viernes, 18 de septiembre de 2015

Cuando el pasado se hace presente (10) LOS ALMORÁVIDES EN SEVILLA


“Todo lo olvidaré menos aquella madrugada junto al Guadalquivir, cuando estaban en las naves como muertos en sus fosas.
Las gentes se agolpaban en las dos orillas, mirando cómo flotaban aquellas perlas sobre las orillas del río.
Caían los velos, porque las vírgenes no se cuidaban de cubrirse, y se desgarraban los rostros como otras veces los mantos.
Llegó el momento, y ¡qué tumulto de adioses, qué clamor el que a porfía lanzaban las doncellas y galanes!
Partieron los navíos, acompañados de sollozos, como una perezosa caravana que el camellero arrea con su canción.
¡Ay, cuántas lágrimas caían al agua! ¡Ay, cuantos corazones rotos se llevaban aquellas galeras insensibles!”
Son los versos que el reconocido poeta, Ibn al-Labbana, de la corte de Al-Mutamid, escribió en su elegía de los Abadias, para describir el momento en que los sevillanos veían embarcar a su rey y su familia rumbo a su destierro.
“Nada se puede hacer contra el destino cuando llega su tiempo, y todo tiene su plazo y lugar de muerte señalado.
Antes los poderosos abasíes fueron desposeídos; antes Bagdad fue desolada que Sevilla”.
Hace aquí el poeta una comparación del fin del califato abasida en Bagdad, ocurrido con anterioridad, con el fin de los abadíes en el reino de Sevilla.
Torre del castillo de Aledo (Murcia), en la actualidad.
El desmoronamiento de los reinos de taifas comenzó prácticamente a raíz de la presencia de los almorávides para apoyarles en la batalla de Sagrajas, presencia que había sido requerida por algunos de los reyes de taifas para hacer frente a los ejércitos de Alfonso VI. Tras la marcha de Yusuf ibn Tasufin, el emir almorávide, al Magreb, las intrigas, las rivalidades y sus desavenencias, así como algunas alianzas con los cristianos, marcaron claramente las relaciones entre los distintos reyes y reyezuelos de aquellas taifas. En relación a Sevilla, Al-Mutamid, en principio, dejó de pagar las parias al rey Alfonso VI, lo que significó que los castellanos incrementaron sus incursiones sobre el territorio sevillano.
Hacia el año 1088, el ejército sevillano sufrió una severa derrota, frente a un pequeño contingente cristiano, en las cercanías de Lorca. Hacia este mismo año, los castellanos tomaron el castillo de Aledo, una fortaleza de la que se tiene constancia en las fuentes musulmanas desde el año 896, que fue construida a raíz de la expedición que realizaron contra los rebeldes sublevados de la cora de Tudmir. Este castillo-fortaleza se alzaba sobre un macizo escarpado en una situación estratégica desde la que se podía vigilar un amplio territorio y el pasillo de comunicación entre las tierras del reino de Granada y el Levante. En la actualidad aún se conserva la torre de aquella fortaleza (Torre del Homenaje) obra posiblemente del siglo XI, de planta cuadrada. Tiene tres pisos, en el tercero conserva vanos de arcos apuntados y en el resto de los pisos se abren pequeñas saeteras. Está rematado por almenas, y desde ellas, en días claros, se llega a contemplar la costa mediterránea.
Desde este enclave los ejércitos del rey Alfonso VI lanzaban continuas incursiones contra el levante de Al-Andalus. Estos ataques contra el territorio sevillano, más la rebelión del que desde 1080 era gobernador de la plaza de Murcia, Ibn Rasiq, parece ser que fue lo que movió a Al-Mutamid a solicitar de nuevo la ayuda del emir Yusuf ibn Tasufin, para hacer frente a los cristianos.
