12 de agosto de 1812. Años más tarde este entorno sería testigo del levantamiento popular acontecido tras la proclamación del Cantón Andaluz el 18 de julio de 1873, reducido contundentemente por las fuerzas del general Pavía. Finalmente fue derribada entre marzo y julio de 1864 desapareciendo para siempre cualquier vestigio de ella.
Y por último, señalar que es en el matadero que dio nombre a esta puerta donde Cervantes enmarca parte de la acción de su cuento “El coloquio de los perros” y en el que hace nacer a Berganza en aquel lugar: “Paréceme que la primera vez que vi el sol fue en Sevilla y en su Matadero, que está fuera de la Puerta de la Carne; por donde imaginara (si no fuera por lo que después te diré) que mis padres debieron ser alanos de aquellos que crían los ministros de aquella confusión, a quienes llaman jiferos...
Cercano al lugar donde se encuentra la Puerta de la Carne, que, como hemos señalado estaba directamente relacionada con el barrio de la judería, en la calle Fátima se conserva un pequeño paño de la muralla interior que cercaba aquella alcazaba. Son peculiares en ella las piedras de molino incrustadas, cuyo objetivo era preservarla de los roces de los cubos de las ruedas de los carros, elemento primordial de transporte, que circulaban por la calle aledaña. Peculiaridad que encontramos en otros lugares del barrio de Santa Cruz y a lo largo de diferentes calles sevillanas. En el siglo XVI, ante la carencia de una cantera de piedra cercana a la ciudad, los constructores adoptaron esta ingeniosa práctica para proteger las fachadas de las casa señoriales que con frecuencia sufrían el deterioro que producía, como hemos señalado, el roce continuado de los bujes de los carros.
1. Lateral del trozo de muralla con las conducciones de agua. 2. Primer torreón.
3 y 4. Segundo torreón desde dos perspectivas distintas.
Nuestro recorrido alrededor de la cerca sevillana nos llevaría hasta la plaza de los Refinadores donde comienza lo que hoy son los jardines de Murillo, huertas que fueron de los jardines del Alcázar. Penetrando en ellos vemos, junto a su entrada desde la plaza, un trozo de aquella cerca en la que se observan las conducciones en cerámica que transcurrían por su interior para la distribución del agua. Junto a este trozo de muro se encuentra uno de los torreones, de sección cuadrada, cuyos restos corresponden a lo que fue su cuerpo inferior macizo, habiendo desaparecido el cuerpo superior abovedado que se elevaba por encima del adarve de la muralla. Tras atravesar la calle Nicolás Antonio aparece otro torreón, igualmente de sección cuadrada, desprovisto de almenas y que, posterior a la construcción de la muralla, debió ser recrecido con dos nuevas plantas a partir de lo que fue su azotea. Con la particularidad de que en su lateral principal aparecen diferentes elementos en cada uno de sus cuatro cuerpos: en la parte inferior un escudo; en el primer cuerpo, a la altura del adarve, un vano pequeño de forma cuadrada; y en los dos superiores, otros dos rematados en arcos de medio punto.
De haberse mantenido, la muralla nos llevaría hasta la plaza de Alfaro donde de nuevo surge uno de los tramos de la misma. En su inicio, de nuevo encontramos, empotradas en su interior, las antiguas conducciones de agua, junto a ellas figura una placa en la que se puede leer: “MURALLA DE LA CIUDAD / DE EPOCA ISLAMICA (S. / XI-XII), QUE CONTIENE / LAS CONDUCCIONES QUE / EN PERIODO CRISTIANO / SUMINISTRABAN AGUA / AL REAL ALCAZAR Y A / LA CIUDAD.
Este tramo de la cerca sevillana discurre a lo largo de, aproximadamente, 130 metros el callejón del Agua hasta su entronque con la calle Vida, conservando las almenas y el adarve y cuatro torreones, equidistantes entre ellos, en diferentes estados de conservación. El primero en el inicio del callejón desde la calle Antonio el Bailarín, el mejor conservado en su estructura inicial, es de planta cuadrada en la que se observa la doble faja de ladrillos típica de los torreones almohades, su parte inferior, hasta el adarve, de construcción maciza y un segundo cuerpo abovedado por el que se accedía a la azotea. A continuación, a unos 40/50 metros se conserva otro torreón, este desalmenado y recrecido en altura. Más adelante aparece, parcialmente oculto por la vegetación, otro torreón del que solo se conservan restos, y en el entronque con la calle Vida aparece, parcialmente cubierto por las construcciones a él adosadas, el último de los torreones de este lienzo de la muralla.
Los niños de Murillo, una serie de obras, tal vez menos conocidas,
que recoge la vida y el mundo de aquellos niños sevillanos, pilluelos y harapientos,
que bien podrían representar a aquellos que Cervantes describe en su novela.
La muralla continuaría hasta el final de la calle Judería, donde se encontraba el Postigo del Alcázar, conocido también, en diversas épocas como Postigo del callejón de la Judería o de la Huerta del Retiro. Su construcción se cree que fue realizada durante la dominación almohade en el mismo lugar existía, desde época califal, una torre-puerta. Este lugar es recogido por Cervantes en sus Novelas Ejemplares, como hizo en otras ocasiones con otros sitios de la ciudad de Sevilla, en este caso en el cuento de Rinconete y Cortadillo, donde leemos: […] A Rinconete el bueno, y á Cortadillo se les dá por distrito hasta el domingo desde la torre del Oro, por de fuera de la ciudad, hasta el postigo del Alcázar, donde pueden trabajar á sentadillas con sus flores (trampas): que yo he visto á otros de menos habilidad que ellos salir cada dia con mas de veinte reales en menudos, amen de la plata, con una baraja sola, y esa con cuatro naipes menos” (sic).
1. Plano de situación. 2. Representación iconográfica.
3. Puerta de San Fernando y feria de Sevilla de Joaquín Domínguez Bécquer, 1867, virado a sepia.
4. Puerta de San Fernando, Prado de San Sebastián, feria de ganado de
Andrés Cortés y Aguilar, 1856.
