jueves, 8 de junio de 2017

UN HÉROE PARA EL EJEMPLO


En la imagen creada para rendír homenaje a Ignacio este
parece reírse de quienes huyen asustados, pero nada
más lejos de la realidad, su sonrisa era algo permanente en él.
Actuó en silencio, sin señalar a nadie, sin pedir ayuda,
solo salió en defensa de aquel policía que estaba siendo
atacado por un fanático.

Buscaba palabras para definir a Ignacio Echeverría, el joven abogado, triunfador en otros órdenes de la vida, que ha dado la suya por intentar salvar la de un policía que estaba siendo atacado en el último acto terrorista en Londres. Todos, ahora, lo definen como héroe y sinónimos de esa palabra son: valiente, adalid, paladín, atrevido, temerario, semidiós, superhombre, titán… Palabras, palabras, palabras… esas que nos rodean hasta llegar a bloquear nuestros pensamientos y nuestras acciones. 
De pronto me doy cuenta que estoy cayendo en el mismo error que todos esos políticos, periodistas y otras personas que tratan de convencernos, con ellas, de la bondad de sus ideas. Y son, precisamente, palabras lo que sobran en esta sociedad que nos rodea, donde la hipocresía sabe hacer buen uso de ellas.
Llegan a mi mente, como un soplo fresco, algunas frases sobre el valor:

“Los cobardes agonizan muchas veces antes de morir… Los valientes ni se enteran de su muerte” (Julio César, emperador romano).
“El verdadero valor consiste en prever todos los peligros y despreciarlos cuando llegan a hacerse inevitables” (Fenelón, escritor y teólogo francés)
“El valor y la modestia son las virtudes más inequívocas, porque pertenecen a una especie que la hipocresía no acierta a imitar" (Goethe, poeta y novelista alemán)
“El valor no se puede simular, es una virtud que huye de la hipocresía” (Napoleón Bonaparte, gobernante y general francés).
Pero sobre todas ellas recuerdo las leídas en “Corazón”, la obra de Edmundo de Amicis, escritor italiano, en cuyo relato “El incendio” refleja: “Eso es valor, Enrique, el valor del corazón que no razona ni vacila, y va derecho con los ojos cerrados a donde oye el grito de quien se muere”.
Todas ellas, creo, que definen a la perfección la actitud de Ignacio Echeverría, pues no podemos olvidar que lo suyo no han sido palabras sino un acto. Un acto de valentía frente a la actitud de individuos fanáticos con mentes trastocadas e influenciadas por ideas absurdas, cobardes por naturaleza, como los definió Publio Sirio, nacido en Siria y esclavo liberado en Italia:
“Desear la muerte es propio de cobardes”.
Un acto que todos deberíamos ser capaces de imitar en esas o parecidas circunstancias. Él no utilizó palabras para hacer lo que hizo, no requirió la ayuda a sus amigos, obró en silencio. No justificó en ningún momento su proceder. Walter Benjamín, filósofo alemán, en
“Trauerspiel y tragedia" dejó escrito: “En la tragedia antigua, el héroe muere porque en el tiempo consumado no hay nadie que sea capaz de vivir. El héroe muere de inmortalidad”. Algo que se puede deducir de las palabras de la hermana de Ignacio cuando hoy hacía referencia a las consecuencias finales del obrar de su hermano: “algo muy triste y muy duro se está convirtiendo en algo más bonito y muy grandioso”. Ignacio ha entrado en la inmortalidad. Su actuación será recordada durante mucho tiempo, reflejada, posiblemente, en las acciones que muchos políticos, con su característica hipocresía, han dejado entrever en sus palabras sobre los homenajes que pretenden organizar en su memoria.
Hombre de fuertes convicciones personales su manera de actuar estaba en relación a su compromiso con la defensa de los derechos de libertad e independencia y él obró con el valor y la osadía necesarios para defenderlos.
Ahora muchas voces se alzarán, unas para alabarlo, para dignificar su actitud, y en algunos casos hasta para señalar lo que ellos se preocupan por los demás, pero en realidad todo quedan en someras palabras publicadas por unos u otros medios de comunicación; otras para considerarlo un “suicido quijotesco”, la irracionalidad de su obrar, que al final le ha costado la vida, como dijo Emile Auguste Chartier (Alain), filósofo francés:
“El hombre que tiene miedo sin peligro inventa el peligro para justificar su miedo”.
Frente a aquellos que utilizan las palabras para quejarse, para las mentiras y el engaño, para mostrar con ellas su hipocresía frente a sus actos, sólo me resta decir: hay que rendirse ante la actitud de ese héroe, hay que tratar de imitarlo con todas las consecuencias de esos actos de valentía, y que su acción nos sirva de ejemplo para afrontar la sinrazón del obrar de los fanáticos de turno. Ignacio Echeverría descansa en paz, pues murió defendiendo lo que era su modelo de vida, sólo me queda acompañar a sus familiares en el dolor por esa injusta pérdida. Ignacio vive, y vivirá por siempre, en los corazones de quienes amamos la libertad y la justicia.

María T. Velasco