Una vez más las crónicas árabes son dispares y contradictorias al narrar los hechos acaecidos en torno a esta llamada de Al-Mutamid y al comportamiento del mismo a la llegada de Yusuf ibn Tasufin a Algeciras, lo mismo ocurre cuando los historiadores proponen diversas fechas para lo que se convirtió en el sitio de Aledo, aunque la más probable fuera la del otoño de 1088. El sitio de Aledo se prolongó durante varios meses, cuatro al decir de algunos cronistas, pero sólo sirvió para demostrar las intrigas y desunión de las fuerzas musulmanas de los reinos de taifas. Ante la posible llegada de refuerzos de tropas de Alfonso VI en defensa de los sitiados, y, tal vez, el temor a que algunos de los reyes de taifas pudieran unirse a los castellanos, Yusuf ibn Tasufin levantó el asedio y con sus fuerzas almorávides se retiró al Magreb, alegando que la desunión de los reyes de taifas era la causa de su retirada, aunque es posible que, en realidad, lo que estuviera pensando era en la conquista de Al-Andalus para extender sus dominios desde el Magreb, territorio que no le ofrecía las posibilidades y riquezas que había observado en Al-Andalus.
De nuevo las crónicas sobre el fin de los reinos de taifas están desfiguradas, son parciales, en algunos casos escritas muchos años después, y son hasta contradictorias. Al parecer el emir granadino, Abd Allah ibn Ziri, según su propio relato, se vio obligado a pagar las parias que el rey Alfonso VI le exigía de nuevo. Este hecho, más una nueva solicitud de ayuda por parte de Al-Mutamid, para defender el territorio sevillano frente a los ataques castellanos, hizo cruzar de nuevo el estrecho a Yusuf ibn Tasufin al frente de su ejército de almorávides. El 10 de septiembre de 1090 tomaron Granada, para a continuación hacerse con Málaga, tras derrocar a Tamin, hermano de Abd Allah ibn Buluggin, que reinaba en aquella plaza. Ambos régulos fueron desterrados al Magreb, en concreto a Agmat, cerca de la capital de Marraquech.
Dos imágenes que nos recuerdan la figura de Álvar Núñez, a la izquierda
estatua erigida en Burgos, a la derecha escultura de Luis Sanguino en Guadalajara.
Al parecer, es en este momento, tras la toma de Granada, cuando Al-Mutamid se da cuenta de los verdaderos objetivos de Yusuf ibn Tasufin, y se retiró a Sevilla bajo el pretexto de que temía un ataque de los cristianos en sus fronteras. Quedaron las fuerzas almorávides en Al-Andalus bajo el mando de Sir Ibn Abi Bark, sobrino de Yusuf ibn Tasufin quien regresó a Marraquech.
En la primavera del año 1091, los almorávides comenzaron a conquistar el reino de Sevilla. Ni la ayuda prestada por las fuerzas castellanas de Alfonso VI, al mando de Álvar Fáñez, lograron impedir el avance de los almorávides. Álvar Fáñez, uno de los más destacados capitanes del ejército castellano, personaje fundamental en la lucha contra los musulmanes, mas ha sido históricamente relegado y es poco conocido. Era primo hermano, al parecer por parte de padre, del El Cid, cuya figura eclipsaría en la historia la de aquel.
Tras la derrota del ejército castellano en la batalla que libraron frente a los almorávides en las cercanías de Almodóvar, estos incrementaron su presión sobre el territorio sevillano y fueron conquistando las localidades del mismo. Tras la toma de Jaén y Córdoba, esta última gobernada por Abu Nasr al-Fath al-Mamum, hijo de Al-Mutamid, cuya fecha de conquista varía según los cronistas que la narren (26 de marzo, 21 de julio o 19 de agosto de 1091) y en cuya defensa murió su gobernador a quien su padre había instado a defenderla hasta las últimas consecuencias. Ibn Buluggin, lo cuenta así: “A Al-Mutamid le preocupaba mucho la suerte de Córdoba, y esperaba seguir resistiendo, si ella se mantenía firme. Por eso había aconsejado a su hijo que aguantase el asedio: “No pierdas tu valor –le decía-, porque la muerte es más llevadera que la humillación, y un soberano no debe salir de su alcázar más que para ir al sepulcro”. La toma de Córdoba hizo caer por tierra todas sus esperanzas”.