Desde allí nos llevaría hasta la Puerta de San Fernando, al final de la calle del mismo nombre, y que comunicaba la ciudad con el Prado de San Sebastián, puerta que se conoció también con el nombre de Puerta Nueva, por ser la última construida ya en 1760 para dar servicio a la Fábrica de Tabacos. Construcción que ha generado controversia entre los estudiosos del tema, pues se discute si fue levantada en una o dos fases y hasta la posibilidad de que fuera una puerta tapiada a raíz de la conquista castellana. Un interesante estudio sobre ello lo encontramos en el documento “La Puerta Nueva o de San Fernando” de José Manuel Suarez Garmendía que se puede encontrar en las redes en pdf, del que entresacamos: “[…] ambas puertas están giradas 45 grados su posición normal presentando una gran convergencia en sus lados hacia el interior, cuando lo más lógico es que éstos fueran paralelos. Por otra parre, la distancia mínima entre ambas es de 8 metros aproximadamente lo que está fuera de toda lógica por su cercanía, sobre todo teniendo en cuenta que eso es lo que miden sus bases. Esto nos lleva a suponer que estas torres no eran de la cerca de la ciudad, al menos una de ellas.” Para acabar exponiendo: “La única explicación posible que encontramos es que esta puerta se realizó en dos fases. Primero la parte que mira a la ciudad, construida por Van Der Borcht, cuya apertura se realiza el año 1760. […] Esta interrupción en las obras de la fábrica no sabemos si fue debida a la destitución de Van Der Borcht, que sucedió en 1776, pero queremos hacer notar que el foso quedó sin terminar también en la zona sur, a pesar de la inscripción en el puente del Rastrillo que lo da por concluido en 1770. […] Desde aquí, por no tener mejores argumentos, apuntamos la posibilidad de que este frente de la puerta se realizó a finales del siglo XVIII o principios del XIX. Incluso nos atreveríamos a señalar como autor de la misma a José Echamoro que por estas fechas era Maestro Mayor de la ciudad y también había realizado una remodelación importante en la Puerta de Córdoba de su ciudad natal de Carmona.”
Formada por un arco de medio punto de gran tamaño, con una pareja de columnas a cada lado, dóricas las exteriores y jónicas las de dentro su existencia fue corta, pero intensa. Además del servicio que prestó a la ciudad y a la Fábrica de Tabacos por ella salió el rey Fernando VII y por ella entraron los Duques de Montpensier, además fue la portada de la Feria de Abril desde su instauración hasta que en 1868 la puerta fue demolida.
La muralla continuaría, en un tramo prácticamente recto, por el centro de la actual calle San Fernando, como se aprecia en la imagen correspondiente al plano de Olavide de 1717 y en la litografía de Alfred Guesdon de 1853, aunque en ésta cubierto, en parte, por la Real Fábrica de Tabacos, edificio que se comenzó a construir en 1728 y que conllevó la modificación sustancial de esta zona de la ciudad con la apertura de la actual calle San Fernando entre la Puerta de ese mismo nombre, que como hemos señalado es obra de estos años, y la de Jerez; la modificación del arroyo Tagarete que se aboveda en este tramo de su discurrir; y la reforma del trecho de la muralla islámica junto a la que se erigió, que fue rehecha en fábrica de ladrillos en la que se abre una puerta como se aprecia en la imagen correspondiente, obra de Francisco Javier Parcerisa i Bada de 1856. En 1868, junto la Puerta de San Fernando, fue derribado todo este lienzo de la muralla levantándose sobre su trazado la antigua verja que delimitaba la Fábrica de Tabacos, verja que apreciamos en esa instantánea de 1910 de una calle San Fernando extraña para nuestros ojos por la estrechez de la misma.
Fue en el año 2004, al realizar las obras para la construcción de la línea 1 del Metro de Sevilla y la estación de la Puerta de Jerez, cuando afloró de nuevo aquel tramo de la muralla islámica originado por la ampliación de la misma en época almohade entre finales del siglo XII y XIII. Excavación que permitió conocer las características del mismo: muro de unos 2,4 metros de ancho con barbacana de 1,5 metros aproximadamente, con seis torreones y foso defensivo. Así como el descubrimiento, entre otros, de restos de la época romana correspondientes a una vía pavimentada con grandes losas de pizarra sobre los que se habían cimentado las construcciones de la época islámica.
Si la primera actuación sobre este tramo de la cerca almohade significó su reforma para erigir una de las joyas que se conservan de la arquitectura sevillana, la Real Fábrica de Tabacos, uno de los mayores edificios industriales y de los de mejor arquitectura, que llegó a ser calificado por Richard Ford, el gran viajero inglés, como “El Escorial tabaquero”, hoy sede de las facultades de Filología y la de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla; la fiebre reformista del siglo XIX acabaría con él; cuando, tras las mencionadas excavaciones, se podrían haber buscado soluciones que permitieran conservarlos a la vista, hemos de conformarnos con recordarlos a través de unas simples fotografías, pues tras ser catalogados fueron cubiertos de nuevo bajo el cemento y el asfalto. A algunos parece importarle poco la HISTORIA, con mayúsculas, de esta, que lo fue, monumental ciudad de Sevilla.
Plano de situación y diferentes representaciones iconográficas.