Tras la conquista de Carmona el 9 de mayo de 1091, el ejército almorávide comenzó el asedio a Sevilla. Asedio que se prolongó durante varias semanas, y sólo con la llegada de Sir Ibn Abi Bakr con, al decir de algunos cronistas, refuerzos del ejército del rey de Badajoz, fueron capaces de conquistarla. Todas las crónicas árabes recogen el ardor y la valentía que Al-Mutamid y sus súbditos leales pusieron en la defensa de la ciudad. Al-Marrakusi, en su crónica, dice:
“Pero las personas leales al juramento de fidelidad, de sincero afecto [a los Abadíes], resistieron firmemente hasta que llegó el domingo 21 de rayad (8 septiembre) del citado año, día en que ocurrió el más grave suceso y la magna calamidad. Se cumplió el imperativo. Fue demasiado tarde para componendas. Se entró en la ciudad por el río y fueron alcanzados ciudadanos y campesinos. Después de que se distinguieran los dos bandos en la lucha y se esforzaran en el encuentro, se mostró en la defensa de Al-Mutamid que Dios se apiadó de él y de su valor, pues se lanzó en persona a la muerte y [demostró] lo que no puede sobrepasarse y lo que nadie está dispuesto a hacer”.
Abd Allah ibn Buluggin, el último emir ziri de Granada, hace referencia a la resistencia de los sevillanos y la brutalidad de los almorávides en la toma de Sevilla: “Murió mucha gente en el asalto y ni siquiera fueron respetadas las mujeres, porque no se pudo refrenar la furia de los soldados por la resistencia que opuso la gente de Sevilla a favor de su rey. El mismo Sir, asombrado del celo que veía poner a los sevillanos en el combate, llegó a decir: Si hubiera querido tomar una ciudad cristiana, seguramente no me habría opuesto tamaña resistencia.”
Tras la rendición de Al-Mutamid, después de la muerte de su hijo Malik, los soldados almorávides entraron en las casas saqueando y robando todo lo que encontraban a su paso; los hermosos palacios de Al-Mutamid fueron devastados. Y este, junto a su eposa Rumaykiyya y algunas de sus concubinas, más sus hijos menores, fueron apresados y desterrados. Comenzando un largo peregrinaje forzoso que le llevó a Tánger y a Mequinez para acabar en Agmat. De aquel peregrinaje nos quedan unos versos que Al-Mutamid dirigió a su hijo al-Rasid en respuesta a otros que este le había mandado, en los que el rey se lamenta de su situación, según la traducción de Miguel Hagerty:
“Yo era aliado del rocío, amo de la generosidad, amigo de las almas y de los espíritus.
La mano derecha era generosa el día de los regalos y un azote que mataba el día del combate.
La izquierda cogía las riendas de los corceles para echarse al campo de las lanzas.
Hoy soy rehén, cautivo de la pobreza, enfermo, un frágil pájaro de alas rotas.
No puedo contestar a los que me gritan ni a los mendigos suplicándome regalos del Día de la Generosidad.
La alegría que me conocías se ha tornado desánimo; las penas han desterrado el regocijo.
A la vista, mi aspecto es repugnante; antes complacía al observador perspicaz”
Fueron sólo cuatro años los que Al-Mutamid estuvo encadenado en su mísero cautiverio, los cuales debieron hacérseles demasiado largos por el sufrimiento padecido, a pesar de recibir unas pocas visitas de familiares o amigos que le demostraron su verdadera amistad, como fue el caso del poeta de Denia, Ibn al-Labbana. Años que vivió sumido en la pobreza, encadenado a la pared de una lúgubre celda, viendo como su amada Itimad-Rumaykiya y otras de sus mujeres, junto con sus hijas, debían hilar para tratar de ganarse su sustento. Años en los que la melancolía, la falta de libertad, la aflicción por los suyos y el recuerdo de sus años en la corte sevillana le llevaron a escribir bellos poemas llenos de nostalgia y dolor, como el que le inspiró el paso de las aves que volaban en libertad.
“Lloré el paso de una bandada de gangas, volando libremente, sin tener que soportar prisión ni grilletes.
No fue envidia, ¡Dios me libre!, sino nostalgia de poder ser como ellas.
Poder pasear libremente, no con todo esturreado, ni con las entrañas rotas de dolor, ni con los ojos llorosos por la pérdida de los hijos”.
O Aquellos otros que dedicó al poeta Ibn Hamdis que había tratado de visitarle en su prisión, pero que no le permitieron hacerlo.
“No te dejaron entrar, pero no fue por orden mía, por Alá. Atiende mi escusa para que mi alma te recupere.
Mis nobles acciones no han cambiado, ni tú me das vergüenza.
Mi suerte cambió por la horrible mano del destino.
No tengo ni criados educados ni de confianza con quien despachar mis asuntos personales.
Pero tú eres agua fresca, único remedio contra la abrasadora sed de mi pecho.
Si yo pudiera beber vino, vino serías tú para siempre, cuando mi alma deseara la delicia de la vid.
Eres Ibn Hamdis de Sicilia, el que nos hacía hechizos. ¡Qué lejos esos tiempos hechiceros!.
Y el dedicado  al recuerdo de su hijo Abu Amr Abbad, quien murió, varios años antes, en la defensa de Córdoba cuando ésta fue asaltada por las huestes del rey al-Mamun de Toledo, según traducción de Miguel Hagerty.
“Lloró la tórtola al ver a los amados anidados, porque el destino le había arrebatado a su pareja.
Ella lloró sin lágrimas, pero ni la lluvia supera a las mías.
Lloró su tristeza en secreto, no reveló ni una letra.
¿Por qué no puedo llorar? ¿Acaso mi corazón es de piedra? ¡De cuántas piedras brotan ríos!
Ella lloró por uno, yo lloro por incontables seres queridos."
O los que dedicó a su hijo Abd al-Yabbar, cuando se enteró de su muerte a manos del ejército almorávide en el año 1095.
“Así muere la espada envainada, y deseando la larga palma de mi mano esgrimirla.
Así queda la lanza sedienta, lista para la batalla. Mi diestra no pudo apagar su sed con sangre.
¿no hay nobleza capaz de reanimar al [joven] de la recia lanza de todo mal latente?
¿No hay compasión para el del arco, de gran nostalgia y de gemido débil?
En aquel cautiverio escribió este poema dedicado a las cadenas que le tenían sujeto a la pared de su celda, traducción de Miguel Hagerty:
“Cadena mía, ¿no sabes que soy buen musulmán? [¿Por qué] te niegas a compadecerme y a tener misericordia de mí?
Mi sangre te sirve de bebida y ya te has comido de mi carne. ¡No me rompas los huesos!
Me ve [mi hijito] Abu Hasim aprisionado por ti, y su corazón, destrozado, se parte.
Ten piedad de un niño perplejo, cuyo corazón no ha tenido miedo de venir a implorar clemencia.
Ten piedad de sus hermanitas, a las que, como él, has hecho tragar veneno y amargura.
Entre ellas hay algunas que comprenden algo y temo que el llanto las ciegue.
Las demás [aún] no pueden comprender nada, pues sólo abren la boca para mamar.”
Algunos historiadores mantienen que la muerte de su hijo Abd al-Yabbar y la de una hija poco antes que Al-Mutamid, aceleraron la suya propia, cuya fecha exacta se desconoce pues las fuentes disiente al respecto, aunque todo parece indicar que la más probable sea la del 13 de octubre de 1095. Su amada Itimad había fallecido unos meses antes.