Este tramo nos llevaría hasta la Puerta de Jerez, que debe su nombre a que desde aquí partía el camino que llevaba a la ciudad de Jerez de la Frontera. Ubicada al final de la avenida de la Constitución, entre la esquina de la calle San Fernando y el centro de la actual plaza de Jerez. Se cree de construcción almorávide durante el mandato del emir Alí ibn Yusuf  (1106-1143). Aunque se carece de pocos datos de aquella puerta original, al parecer estaba enmarcada entre dos torres y su acceso era en recodo. El interior lo cubría una bóveda y el remate estaba coronado por un cuerpo de almenas. Estaba incluida en la relación de Hernán Ruiz para las reformas de las puertas de la cerca sevillana y las obras para la misma se iniciaron en el año 1561 en las que se suprimió el acceso en recodo dejando así una puerta de acceso directo, reforma en la que se añadirían una serie de elementos arquitectónicos y ornamentales, como las medias columnas a cada lado del hueco, el escudo con las armas reales sobre el arco y una lápida que conmemoraba aquellas obras y algunos investigadores señalan también este momento para la colocación de una lápida con un texto similar al que aparece en la Puerta de la Carne en que se resume la historia de la ciudad. En el año 1848, y sobre un proyecto de Balbino Marrón, se iniciaron las obras de una nueva Puerta de Jerez, de la que hoy se han conservado varios documentos iconográficos que la representan. De estilo neoclásico con carácter monumental estaba formada por un gran arco de medio punto flanqueado por dos pares de columnas de estilo toscano. De ella partía un puente que salvaba el arroyo Tagarete y que fue derribado y cubierto en 1858. Su existencia fue efímera pues sería derribada el 24 de septiembre de 1864.
1. Edificio donde en la actualidad está colocada la placa y detalle de la misma.
2 y 3. Tramo de calzada romana repuesto.
4. Detalle del grabado que se utilizó en la edición de las Novelas Ejemplares de 1793
Respecto a la lápida, a que hemos hecho referencia, con los versos que recogen la historia de Sevilla que textualmente transcrito dice: “HERCULES ME EDIFFICO / JULIO CESAR ME CERCO / DE MUROS Y TORES ALTAS / EL REY SANCTO ME GANO / CON GARCI PEREZ DE VARGAS”. Existe divergencia sobre cuando fue colocada, algunos la sitúan en 1578, otros en 1622, aunque en la que se conserva se recoge la mención a Felipe IV, rey de España entre 1621 y 1640, lo que sí se conoce es el recorrido que hizo a partir de la reforma del año 1836 en que se derribaron los torreones. En aquellos momentos fue llevada a San Telmo, de donde se trasladaría al Museo Arqueológico Provincial, donde permaneció hasta la década de los setenta del siglo XX en que colocada en el chaflán del edificio en la confluencia de la calle Maese Rodrigo y la Plaza de la Puerta de Jerez. Lo que la lleva a pasar prácticamente desapercibida.
Lo mismo que ocurre con el tramo de calzada romana que, a la altura de la entrada al Hotel Alfonso XIII, se repuso en 2011 con las losas recuperadas durante las obras de construcción del aparcamiento subterráneo de la avenida de Roma. Sin indicación ninguna sobre lo que realmente representan, parecen más un simple elemento decorativo que lo que realmente son, milenarias piedras que un día formaron parte de la más antigua historia de aquella Hispalis romana.
Por último señalar que, de nuevo, Cervantes que en sus obras cita diferentes lugares de Sevilla, en esta ocasión hace referencia a la Puerta de Jerez en “El coloquio de los perros”, donde Berganza relata las peripecias de su amo: “Mas alto picaba mi amo, otro camino era el suyo: presumia de valiente y de hacer prisiones famosas: sustentaba la valentía sin peligro de su persona, pero á costa de su bolsa. Un dia acometió en la puerta de Jerez él solo á seis famosos rufianes, sin que yo le pudiese ayudar en nada…” (sic) O en “La española inglesa”: […] jamás visitó el rio, ni pasó á Triana, ni vió el comun regocijo en el campo de Tablada y puerta de Jerez el dia, si le hace claro, de San Sebastian, celebrado de tanta gente, que apenas se puede reducir á número…” (sic)
1. Plano de situación. 2. Postigo del Carbón junto a la Torre de la Plata
en el grabado de Johannes Janssonious de 1616.
3. Imagen actual de los restos del postigo. 4. Azacán o aguador.
Continuando por la actual calle Almirante Lobo en donde la cerca hacía un giro pronunciado, llegaríamos hasta el Postigo del Carbón ubicado, junto a la Torre de la Plata, en la actual calle de Santander a la altura de la calle Temprado. En las fuentes islámicas aparece identificado con el topónimo de bab al-Kuhl, en tanto que otras fuentes han llegado a anotar hasta tres denominaciones más: Postigo de los Azacanes, nombre derivado de los aguadores que estaban próximos a aquel lugar; Postigo del Oro, debido a que era el lugar de entrada del oro que venía de los nuevos territorios conquistados en ultramar; y Postigo de las Atarazanas, por estar próximo también a las mismas. Según algunos historiadores su apertura se produjo durante el reinado de Alfonso X “el Sabio” como acceso a las Reales Atarazanas construidas durante el mismo. Está documentada la realización de obras de reforma en 1566 en las que se realizó un arco nuevo. Entre los años 1585 y 1587, bajo la dirección de Asensio de Maeda, fue de nuevo reformado. En el año 1867 fue derruido y en la actualidad lo único que se conserva son los restos del paño aledaño a él, donde se ve un azulejo con la imagen de la Virgen del Carmen colocado sobre 1925.
1. Fachada del antiguo edificio de la Cilla, hoy parte del Archivo de Indias,
con la torre embutida en ella. 2. Detalle de la Torre de la Cilla.
3. Dibujo de Richard Ford de 1832 donde aparece la
Torre de Abd el-Aziz y el Arquillo de la Plata.
4. La Torre de Abd el-Aziz en la actualidad. 5. Arquillo de la Plata actualmente.
6. Montaje simulando el ondear del pendón del rey Fernando desde la Torre de Abd el-Aziz.
7. Restos de la torre aparecidos en el edificio número 1 de la calle Santander.
En 1220 los almohades reforzaron los sistemas defensivos de la ciudad y emprendieron la reforma de la coracha (lienzo de muralla entre la cerca principal y una torre albarrana) cuyo objetivo era la protección del puerto y el Alcázar. Merece la pena hacer un alto en nuestra cabalgada para, desde este punto al pie de la Torre de la Plata, conocer la composición de aquella coracha que discurría desde el ángulo más meridional del Alcázar hasta el río, en cuyo recorrido se elevaban, como ocurría en la muralla principal, una serie de torres cada 40 o 50 metros, algunas con características particulares y de las que algunas han llegado al presente. La primera de ellas estaba situada en la actual calle santo Tomás, junto al edificio de la antigua Cilla (casa donde se recogían los granos). Una torre de planta cuadrada construida con ladrillo en cada una de sus caras y bloques de piedra labrada en las esquinas. Hoy se puede ver embutida en la fachada de aquel edificio construido en 1770, en donde son visibles, bajo las almenas, las dos franjas típicas de los almohades.
La siguiente es la Torre de Abd el-Aziz, cuyo nombre procede del emir Abd al-Aziz ibn Musa, gobernador de al-Ándalus nombrado por su padre Musa al-Aziz en el año 714, y que residió en Sevilla hasta el año 716 en que fue asesinado. Ubicada en la confluencia de la avenida de la Constitución con la calle santo Tomás, es conocida también con el nombre de Torre del Homenaje pues, según la leyenda, fue en ella donde primero ondeó el pendón castellano tras la conquista por el rey Fernando en 1248. Es de planta hexagonal, con lados de 1,5 metros de ancho y una altura, aproximada, de 15 metros. Su construcción es de ladrillo con refuerzos de piedra labrada en los ángulos y en la base, la que permanece oculta por el crecimiento del nivel de la calle. Como todas las torres almohades presenta las dos fajas características de estas construcciones. Tras las excavaciones realizadas en el Patio de la Montería se conoce que debió construirse a mediados del siglo XII durante el proceso de ampliación emprendido por los almohades. Cercano a ella, pero sin pertenecer a la muralla defensiva, se encuentra el Arquillo de la Plata, conocido también como Postigo de Abd al-Aziz o de la Victoria, abierto durante aquella ampliación sería el acceso principal desde la alcazaba interior.
En el año 2012, durante las obras de restauración del inmueble número uno de la calle Santander aparecieron los restos de otra de aquellas torres de planta cuadrada con la típica construcción almohade. La torre se encontraba partida por la mitad y se dató su construcción entre finales del siglo XI y principios del XII. Hoy se conserva visible inmersa en el negocio de restauración que en el local se instaló. A raíz de su descubrimiento pronto fue bautizada con el nombre de Torre de Bronce, aunque el mismo nada tiene que ver con sus orígenes y que por ser una más de las que formaban el recinto defensivo, sin unas características especiales, carecería de nombre, como bien señaló Gregorio Mora el arqueólogo responsable del estudio del descubrimiento.
1. Croquis de la Torre de la Plata. 2. Torre de la Plata con mi deseo de que deje
de ser la gran olvidada y luzca el esplendor que merece su historia.
3. Dírham almohade acuñado en la ceca de Sevilla.
4. Detalle de la parte superior de la torre donde se aprecian las almenas anteriores.
5. Detalle del cuadro “Vista de la Catedral de Sevilla desde el Guadalquivir”,
de Nicolás Jiménez Alfaro, 1893.
6. Plano de Vermondo Resta del Corral de las Herrerías.
7. La Torre de la Plata tras el derribo del garaje.
8. La torre cubierta casi en su totalidad por las viviendas adyacentes
de la actual calle Postigo del Carbón, vista desde la calle Temprado.
9. Vista de la torre desde el parking.
La coracha continuaba hasta la Torre de la Plata, que tras la conquista de la ciudad por el rey Fernando se denominó Torre de la Victoria y durante el reinado de su hijo Alfonso X “el Sabio” llegó a conocerse con el nombre de Torre de los Azacanes, ninguna de cuyas denominaciones cuajó en el argot popular que prefirió siempre el de Torre de la Plata. Ubicada, como hemos visto, en la calle Santander a la altura de la confluencia con la calle Temprado, es de planta octogonal y contaba con tres plantas. La inferior, a la altura del suelo del siglo XII, momento de su construcción, es la única que conserva su estructura original. Desde un pilar central con ocho lados parten los arcos que sostienen y dividen la bóveda. Los muros son de piedra sin labrar unidos con argamasa hasta la altura donde se sientan los arcos a partir de donde se utilizó la técnica de tapial con sillares en las esquinas. Esta planta debió de utilizarse bien como aljibe o recolector de aguas, o tal vez como calabozo. Las plantas superiores debieron sufrir considerables daños y fueron reconstruidas, durante la segunda mitad del siglo XIII, con bóvedas de crucería del más puro estilo gótico. Los arcos de medio punto de la cámara superior corresponden a la reconstrucción del siglo XIII. En cada una de las caras exteriores de la torre se observan las típicas molduras o franjas que los almohades solían poner en sus torres, pudiéndose notar por debajo de las dos superiores otra línea de almenas que da idea de que la torre fue recrecida.
En cuanto a su topónimo son varias las versiones que se barajan, una de ellas mantiene que se deriva de su cercanía a la ceca de Sevilla, donde se acuñaba la moneda de curso legal, que durante la época musulmana tenía como elemento fundamental la plata. Otros mantienen que se debió a que, en el argot popular, se adoptó ese nombre en contraposición al de la Torre del Oro cuando la ciudad fue conquistada por los castellanos. Mientras que Diego Ortiz de Zúñiga, cronista del siglo XVII, hace referencia a que, en el exterior, sus paredes estaban totalmente cubiertas por un enlucido blanco, de ahí que él dijera: “semejante blancura semejaría tersa y bruñida plata”. Algo que parece quiso resaltar el artista Nicolás Jiménez Alperi en su obra “Vista de la Catedral de Sevilla desde el Guadalquivir”, de 1893, en donde aparece totalmente revestida de blanco.