Fue enterrado en lo que debió ser el cementerio de Agmat, cerca de Itimad, en modestas tumbas cubiertas por piedras. Hoy su cuerpo reposa en una sepultura dentro de un recinto que fue erigido en 1970 por la corona marroquí, junto al de su esposa y la de uno de sus hijos menores, tal vez la hija que murió poco antes que él. En la pared, frente a la tumba de Al-Mutamid, se encuentra grabada la elegía que él mismo compuso cuando sintió que su muerte se acercaba. Traducción de Miguel Hagerty.
“Tumba de forastero, que la llovizna vespertina y matinal te rieguen, ya que has conquistado los restos de al-Mutamid Ibn Abbad.
Razón, ciencia y generosidad yacen en ti; abundancia en la sequía y agua para los sedientos.
Lanza, espada y flecha en el combate; la terrible muerte para el león enemigo.
El destino en venganza, la mar en generosidad, el plenilunio en la oscuridad, potente orador en asambleas.
Sí, es cierto. Ha llegado el decreto celestial y con él, mi muerte.
Antes de ver este féretro yo no sospechaba que montañas valientes descansaran sobre maderas.
Que esto te baste; sé amable con la nobleza que te ha sido encomendada; que las ceñudas nubes te rieguen entre relámpagos y truenos.
Llorando por su hermano, al que ocultaste de la lluvia, bajo esta lápida, con lágrimas vespertinas y matinales.
¡Que jamás terminen las bendiciones de Alá sobre tu sepultura, incontables veces, para siempre!.”
Así terminaba la vida de aquel rey admirado por su pueblo y odiado por los reyes de otras taifas, y cuya figura aún levanta controversias entre seguidores y detractores, pero que elevó a Sevilla a las más altas cumbres de la cultura, sobresaliendo por encima de cualquier otra ciudad no sólo de España, sino de Europa.
Soldados de infantería y caballería del
ejército almorávide.
La sangrienta y despiadada toma de Sevilla por los almorávides, trajo grandes cambios tanto en la vida de sus habitantes como en la configuración de la ciudad. Mas ¿quiénes eran aquellos almorávides? Remontándonos unos siglos atrás, cuando las campañas musulmanas de árabes y sirios inician su expansión hacia el norte de África, incorporan a sus ejércitos, tras una cierta islamización, a las belicosas tribus bereberes, un conjunto de etnias autóctonas cuyos orígenes se pierden en la memoria de la historia. Esta masiva incorporación de nuevos pueblos y tribus a los ejércitos árabes, les obligaba a buscar nuevos dominios. La obtención de riquezas a través del botín obtenido en el dominio de nuevos territorios, era la única manera de mantener fieles a aquellas nuevas tribus conquistadas y convertidas al islam, y que sus conquistas no fueran rechazadas por aquellas tribus bereberes en continuas luchas entre ellas por controlar las rutas transaharianas que unían el centro de África con el Mediterráneo, como era el caso de Sidjilmasa y Aoudaghost. Fue en Sidjilmasa, una ciudad base del comercio entre la zona subsahariana de África y el Mediterráneo, donde se conoce el origen de quienes después serían conocidos como los almorávides. Sidjilmasa venía siendo objeto de deseo de todas las dinastías musulmanas y escenario permanente de enfrentamientos entre las distintas concepciones del islam (chiíes, jarichíes y suníes), así como de luchas entre tribus bereberes.
A la izquierda, la imagen de Yahya Ibn Ibrahim.