Cuando las murallas fueron perdiendo su utilidad defensiva, la torre y sus muros, al igual que ocurrió en otros muchos lugares de la cerca sevillana, sirvieron como soporte a viviendas, almacenes y otros edificios. En el siglo XVI los terrenos aledaños a ella, conocidos como “Atarazanas de los Caballeros” comienzan a ser transformados y parte de ellos, a raíz de terminar las obras de la Casa de la Moneda, fueron conocidos como “Corral de Segovia” (1594) y más tarde con el nombre de “Corral de las Herrerías”, quedando así la torre inmersa entre una serie d edificaciones como aparecen en el plano atribuido a Vermondo Resta, Maestre Mayor de los Reales Alcázares. Para quien sienta mayor curiosidad por conocer la historia de este lugar me remito al estudio de la profesora de la Universidad de Sevilla, Piedad Bolaños Donoso (http://personal.us.es/piedad/pdf/1997_1.pdf).
Quedaba así, como hemos señalado, la Torre de la Plata inmersa en las edificaciones que se levantaron a su alrededor y sin uso hasta el siglo XVII, cuando Vermondo Resta concibe el Corral de las Herrerías como un espacio ideal para desarrollar un conjunto arquitectónico que diera cabida a una población de bajo poder adquisitivo y cuya actividad laboral se relacionaba directamente con las industrias del hierro y carbón próximas al lugar, conjugándolas con otras directamente relacionadas con la actividad de la Casa de la Moneda con edificios y espacios destinados al almacenamiento y tráfico de los productos relacionados con el comercio. Así permaneció hasta que en 1868, tras el derribo del lienzo que la unía a la Torre del Oro, comenzó  su declive llegando a ser utilizada como cobijo por indigentes, hasta que en 1992 fue restaurada parcialmente, y se derribó el garaje que estaba colindante convirtiéndolo en un aparcamiento al aire libre que permite ver la torre desde un ángulo hasta entonces desconocido.
En la parte superior, a la izquierda, una toma área de 1960 donde se aprecia, apenas reconocible, la Torre de la Plata inmersa entre los edificios. A su derecha, tramo de muralla detrás del Edifico Helvetia, antes Previsión Española. En la parte inferior, tramo de muralla en la zona del parking
Restos de la muralla en la que quedaba insertada la Torre de la Plata se han conservado, aunque algunos de ellos no son visitables, como es el caso del que discurre tras el edificio Helvetia, antes Previsión Española, en el Paseo de Cristóbal Colón. Sí lo es, visto desde el parking, el tramo de muralla que unía la Torre de la Plata con la del Oro. Tramo que quedó inmerso dentro del Corral de las Herrerías como paramento de los edificios que conformaban este lateral del mismo, y que quedó al descubierto cuando se acometieron las obras de reforma de este sector de la ciudad de cara a la Exposición Universal de 1992.

1. Grabado de Pierre van der Aa, 1707, donde aparece la Torre del Oro sin el tercer cuerpo, el puente de barcas y el castillo de San Jorge.
2. Detalle del grabado de Johannes Janssonius de 1606 donde no aparece el tercer cuerpo en la torre. 3. Grabado del siglo XVI en el que puede apreciarse que la torre
aún no tiene el tercer cuerpo.
4. Detalle del dibujo de Richard Ford, 1832, donde la torre ya aparece
con la linterna final o tercer cuerpo.
5. Grabado del siglo XVIII, Sevilla desde Triana.
6. Fotografía de finales del siglo XIX durante las obras de restauración de la torre.
7. Fotografía del año 1904, que nos muestra la torre después de la profunda
obra de restauración a que fue sometida en el año 1900 por el arquitecto
Don Carlos Halcón, a cuenta del Ministerio de Marina,
que consolidó la cimentación de la torre y la adecentó por fuera,
suprimiendo las viejas ventanas cerradas por rejas,
que pasaron a ser reemplazadas por los balconcillos que vemos
en la fotografía y que continúan así en la actualidad.
8. Detalle de las ventanas con balcones. 9. Primer cuerpo de la torre.
10. Detalle del segundo cuerpo. 11. Museo Naval en el interior de la torre.
Tras hacer un doble ángulo este lienzo de la coracha se uniría, después de una torre de menor tamaño, con la Torre del Oro. Uno de los más emblemáticos monumentos de la ciudad, en el que la leyenda se ha llegado a confundir con la historia, pues hubo hipótesis que durante el siglo XVIII y parte del XIX mantuvieron que era una construcción romana, hasta la publicación de “Sevilla monumental y artística”, del historiador y académico José Gestoso, en la que, remitiéndose a fuentes árabes, demostró que era una construcción de la época almohade. Y de esas fuentes tal vez la más fidedigna sea el Rawd al-Qirtas, de Ibn Abi Zar, donde se indica que esta torre se edificó entre el 8 de marzo de 1220 y el 24 de febrero de 1221, siendo gobernador de Sevilla Abu-l-Ula Idris al-Mamun.
La torre se compone de tres cuerpos: los dos inferiores de la época almohade, aunque a raíz de la restauración llevada a cabo en el año 2005, el superior de ellos se apunta la posibilidad de que sea obra del siglo XIV durante el reinado de Pedro I de Castilla; el tercer cuerpo se incorporó durante la gran reforma del año 1760. El cuerpo inferior de unos 21 metros de altura y en forma de prisma de doce lados, su estructura la conforman tres polígonos concéntricos: el exterior es dodecagonal, el interior es hexagonal y dentro de este aparece un elemento central de planta hexagonal en torno al que se sitúa la escalera. Contiene tres niveles cubiertos con bóvedas de cuatro aristas, en tanto que la cubierta de la escalera está realizada con semibóvedas de arista. El cerramiento exterior está realizado sobre un basamento de piedra arenisca labrada, el mismo material que se utiliza como refuerzo en los ángulos de unión de cada lado, estando construidos estos de tapial. En su origen disponía de muy pocos vanos, apenas las saeteras que aparecen en cada uno de sus lados, fue durante los siglos XVIII y XIX cuando se abrieron nuevos huecos rematados con arcos de medio punto, al habilitarse para viviendas y otros usos. Está coronado con almenas y merlones de remate piramidal. Bajo ellas, y como elemento decorativo, aparecen tres franjas paralelas de ladrillo, moldura típica de la arquitectura almohade. Entre las dos superiores y la inferior se forma un friso de arcos gemelos de herradura en cada lado, con ventanas cegadas en arco de medio punto. En la cara opuesta del Guadalquivir se encuentra la única puerta de la torre, a la que se accede desde el Paseo de Colón, que, aunque hoy se encuentra casi a nivel del suelo, en su obra original estaría, según deducimos, a la altura del adarve de la muralla que la unía al resto de la coracha, como era habitual en las torres y torreones de la cerca.