A la derecha, Abdallah Ibn Yasin
Fue en Sidjilmasa donde surgió un movimiento radical islamita propiciado por Yahya Ibn Ibrahim, de la tribu de los Lamtunas, quien, tras su regreso de una peregrinación a La Meca, entró en contacto con Abdallah Ibn Yasin, un bereber que había sido instruido en la escuela Maliki de jurisprudencia del islam sunni, con el fin de que diera a conocer los principios del islam entre los bereberes de Sidjilmasa. La severidad de aquella interpretación de la doctrina islámica fue rechazada por los bereberes y tuvieron que retirarse de aquella ciudad. Huyeron hacia Senegal donde fundaron un monasterio-fortaleza que dio nombre al movimiento: “al-Morabitun” (los que viven en el convento) de donde procede el nombre de almorávides. La unión con otro clan bereber, los lemtas, contribuyó al fortalecimiento del grupo. La rudimentaria cultura de aquellos clanes bereberes absorbía con facilidad el mensaje sencillo y austero que lanzaban los predicadores del nuevo movimiento almorávide. Mas el objetivo de ellos iba mucho más allá de la conversión de los pueblos bereberes, pretendían la regeneración del islam cuyo cumplimiento entre los árabes se había relajado, y acabar con los infieles que no aceptaban la religión del Islam. Aunque detrás de esas ideas religiosas existía el interés material por el dominio de lugares estratégicos para el control de la economía y riqueza del territorio africano, de ahí que su interés de conquista se dirija hacia Sidjilmasa, que, como hemos señalado, era desde donde se controlaba la ruta del oro y la sal. Tras su conquista se dirigen a Fez, la que ocupan en 1063, masacrando a sus ciudadanos en la toma de la ciudad. Fez era la gran competidora de Sidjilmasa como centro de comercio. En 1062 habían fundado la ciudad de Marrakech, que se convertiría en la capital de su imperio.
Con la conquista de Aoudaghost, acaecida en 1054, según Al-Bakri, historiador hispano-árabe nacido en Huelva, y coetáneo de los almorávides, quien describe la toma de la ciudad que se había producido pocos años antes de escribir su relato:
“En el año 1054, Abd Allah Ibn Yasin invadió la ciudad de Aoudaghost, una localidad próspera y grande con mercados, y donde abundan las palmeras y los árboles de henna… Esta ciudad solía ser la residencia del rey de Ghana… Los almorávides entraron en la ciudad violando a las mujeres y repartiéndose el botín obtenido entre ellos… Los almorávides atacaron el pueblo Aoudaghost porque ellos reconocían la autoridad del rey de Ghana…”
Yusuf ibn Tasufin, emir de los almorávides.
De esta manera, los clanes bereberes que conformaban los almorávides, dominaron un territorio africano que contenía las rutas más importantes para el comercio y la riqueza. Sólo les quedaba conquistar los apetecibles territorios de al-Andalus, y eso se lo posibilitó las rencillas entre los distintos reinos de taifa del mismo. En el año 1090, con el beneplácito de los religiosos musulmanes que habían emitido una fatwa que le permitía, desde el punto de vista de la jurisprudencia islámica, la ocupación de Al-Andalus, a la vez que le reverenciaban con el título de Amir al-Muminin (Príncipe de los Creyentes), Yusuf Ibn Tasufin desembarca en Algeciras para emprender la conquista definitiva de al-Andalus.
Batalla de Uclés.
Centrándonos en lo que concierne a la historia de Sevilla, la presencia de los almorávides en ella, como decíamos, trajo profundos cambios en la configuración de la ciudad. Tras la muerte de Yusuf ibn Tasufin, en 1106, le sucedió su hijo Ali ibn Yusuf, quien al principio continuó la política expansionista de aquel, alcanzando en 1130 la máxima expansión territorial en la Península. El 29 de mayo de 1108, las fuerzas almorávides se enfrentaron a las castellanas en la batalla de Uclés, donde aquellas resultaron victoriosas y en la que a consecuencia de las heridas sufridas falleció el infante Sancho Alfónsez, hijo del rey Alfonso VI y de Zaida, la nuera que había sido de Al-Mutamid.
Plano de los trazados de las murallas de Sevilla. En azúl el correspondiente
a la muralla romana. En marrón claro, el recorrido de la muralla almorávide,
en el que se destaca, en marrón oscuro, el trozo de muralla preservada.
En fechas posteriores, diversas expediciones de los reyes castellanos y aragoneses sobre territorios de al-Andalus, y en especial sobre Sevilla, aunque se contuvo el avance cristiano, obligó a los almorávides a reformar o construir las fortificaciones de las ciudades de sus dominios. Es así como, siendo cadí de la ciudad de Sevilla Abu Bakr Muhammad Ibn al-Arabi, nacido en esa ciudad el 30 de marzo de 1075, de una familia de altos funcionarios de la corte de Al-Mutamid, bajo su dirección se realizó el trazado y la construcción de la muralla que en la actualidad pone límite al casco antiguo de Sevilla. En aquellas fechas los límites de la ciudad los establecía la muralla, una construcción a base de cal, arena y guijarros que se extendía a lo largo de unos seis kilómetros en forma oval. Y en la parte exterior de ella corrían los dos ríos sevillanos, el Guadalquivir y el Tagarete. Aquel discurría por el oeste de la ciudad, mientras el arroyo del Tagarete lo hacía por el este y el sur. Hoy este arroyo ya no puede verse pues fue cubierto y desviado a lo largo de los siglos. Dicha muralla ha sido restaurada y reformada en diversas ocasiones, por lo que pocos son los restos originales que hoy se pueden ver de ella. Aunque existen otras hipótesis que defienden que la muralla de Sevilla es de origen almohade, lo que realmente estos hicieron en ella fue reforzarla y construir el foso defensivo que la rodeaba. A quienes estén interesados en conocer la historia de la muralla de nuestra ciudad, les remito al, para mí excelente artículo, de Daniel Jiménez Maqueda, que bajo el título “Algunas precisiones cronológicas acerca de las murallas de Sevilla”, aparece en un documento pdf en internet.
Abu Bakr Ibn al-Arabi, aparte de un gran dirigente político, demostró sus especiales cualidades como pedagogo, adelantándose mucho a sus tiempos. Basta para ello conocer sus ideas sobre lo que debería ser la educación de los niños. Él mantenía la poca utilidad de comenzar la formación de los mismos con la enseñanza del Corán, ya que el niño lo aprende de memoria sin llegar a comprenderlo, como ocurre, normalmente, con las palabras que escucha en su vida diaria, las que, en muchos casos, tampoco comprende por hallarse fuera del contexto de su propia vida. Por eso proponía que la enseñanza infantil debería comenzar con la asignatura de lengua y con contenidos que entren dentro del campo de interés del alumno. Insistía, además, en la importancia del cálculo y las matemáticas como forma de entrenar la mente y ejercer la comprensión. Ibn al-Arabi murió a finales de 1148, en Fez, cuando regresaba de realizar una misión diplomática ante las nuevas autoridades almohades.
Aquellos bereberes del desierto, con rostro semicubierto, rudos, puritanos en sus planteamientos religiosos, pronto se vieron conquistados por el encanto de Sevilla, y de conquistadores pasaron a ser conquistados, como ya había ocurrido en otras ocasiones y se volvería a repetir en épocas posteriores.
Una vez asentadas sus conquistas, como suele suceder con todas las teocracias, la seducción por el poder, las riquezas y el lujo, influyeron de tal modo en aquellos que pretendían que los conquistados adoptaran un modo de vida más riguroso, que los impuestos oficiales ya no eran suficientes para mantener su ritmo de conquistas y vida, por lo que las subidas de impuesto se impuso de nuevo en las ciudades. Las revueltas contra esta situación volvieron a surgir entre los habitantes de al-Andalus, y las disputas entre los gobernadores de las plazas volvieron a hacerse presentes, lo que llevaría a la aparición de lo que se conoce como “segundos reinos de taifa”, desmoronándose así el imperio almorávide que sólo duró 55 años y 4 meses, y durante los cuales Sevilla vio sucederse hasta 14 gobernadores directamente emparentados con la familia Tasufin.

Continuará: Cuando el pasado se hace presente (11): Los almohades

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