El segundo cuerpo de planta dodecagonal está construido con ladrillos macizos unidos con mortero de cal, con una altura aproximada de ocho metros. Su interior, a raíz de la restauración de 1760, se macizó dejando sólo un espacio central en el que se encuentra la escalera helicoidal con la que se accede a la terraza.
Fue durante esa restauración cuando se añadió el tercer cuerpo que hoy remata la torre. Es de forma cilíndrica y está realizado con ladrillos macizos unidos con mortero de cal, rematada por una cúpula semiesférica revestida de azulejos vidriados.
Los cerramientos exteriores, desde su origen, estuvieron enlucidos con una mezcla de mortero de cal y paja prensada, dándole al conjunto su aspecto dorado que, al reflejarse en las aguas del Guadalquivir, lucía como el oro. De ahí el nombre con que fue conocida en época almohade, Bury al-Dahab (torre dorada del río). La restauración efectuada en el año 2005 desmontó la teoría de que la torre estuvo cubierta de azulejos dorados. Aunque aún permanecen vivas leyendas en torno a su nombre, que no dejan de ser sólo eso: leyendas, que la imaginación de los sevillanos saben  crear con frecuencia. Como la de que su nombre es debido a que en ella se guardaban todos los tesoros que los barcos traían de las Indias, algo totalmente incierto pues todo ellos iban directamente a la Casa de Contratación. Leyenda es también la de la cadena que desde la Torre del Oro se tendía, cruzando el río, hasta otra torre conocida como “Torre de la Fortaleza”. Jamás existió esa torre y la única cadena existía entre las dos orillas era la que mantenía unidas las barcas del puente creado por los almohades, que fue la que rompería Ramón de Bonifaz con sus naves durante el asedio de la ciudad en 1248.
Lo que no es leyenda son las numerosas veces en que la Torre del Oro ha tenido que ser restaurada y en ocasiones hasta a punto de desaparecer. Han sido los terremotos los que más daños han originado en ella y las intervenciones para su restauración fueron importantes. Destaquemos algunas de ellas:
1.- Tras el terremoto de 1504 sufrió importantes daños que obligaron a una gran restauración.
2.- El terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755, destruyó el 6,5 % de las viviendas de Sevilla y dañó el 89 % de ellas, afectando en gran medida a la Giralda y la Torre del Oro. En el caso de la torre quedaron severamente dañadas las bóvedas y todo el cuerpo superior, hasta tal punto que, en 1757, Francisco Sánchez de Aragón, maestro mayor de la Audiencia, presentó un proyecto de demolición que no llegó a realizarse. Al año siguiente, 1757, es el Asistente Pedro Samaniego, Marqués de Monte Real, el que quiso demolerla para ampliar el  por la intervención del pueblo sevillano encabezado por personalidades que solicitaron la intercesión del rey Fernando VI. La restauración no se inició hasta cinco años más tarde, 1760, en la que se macizó el cuerpo superior, se abrieron vanos en los muros del primer cuerpo en el que se colocaron balcones con barandales de hierro y se construyó el tercer cuerpo que hoy la corona.
3.- En 1821 se elimina la coracha que la unía a la Torre de la Plata, así como los almacenes y viviendas adosadas.
4.- Entre 1858 y 1860 se restauraron las almenas y ventanas y se procedió a enlucirla de nuevo.
5.- El 9 de marzo de 1866, mediante un oficio de la Real Casa y Patrimonio dirigido al teniente de alcalde de los Reales Alcázares se pretende vender la torre. La reina anuló dicho oficio evitando la venta de la torre.
Además de su uso como torre defensiva por los almohades, la torre ha sido utilizada para otros usos. En 1271, bajo el reinado de Alfonso X, “el Sabio”, se dedicó a capilla. En 1597, junto con la Puerta de Triana, se utilizó como prisión, permaneciendo en ella retenidos los Veinticuatro y Jurado de la ciudad que habían sido condenados.
La torre fue declarada Monumento Nacional en 1931 y en la actualidad, su interior es sede de un Museo Naval de la Armada Española.
1. Plano de situación. 2. Plano de Olavide donde aparece
la situación del Postigo del Aceite señalado con el número 3.
3. Pintura al natural en óleo sobre hojalata de Villaamil, que forma
parte del díptico de cuarenta y dos imágenes monumentales de España en el Museo del Prado.
4. Pintura de Joaquín Turina, 1907. 5. Grabado de Trevor Haddon, 1908.
6. Detalle de la fotografía de  Jean Laurent Minier fechada en 1870, virada a sepia.
7. Postigo del Aceite en una imagen de 1905 con la actividad comercial
que siempre caracterizó su entorno hasta 1926.
8. Tan importante era aquella actividad comercial que hasta las calles se cubrían
para proteger a vendedores y clientes del tórrido sol, como aparece en esta imagen
donde el Postigo se encuentra entoldado tanto en su entrada como a la salida.
9. Vista extramuros de la ciudad, es decir desde la actual calle Dos de Mayo.
10. Bajo el arco del Postigo donde se aprecian las canaladuras en que
se insertaban los tablones de madera en caso de riada.
11. Vista del Postigo desde el interior de la ciudad
 11. Detalle del escudo de armas de Sevilla que aparece por encima del arco.
En la calle Almirantazgo, a la altura de su confluencia con la calle Arfe, se encuentra el Postigo del Aceite, otro de los pocos restos que quedan de la cerca sevillana. Identificado con la bab al-Qatai de las fuentes musulmanas relacionada con la construcción, en 1184, de las atarazanas almohades. Durante la época del Repartimiento se conoció como “Puerta de la alfóndiga del azeyte”, y en documentos posteriores aparece bajo la denominación de “puerta de la Azeytuna”, en relación al mercado y almacenes de aceite que había en sus proximidades y que están documentados desde 1413. Se trataba de una puerta de acceso directo flanqueada por dos torres y protegida por una barbacana que, por su disposición, hacía difícil el acceso a ella en caso de ser atacada.
Como ocurrió con toda la parte de la cerca sevillana próxima al río, esta puerta o postigo debió de sufrir reparaciones en diversas ocasiones, estando documentadas las obras realizadas durante el año 1403 y en el 1420. En 1569 Benvenuto Tortello, Maestro Mayor de la ciudad, y promovido por Francisco Zapata y Cisneros, conde de Barajas, realizó un memorial, del que se conserva su original, en el que proyectaba la reforma de esta puerta, obras que concluirían en 1573, y que consistieron en la unión de las dos torres prolongando la bóveda hasta conformar la planta rectangular que presenta en la actualidad, y se amplió el vano de la puerta para facilitar el tránsito. Se conservaron las cámaras abovedadas de las torres, que actualmente se utilizan como viviendas. En la fachada extramuros, es decir desde la confluencia con la calle Arfe, el postigo aparece adosado a las Atarazanas, donde se incrusta su lateral derecho, en tanto que en el izquierdo aparece la pilastra sobre la que se apoya el arco rematado con un entablamento coronado de tres medios pilares rematados en prismas piramidales acabados con bolas unidos por dos contrafuertes cóncavos. Toda esta fachada aparece en color albero excepto el entablamento que permanece encalado en blanco.
Penetrando en el arco se observa en sus laterales las ranuras en las que se encajaban los tablones para cortar las constantes inundaciones. Pasando al interior de la ciudad, en el lado derecho del vano aparece una capilla, erigida en el siglo XVIII y atribuida a Pedro Roldán, dedicada a la Inmaculada Concepción. En la parte superior del arco existe una lápida conmemorativa de las obras realizadas en 1573, rematada por un frontón. En su centro aparece, en relieve y de forma circular, el escudo o armas de Sevilla, que se atribuye al escultor Juan Bautista Vázquez “el Viejo”, donde aparece el rey Fernando flanqueado por los obispos Isidoro y Leandro. Bajo él una placa con la siguiente inscripción: “Siendo asistente en esta ciudad el Y- / lustrisimo señor don Francisco Zapata / y Cisneros Conde de Barajas y mayordomo de / la reina nuestra señora, se reedifi- / co esta puerta por mandado de los / Ylustrisimos señores Sevilla con su a- / cuerdo y parecer siendo obrero ma- / yor Juan Diaz Jurado y fiel esecutor. / Acabose en el año 1573”. El conjunto forma una de las placas históricas de Sevilla, que se distingue por su gran valor artístico y testimonial.
Y puesto que hablamos de testimonio, conozcamos el motivo real por el que el Postigo del Aceite ha permanecido hasta la actualidad. Por el libro "La Casa de Pilatos en el siglo XIX”, del historiador Joaquín González Moreno, conocemos que, el 23 de septiembre de 1588, don Fernando Enríquez de Ribera compró el alguacilazgo mayor de Sevilla por 160 000 ducados, lo que le permitía poseer los derechos, que no la propiedad, sobre todas las puertas y postigos de la ciudad y cobrar tasas por su utilización. Derecho que siguió siendo ejercido por sus descendientes. Por ello, cuando en 1866, el Ayuntamiento acuerda el derribo del Postigo del Aceite junto a otras puertas de la ciudad, se dirigió a don Luis Tomás Fernández de Córdoba y Ponce de León, duque de Medinaceli, ordenándole el desalojo de la vivienda que había en la parte alta del postigo. Mas el duque se negó a cumplir esta orden municipal y entabló pleito frente al Ayuntamiento hasta conseguir el aplazamiento del derribo. Aplazamiento que se fue dilatando en el tiempo entre legajos y papeles, lo que permitió que el Postigo del Aceite haya llegado en pie a nuestros días.
1. Plano de situación. 2. Detalle del plano de Olavide donde aparece la
situación de la Puerta del Arenal señalada con el número 4.
3. Detalle de la "Vista de Sevilla" realizada por
Ambrosio Bambrilla hacia 1585.
4. Pintura de la Puerta del Arenal de Jenaro Pérez Villaamil.
5. Lámina atribuida a Bartolomé Tovar, que representa la Puerta del Arenal
Como se observa en el plano de Olavide de 1771, la muralla  continuaba hasta la Puerta del Arenal que daba entrada a la ciudad por la calle de la Mar, en lo que hoy es la confluencia de las calles García de Vinuesa, Arfe y Castelar. De origen almohade, las referencias en diferentes fuentes hacen suponer que su configuración inicial era la de una torre-puerta con acceso acodado y defendida por una barbacana. Era la puerta situada en la cota más baja de toda la cerca. Incluida en el informe, sobre las reformas a realizar en las puertas y defensas ante las avenidas del Guadalquivir, elaborado por Hernán Ruiz “el Joven” en 1560, fue en 1566, siendo Asistente de Sevilla Francisco Zapata y Jiménez de Cisneros, cuando se realizó su derribo a fin de construir una nueva puerta según el proyecto de Hernán Ruiz. Se alzaría así una nueva puerta der acceso directo, que una profana en la materia no tiene palabras para describir su belleza, como lo muestra la imagen de dicha puerta pintada por Jenaro Pérez Villaamil  que figura en el díptico que, por encargo del embajador inglés, George Villiers, realizó entre los años 1835 y 1839. Al finalizar aquellas obras se colocaron dos lápidas, una en su lado interior con una inscripción en honor a Felipe II, y otra en el exterior donde se rememoraba el final de las mismas. En el tímpano aparecía una imagen del rey Fernando con pajes a los lados y sobre él una de las lápidas que hemos mencionado, todo ello coronado con un frontón en el que figuraba, por un lado el escudo con las armas de la ciudad, y por el otro el de las armas reales, ambos labrados en piedra, en el que además aparecían otras figuras decorativas y dos alegorías de la Abundancia. De todo ello no han quedado restos ningunos tras el derribo de la puerta acaecido en junio de 1864. Se da la circunstancia que el nombre una de las calles que hacen confluencia donde en la actualidad estaría esta puerta, lleva el nombre del alcalde que mandó derribarla: Juan José García de Vinuesa.
Su topónimo hace referencia al arenal que se extendía entre la Torre del Oro y el puente de barcas frente a la Puerta de Triana. Es allí donde creció un arrabal extramuros de la ciudad en el que se desarrolló un universo heterogéneo de personas relacionadas con toda la actividad portuaria, que a la vez hizo surgir un comercio nuevo enfocado al mercado de ropa y baratijas para cubrir las necesidades de marineros, mercaderes, soldados, artesanos… que se denominó el “Baratillo” o “Malbaratillo”, lugar al que Cervantes lleva a los personajes de “Rinconete y Cortadillo” a vender las camisas que habían robado. Ambiente del arenal que es recogido por Lope de Vega, en quien Sevilla dejó profunda huella reflejada en sus numerosas obras ambientadas en ella, siendo en su comedia “El Arenal de Sevilla”, escrita en 1603 durante una de sus etapas de residencia en la ciudad, donde mejor describe la realidad de la capital sevillana en los años dorados de la época de su máximo esplendor.
1. Puerta del Arenal, pintura de Villaamil, y díptico, cuando era usado como biombo,
en donde aparece. 2. Montaje de la lámina atribuida a Bartolomé Tovar
sobre la fachada del edificio de la calle García de Vinuesa, 38 donde se encuentra
la cerámica que los vecinos costearon recordando el lugar donde se erigía.
3. Representación de la puerta en el grabado de Anton van den Wyngaerde.
4. Representación de la puerta en el grabado de Antonio Brambilla.
5. Representación de la puerta en el grabado de David Roberts.
6. Imagen fotográfica de los primeros años de la década de los 60 del siglo XIX.
Por último una pequeña anotación. Entre la documentación consultada para la elaboración de esta entrada, además de la bibliografía, hemos realizado búsqueda de imágenes para acompañarla, muchas de ellas figuran aquí entresacadas de las redes sociales. Fue así como encontramos la imagen de la Puerta del Arenal que ilustra el párrafo anterior, una pintura al natural realizada en óleo sobre hojalata de Jenaro Pérez Villaamil que forma parte de un díptico con cuarenta y dos vistas monumentales de ciudades españolas que le fue encargado por el embajador inglés en España George Villiers, lord Claredon, y pintado entre 1835 y 1839. Esta obra se encuentra en la actualidad, tras su adquisición y restauración en el año 2014, en el Museo del Prado de Madrid. Pintura que llamó nuestra atención por las diferencias apreciables con lo que hasta ese momento conocíamos como diseño de la puerta, el que figura en la lámina atribuida a Bartolomé Tovar, litógrafo del siglo XIX que trabajó en Sevilla, que fue impresa, entre otras, en 1878 para el libro “Historia crítica de las riadas”, de Francisco de Borja Palomo y Rubio. De tal modo que quisimos confirmar cuál de los dos era el correcto, teniendo en cuenta que lo que aparecía en otras representaciones iconográficas anteriores, como son el caso de los grabados de Anton van den Wyngaerde y Antonio Brambilla, ambos del siglo XVI, en el que aparece con el frontón en forma circular. Fue así como llegamos a la imagen que aparece, entre otros, en el blog de “Foro cofradías” en su sección de “Fotos de la Sevilla de Ayer”, y aunque figura fechada en 1875, debe corresponder a fechas anteriores al derribo de la puerta que se produjo en 1864, pues la misma se aprecia en la parte inferior derecha de la imagen. Por otro lado, llegamos al grabado de David Roberts publicado en 1836, “Plaza de Toros de Sevilla”, en donde de nuevo se ve lo que sería la contracara de la imagen de la puerta de la fotografía anterior.
Nuestro paseo a caballo seguiría el recorrido de la muralla a través de lo que hoy es la calle Castelar, Plaza de Molviedro y calle Santas Patronas hasta llegar a nuestro punto de partida: la Puerta de Triana.
Con el rumor de las aguas del al-wadi al-kabir árabe, del Betis romano y nuestro Guadalquivir recuerdo aquellos versos de Lope de Vega en “La prisión sin culpa”:
“¡Oh, famosa y gran Sevilla,
retrato del paraíso
gracias al cielo que piso,
Betis, la arena a tu orilla!” 
Ha llegado, amigo lector que me has acompañado en esta cabalgada, el momento de la despedida y como estamos en el Arenal qué mejor que hacerlo con los versos del poeta en esa misma obra señalada:
“Adiós, albures y ostiones,
Hasta que yo os vuelva a ver.
Adiós, puerta de Triana,
Arenal, barquita, adiós!¡”
Porque pronto nos volveremos a ver, queda mucho que ver de aquella Sevilla almohade y lo haremos en nuestra próxima entrada: “Cuando el pasado se hace presente (12): Sevilla, ciudad almohade.
María Velasco

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